"El Museo de los Ferrocarrileros evoca una época en la que el país se medía en rieles”

Por Omar González Morales

El Museo de los Ferrocarrileros se ubica en la antigua estación de ferrocarril La Villa. Foto Yazmín Ortega (imagen que aparece en la publicación original).


El ferrocarril tiene un peso histórico para México. “Representa el pasado revolucionario y la migración del campo a las ciudades. Es el recuerdo de una época en la que el país se medía en rieles y durmientes”, dijo a La Jornada Salvador Zarco, ex líder sindical de los trabajadores del sector y director fundador del Museo de los Ferrocarrileros, durante un recorrido que ofreció a La Jornada por el recinto, que el primero de mayo cumplirá 20 años.
Ese edificio es el guardián de la memoria de esa época. Ubicado en las cercanías de la Basílica de Guadalupe, es un punto fundamental para los vecinos de la zona, que consideran a este centro cultural símbolo de identidad local.

En su vigésimo aniversario, el museo será renovado, a eso se han comprometido las autoridades de la alcaldía Gustavo A. Madero, así como representantes de dependencias del Gobierno de la Ciudad de México.

Zarco ha dedicado más de 60 años de su vida a estos “gigantes de acero”. Permaneció preso en Lecumberri durante tres años por su participación en las protestas estudiantiles de 1968. Ahí convivió de cerca con otra figura histórica de la resistencia obrera: Demetrio Vallejo.

Lleno de energía, el ex ferrocarrilero afirmó que en el norte de la ciudad hace falta una zona que ofrezca a la población variedad de ofertas culturales: “los vecinos se han organizado y quieren apostar por un corredor. Afirman que el norte tiene carencias de actividades recreativas. Dicen que hace falta ver esta parte de la ciudad como algo más que la Basílica”.

Anteriormente, este edificio fue la gran estación de ferrocarril La Villa, una de las principales entradas a la capital del país. En el siglo XIX, los trenes fueron testigos de los rencuentros y despedidas de familias, de la llegada de pasajeros extranjeros; aquí llegó la primera locomotora que recorrió desde el puerto de Veracruz hasta la Ciudad de México. Es un lugar de recuerdos hoy devorado por el exacerbado crecimiento de la metrópoli.

En el siglo XIX esto fue la hacienda de Santa Anna Aragón. El edificio principal fue construido en 1907. Contaba con sala de espera, andén, bodegas, zonas de carga y oficina de telegrafista. En 1990, Ferrocarriles Mexicanos cerró la estación, y fue hasta 2006 que los trabajadores y el gobierno capitalino la rescataron.

Portada de La Jornada de Enmedio del Martes 3 de febrero de 2026.

Tres locomotoras de testigos

Desde que se ingresa, tras una reja blanca, se pueden ver tres enormes locomotoras aún sobre sus rieles, los cuales ahora están rodeados por concreto urbano. En sus bardas perimetrales hay murales que plasman historias de migración, viaje y lucha por la libertad. Los rostros resultan familiares: Ricardo Flores Magón, Pancho Villa, maíz, rieles y un águila son los protagonistas de estas paredes.

“El sitio es fundamental para los vecinos. Lo consideran parte de su vida, de su historia. Es la sede del club de lectura Theodoro Larrey, conformado por adultos y jóvenes, el cual está por cumplir 14 años. Además, es concurrido por gran cantidad de alumnos de la cercana Escuela de Iniciación Artística número 3 del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, ubicada en Santa Isabel Tola”, comentó Salvador Zarco.

Según el director del recinto, se presentarán tres libros para celebrar el 20 aniversario. El primero es una colección de cuentos e historias relacionadas con trenes y ferrocarriles. El segundo es una colaboración de textos que hicieron los escritores José Revueltas, Enrique González Rojo y Jaime Labastida sobre Demetrio Vallejo, y el tercero es una compilación de cuentos escritos por Salvador Zarco.

También se realizarán homenajes al periodista Miguel Ángel Granados Chapa, Sergio Ortiz Hernán, ex director del Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos, y a Salvador Zarco.

El museo está en un proceso de restructuración. Entre las propuestas realizadas está la integración de un consejo asesor conformado por el director del recinto, un representante de la Secretaría de Cultura local y federal, otro de la alcaldía, uno del Instituto Nacional de Antropología e Historia, y dos trabajadores jubilados del gremio ferrocarrilero que apoyen en la protección y mantenimiento de las máquinas.

Salvador Zarco Flores, Director del Museo de los Ferrocarrileros,
líder ferrocarrilero y activista por el legado ferrocarrilero en México.

El 28 de enero pasado se realizó una reunión entre autoridades de la Gustavo A. Madero, del gobierno capitalino y vecinos para determinar cómo se transformará este centro cultural. La zona que lo rodea es una de las más peligrosas de la alcaldía, con excedente de basura y es un punto de refugio para personas sin hogar; la falta de iluminación también es una situación que pone en riesgo a los vecinos.

Otra de las propuestas incluye un plan integral para crear el corredor cultural de La Villa. Se renovarán las partes externas del recinto, además de los murales y la museografía interior y exterior con miras de inaugurar en mayo próximo la exposición Nace un museo, que constará de imágenes históricas de los vecinos. También se modificarán aspectos arquitectónicos para hacer sitio a más actividades culturales.

“Esta calle, antes del museo, estaba casi abandonada. Cuando se inauguró, el maestro Zarco se reunió para apoyar a los vecinos y ayudó a mejorar la zona. Mientras, los gobiernos van y vienen, y los cambios quedan mayormente en promesas. Esperamos que en mayo, cuando se celebre el 20 aniversario, podamos tener un espacio renovado que haga honor a la gran historia de los transportes de México”, concluyeron los vecinos.

Captura del artículo original publicado en la sección de Cultura de La Jornada, publicada el 03 de febrero de 2026.

*Nota publicada originalmente en La Jornada|Cultura el 03 de febrero de 2026. Versiones digitales disponibles en:


La Cachucha de la Calle Garrido

Por Zyanya N. Mejía Nambo

Integrante de la Red Vecinal de Narradoras y Narradores Orales Guardianes del Patrimonio de la zona de La Villa.

Dibujo atribuido a Miguel N. Lira. Muestra la nuca de Carmen Jaime Álvarez, otra de las compañeras en la Escuela Nacional Preparatoria.

He recorrido muchas veces la calle de Garrido, desde el muro de piedra lleno de estanquillos de comida, pasando por las innumerables tiendas de materias primas, la vista lateral de la Basílica de Guadalupe, la otrora Casa de Cultura hasta que entronca con Francisco Novoa.

Una y otra vez he imaginado a Carmen Jaime Álvarez caminando la misma vereda. Me veo andando tras ella, me fijo en su nuca enmarcada con un sombrero extraño y un vestido que pareciera estar del revés. Asoman, apenas, unos cabellos cortos de longitud y largos en significado. Fabulo cómo serían esos espacios cuando ella los recorría diariamente para ir a la Escuela Nacional Preparatoria.

Por aquel entonces poco mas de treinta mujeres asistían al nivel medio superior de la Universidad Nacional que aún no era Autónoma. Carmen Jaime Álvarez era una de ellas. Formaba parte del grupo de jóvenes que se denominaban “Lo Cachuchas” por llevar sombreros informales en lugar de los elegantes tocados que exigía la etiqueta escolar. El mismo grupo de rebeldes al que pertenecía Frida Khalo, allá en los años veinte.

Cierto es que en aquellos tiempos se popularizó un corte de cabello diminuto a modo de rebeldía y resignificación de la femineidad. Y también es cierto que Carmen fue activista en favor de lo que consideraba justo, vestía de negro, leía y compartía filosofía de grandes pensadores y los estudiosos; dicen que incluso fue una gran influencia para Frida en su pensar comunista.

Les llamaban “Las Pelonas”, a Frida, a Carmen y a las que se habían cortado los cabellos para lucir “a la garzón”. Les arrojaban agua sucia, las insultaban, las golpeaban…quién sabe si por ser mujeres o por no ser las mujeres que ellos querían que fueran.


Mujeres con el corte de cabello "a la garzón" que se puso de moda en los años veinte. Fotografía tomada de https://meowmag.mx/


Hay pocos datos de Carmen; cuentan algunos compañeros de clase que era callada, que caminaba como si se deslizara, que pintaba sus ojos de negro, que le gustaba patinar, que pocas veces sonreía, que su semblante era taciturno, que su madre era maestra y que vivían los alrededores de la Villa de Guadalupe.

Un viejo mapa y un antiguo directorio de alumnos de la Preparatoria confirman que vivió en la calle de Garrido, muy cerca donde hoy se encuentra el Museo de los Ferrocarrileros. Se anota que había, en dicha calle, una serie de edificios de renta modesta de donde salía todas las mañanas para ir a la escuela.

Cuentan que fue a pocas cuadras de su casa, en donde se estacionaban los tranvías, que un grupo de jóvenes la arrastraron a un vagón y en minutos que parecieron horas, le quitaron el brillo de los ojos, que le mordieron la nuca, le desnudaron el alma, la dejaron vacía….muerta en vida antes de cumplir los veinte.

Fragmento del archivo Carmen Jaime Álvarez: dignidad, antes que decoro, de Gabriela Contreras Pérez, Profesora investigadora de la UAM-X.


Lo valiente es que no permitió que esa muerte le durara demasiado. El brillo que le fue robado en la mirada se transformó en furia ardiente, en digna rabia que exigió en tantas luchas el derecho a Ser. Peleó por la Autonomía de la Universidad, por los obreros, por el campo mexicano y sobre todo por las mujeres.

Algunos dicen que decidió tener una vida tranquila sin destacar como abogada litigante, sin embargo, el tiempo le está dando las glorias que merece y se están reconociendo, de a poco, sus valiosos aportes en las leyes contra la violencia de género.

Por lo pronto, cada vez que camino por la calle de Garrido, la imagino caminando delante de mí, pongo atención a su nuca, que no aceptó trenza que la sometiera. No conozco su rostro, nunca he visto una foto de ella, pero me consuela mirarla en mi imaginación; determinada a no volver la vista atrás.


Si Adelita (los Cachuchas), cuadro desaparecido de Frida Khalo, este es fotografía del boceto, en la parte inferior izquierda puede verse la repetición del dibujo atribuido a Miguel N. Lira de la nuca de Carmen Jaime.

Transporte y Desarrollo*

 Afines del siglo XIX los transportes cotidianos como las trajineras, carretas, carruajes, diligencias, coches de alquiler y los trenes de mulitas se mantenían en activo; algunos de ellos lo hicieron hasta ya adentrado el siglo XX.

 

EL SIGLO XX Y LA EVOLUCIÓN DEL TRANSPORTE PÚBLICO EN LA CAPITAL DEL PAÍS

En esta centuria tendría cabida una revolución en el sistema de transporte terrestre no solo de México sino del mundo entero con la consolidación del vehículo con motor comúnmente llamado automóvil, y todas sus variantes en cuanto a tecnología, tamaño y diseño. Tranvías, Trolebuses y el Sistema de Transporte Colectivo Metro La evolución del transporte público en la Ciudad de México comenzó el 15 de enero de 1900 cuando circuló el primer tranvía eléctrico que iba del zócalo -donde ya se tenía una atractiva y pintoresca estación- a la población de Tacubaya; las mulitas descansaban al fin y los pasajeros llegaban más pronto a su destino. En los talleres de Indianilla fue ensamblado el primer tren eléctrico de la compañía JG Brill dotado con 24 asientos de madera, cortinillas parasol en sus doce ventanas al principio -seis en cada costado-, y se desplazaba a una velocidad promedio de 30 km/h. 


El chofer, uniformado, manejaba siempre de pie en un espacio semi cubierto separado de los pasajeros. El tranvía disponía de dos accesos, subida y bajada por un mismo lado de preferencia el derecho. Al paso del tiempo este tipo de tranvía fue creciendo en tamaño dando cabida a 36 y 48 personas cómodamente sentadas; dio servicio hasta la mitad del siglo XX cuando entró en acción un nuevo modelo que ofrecería mayores ventajas.


En 1954 comenzaron a operar los tranvías PCC o "Pennsylvania Car Company”. Presentaban una silueta aerodinámica y una combinación de colores marfil con franjas verde oscuro por fuera. Tenían capacidad para 100 pasajeros, la mitad de ellos ocupaba los asientos de piel. Su marcha era más silenciosa, pero su aceleración suave y potente; y tenía puertas automáticas. Las compañías Westinghouse y General Electric, se encargaron de diseñar su sistema eléctrico.
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Alcanzaban un máximo de 60 kilómetros por hora y el imaginario colectivo los recuerda, entre otros motivos, porque en el retriver o tensador de la parte posterior del tranvía, donde se aseguraban los cables, viajaban gratis “de mosca” niños y jóvenes intrépidos. En 1984 estos tranvías dejaron de prestar servicio, sin embargo, sus vagones en grupos de tres fueron aprovechados para formar el Tren Ligero que llegó a cubrir las rutas Taxqueña – Xochimilco y Huipulco-Tlalpan. De esta forma, los tranvías PCC continuaron brindando servicio hasta 1995 cuando fueron reemplazados definitivamente por unidades nuevas.

También a mediados del siglo XX hicieron su aparición los trolebuses modelo Westram (1951) cuando 20 de ellos comenzaron a circular por la ciudad. Mostraban una notable innovación: sus grandes llantas de hule le permitían mayor libertad de movimiento al no utilizar ya los antiguos rieles de los tranvías eléctricos. Su andar era silencioso, pero también podían aumentar su velocidad sin ningún esfuerzo. 

Entre los variados modelos de trolebuses que dieron servicio a los capitalinos figuran dos: el trolebús Moyada con una longitud de 12 metros por 2.64 m de ancho, 3.08 m de altura y un peso de 18 toneladas; y el trolebús Brill con 10.10 m de largo por 2.56 m de ancho, una altura de 2.90 m y un peso total de 20 toneladas. En este último modelo se podían apreciar diversos anuncios destinados a los pasajeros comenzando por el precio del boleto: 35 centavos (más tarde se cobró 50 y 60 centavos debido a la remodelación del servicio); se pedía exigir su boleto al operador para evitarse doble pago; quedaba prohibido distraer al operador; los niños que ya caminaban pagaban pasaje también; y, por último, se prohibía subir con bultos poco manejables y objetos sucios que causaran malestar al pasaje.2 

En el campo de los tranvías, el Sistema de Transporte Colectivo Metro llegó en 1969 a la vida de los capitalinos, como respuesta a largos años de crisis que venía manifestando el transporte público desde mediados del siglo pasado, etapa en la cual ni los camiones urbanos, el tranvía eléctrico, el trolebús y los taxis se daban abasto para transportar a los cerca de ocho millones de pasajeros diarios que se tenían entonces.

Bajo la administración del Ing. José Antonio Padilla Segura, secretario de Comunicaciones y Transportes, se llevó a cabo la construcción e inauguración del Metro, transporte masivo subterráneo que hacía realidad trasladar a 120 mil personas por hora. Asimismo, fueron adquiridos entonces 305 trolebuses más y su red fue ampliada en 49 kilómetros. Camiones de pasajeros o autobuses urbanos El origen de los camiones de pasajeros se remonta a 1917 cuando una huelga de tranviarios fue aprovechada por un grupo de personas que improvisaron un “camión de pasajeros” colocando una plataforma de madera con bancas a lo largo sobre un chasis con motor, cubierto en su totalidad por un toldo, para ofrecer así el servicio que proporcionaban los tranvías eléctricos.3

A partir de entonces estos “camioneros” llegarían a consolidarse -a lo largo de seis décadas- como un gremio poderoso (la Alianza de Camioneros), no solo por la necesidad social que se empezaba a tener en el campo del transporte urbano de pasajeros en la capital del país, sino también por constituirse en una sólida base de apoyo social a los regímenes postrevolucionarios primero, y después a los vínculos estrechos que forjaron con las autoridades.4


Por las fotografías que se tienen de los primeros autobuses que circulaban por la ciudad en los años veinte y treinta del siglo pasado, cubriendo rutas muy importantes como la Roma-Mérida y Anexas; Insurgentes-Santa María; podemos notar que no eran tan grandes de tamaño, tenían bancas corridas a lo largo, una puerta de acceso al frente y dos en la parte posterior. La gran demanda que tenían entonces se aprecia en las personas que prácticamente van “colgando” en los estribos de las puertas de subida y bajada.

Al paso del tiempo, la industria automotriz fue evolucionando y con ella surgieron nuevos modelos para el transporte tanto de personas como de materiales pesados. En lo que sería una pasarela de autobuses urbanos desde mediados del siglo XX hasta finales de este, tienen cabida varios modelos que la mayoría de los capitalinos -que tengan la edad suficiente- recordarán como parte importante de su vida cotidiana.

 

Los “Pistaches”


Debían su nombre a la combinación del color verde claro de su carrocería con el blanco de su toldo con la que fueron pintados la mayoría de los camiones “trompudos” que llevaban el motor en la parte frontal. Su carrocería fue encomendada a tres empresas: CASA, IMSA y TYCSA que emplearon chasises Ford, GMC e International Harvester.5 Entre las variadas rutas que cubrían destacaban Santa María-Mixcalco y Penitenciaría-Niño Perdido. Los camiones “pistaches” contaban con transmisión manual, y el costo del pasaje era de 30 centavos. Ofrecían asientos corridos a lo largo, y una puerta de subida al frente y otra de bajada a la mitad del autobús; detrás del asiento del chofer había otra puerta que era utilizada de emergencia. La línea San Rafael-Aviación-Indianilla-Nonoalco aún empleaba camiones de este tipo hacia 1978.

 

Los “Chatos”

A mediados de la década de los años cincuenta surgieron los autobuses “chatos”, cuyo sobrenombre contrasta con el de los “trompudos” pistaches. Su motor seguía estando al frente pero ahora debajo del área del chofer, lo cual ocasionaba excesivo ruido y calor. El color de su carrocería era amarillo crema, tenía ventanas de aluminio, corredizas de arriba hacia abajo y viceversa; sus asientos ya no eran corridos, ahora se agrupaban en módulos para dos personas que miraban hacia el frente de la unidad. El número y nombre de su ruta se observaba en la parte superior de su frente, y en los costados de la carrocería.

Otras características innovadoras fueron su extrema longitud y un par de ventilas sobre su techo que permitían el paso del aire para refrescar el ambiente que el usuario agradecía. El costo era de 40 centavos por persona. Se tiene noticia de que los “chatos” circularon por la Ciudad de México hasta el comienzo de la década de los setenta.

 

Las “Vitrinas”

La evolución del autobús de pasajeros se observó claramente en los camiones “vitrina” que dieron servicio por dos décadas (1960-1970), empezando por sus grandes parabrisas de forma cuadrangular que le otorgaban tal sobrenombre; sus ventanas eran corredizas ahora hacia los lados y reducidas en número en los costados, aun así, abarcaban a todos los asientos. Su motor se encontraba ya en la parte posterior, y su transmisión era automática.

Cercano a la inauguración de las Olimpiadas de 1968 apareció otro modelo de “vitrina” más avanzado. Su parabrisa ya no era totalmente plano, sino exhibía una forma prismática. En su interior las dos filas de asientos que miraban al frente, se combinaban con asientos de tres personas que se alineaban a la carrocería; los asientos mostraban tapiz de vinil color verde olivo. Su costo era de 50 centavos por pasajero, y si algo heredó de los autobuses “chatos” fue su color amarillo cremoso.

La carrocería de estos autobuses fue fabricada por la empresa CASA sobre chasises marcas GMC, FORD y DODGE. Entre otras rutas tenían a cargo la de Villa Álvaro Obregón, Colonias Urbanas, San Rafael-Aviación-Martínez de la Torre.6

Los “Delfines”


En 1973 las empresas CASA y DINA lanzaron un nuevo y revolucionario modelo de autobús de pasajeros: el “delfín” con una producción de 2,360 unidades; su éxito rebasó fronteras al convertirse en producto de exportación a varios países latinoamericanos.7 El costo del boleto era de un peso, prohibía a los viajeros estar de pie, ya que su interior dejaba muy poco espacio en el pasillo del centro para darle mayor amplitud a los 41 asientos acolchonados y tapizados en vinil color café claro. A mediados de 1976 este autobús contaba con poco más de 5,500 unidades.

Aspectos innovadores de estos autobuses fueron sus ventanas panorámicas con vidrios polarizados, un torniquete de acceso, su motor que funcionaba con diésel lo hacía un transporte menos contaminante. Dos pequeñas figuras cromadas de delfín, ubicadas sobre la carrocería, reafirmaban su sobrenombre, y varios timbres a lo largo del camión avisaban al chofer para hacer la parada solicitada.

 

Las “Ballenas”

Fue quizá el último modelo de transporte urbano de pasajeros identificado por un sobrenombre. Originados a mediados de los años setenta, se menciona que estos autobuses eran reconstrucciones de los llamados “vitrina”. Combinaban los colores azul y blanco, mostraban en sus costados dibujos de ballenas y podían alojar un promedio de 80 pasajeros (sentados y de pie).


Ruta 100


En la década de los ochenta, el gobierno capitalino revocó las concesiones a los particulares (86 empresas privadas) que durante mucho tiempo tuvieron a cargo el servicio de transporte público de pasajeros en autobús; la decisión fue tomada debido a sus malas prácticas y abusos cometidos en los últimos años. De esta forma, y por decreto presidencial se constituyó el 25 de septiembre de 1981 el organismo público descentralizado Autotransportes Urbanos de Pasajeros Ruta 100. El objetivo principal fue tomar el mando de este importante servicio público con los más de siete mil autobuses (dos mil circulando)
8 que poseían las diversas compañías camioneras.

Todos los camiones de pasajeros existentes en 1983 fueron pintados en color amarillo con franjas café, y en su carrocería apareció el logotipo de la Ruta 100: la cifra cobijada o cubierta por una gran letra R. Poco después se adquirieron nuevas unidades a la empresa MASA SOMEX de fabricación nacional, y en una etapa posterior fueron compradas 1,010 unidades más, entre ellas 170 autobuses articulados; otros colores empleados en las unidades fueron el gris en la carrocería combinado con dos franjas en tono azul y una verde al centro, que simbolizaban el empleo de motores ecológicos que emitían gases menos contaminantes.

La Ruta 100, a decir de investigadores en la materia, desarrolló uno de los mejores proyectos de movilidad que haya experimentado la ciudad capital en el breve lapso de poco más de una década, propiciando la “época de oro del servicio público de transporte”.9 Graves problemas administrativos, económicos y laborales la llevaron a la quiebra (1995), la ciudad entonces impulsó una nueva forma de transporte representada por combis y microbuses.


REEFERENCIAS

1 Aguirre Botello, Manuel y Héctor Galán Pane en: “Los tranvías de la ciudad de México, 1850-1971 Mejor cuéntame uno de tranvías…” en: http://www.mexicomaxico.org/Tranvias/TRANVIAS.htm consultada el 17 de febrero de 2022.

2 Museo del Servicio de Transportes Eléctricos del Distrito Federal.

3 Jesús Rodríguez López – Bernardo Navarro Benítez El transporte urbano de pasajeros de la Ciudad de México en el siglo XX, Gobierno del Distrito Federal – UNAM, México, 1999, pp. 18-19.

4 Jesús Rodríguez López – Bernardo Navarro Benítez Op. Cit., p. 20.

5 “Esquina bajan autobuses con historia” en: http://esquinabajan.blogspot.com/2012/01/iii-la-cumbre-de-la-epoca-permisionaria.html consultada el 16 de febrero de 2022.

6 Ídem.

7 Ídem.

8 Navarro, Bernardo, "Dialéctica contradictoria del transporte en el Valle de México", en Bassols y Gloria González, 1997.

9 Jorge Legorreta, Memorias de la ciudad /zoológico rodante. De cocodrilos al pulpo verde, el transporte dominante de la urbe en: https://www.jornada.com.mx/2004/09/23/02an1cul.php?origen=cultura.php&fly=1 consultada el 18 de febrero de 2022.

 

BIBLIOGRAFÍA Jesús Rodríguez López – Bernardo Navarro Benítez El transporte urbano de pasajeros de la Ciudad de México en el siglo XX, Gobierno del Distrito Federal – UNAM, México, 1999.


*Artículo publicado por la Secretaria de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes en su página web El Mirador. Consultado por última vez el 7 de abril de 2026 en:

https://elmirador.sct.gob.mx

Memorias de la Villa de Guadalupe a tres voces...

 Por Carla Ruth Terán Pacheco, José Luis Alfonso Rogel Figueroa y Erik Rogel Terán

Integrantes de la Red Vecinal de Narradoras y Narradores Orales Guardianes del Patrimonio de la zona de La Villa.

Vida cotidiana alrededor del Pocito, en la Villa de Guadalupe, en los años sesenta.Foto obtenida de Gustavo A. Madero en el tiempo.

Nací, hace ya algunos años, en contraesquina de la Basílica de Guadalupe cuando era una zona habitacional dónde las familias y los vecinos se conocían. Era una colonia tranquila y agradable con cierto sabor pueblerino, con movimiento importante de comercio pues bajaban a la Villa de Zacatenco, Ticomán, Santa Isabel Tola, Carrera, Cuautepec, San Juanico, Santa Clara, entre otros a vender sus productos y al mismo tiempo a abastecerse de mercancías.

Esta zona cobraba una vida inusual cerca ya de octubre cuando las fábricas, las empresas, las tiendas grandes y pequeñas venían en peregrinación a saludar a la Virgen y entonces, si tenías que cruzar Calzada de Guadalupe, había que tener suerte y tiempo porque eran peregrinaciones muy largas y muchas, así que conforme transcurrían los días, eran mas frecuentes los bloqueos y ni qué decir cuando era diciembre ya que la gente ocupaba las calles como dormitorio o enfermería, porque eran muchos los peregrinos que desde Peralvillo llegaban de rodillas a la Basílica.

Recuerdo con nostalgia mi infancia en las rejas del hermoso y largo portal al frente de la antigua Basiílica donde a través de su herrería me escabullía a la explanada. Este largo y gran portal daba techo a infinidad de peregrinos que pernoctaban allí.

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La primera vez que fui a la Villa de Guadalupe fue en tranvía. Lo abordamos mi tío Cuberto Pérez, hijo de mi tía Helena, hermana de mi abuelita Rutila, lo tomamos en la estación de el Zócalo y llegamos a lo que actualmente es el Colegio Las Rosas y después subimos al cerrito por el lado del Pocito, en este templo fue donde pasó José María Morelos y Pavón rumbo al municipio de Ecatepec, dónde fue fusilado por las tropas del Virrey Calleja y desde entonces el Municipio se llama Ecatepec de Morelos del Estado de México, en los Estados Unidos Mexicanos.


Tranvías en una de las estaciones; la de la Basílica de Guadalupe, justo enfrente de la iglesia. Foto tomada del perfil de Facebook El Mundo de los Trolebuses.


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Nacido a principio de los años ochentas, me tocó conocer una Villa de Guadalupe muy diferente a la que me contaban mis padres, lejos han quedado los años en que la Villa era un pueblito, una comunidad al norte de la Ciudad de México al que se llegaba en tranvía desde el Zócalo; conocida a nivel internacional por la famosa Basílica construida en honor a la Virgen de Guadalupe, rodeada de amplios terrenos y ex-haciendas. La modernidad civilizadora cobró su cuota y el barrio de la Villa de Guadalupe fue absorbido, al igual que muchas otras comunidades, por la mancha urbana que creció en forma desmedida como consecuencia de la explosión demográfica.

Cine La Villa en 1980, se ubicaba en Juventino Rosas y Calzada de Guadalupe. Hoy es un lote vacío.

Me tocó ser testigo del abandono urbano que se produjo como consecuencia de las crisis económicas de los ochentas y las políticas neoliberales. En ese contexto recuerdo que gracias a la visita de Juan Pablo II a México en 1991 se hizo un plan para intervenir la calzada de Guadalupe y Misterios desde Peralvillo hasta la Basílica, hoy gozamos de un bello camellón que antes llegaba hasta Fray Juan de Zumárraga pero que posteriormente fue intervenido para quitarlo y ampliar la zona peatonal hasta la calle de Malintzin. Recuerdo que me disgustó el plan ya que talaron todos los árboles que tenían por lo menos 20 años de vida, aunque sembraron unos arbolitos mas, son pocos y tendrán que pasar muchos años para que crezcan grandes y frondosos.

Son muchas personas las que acuden a ver la imagen de la Virgen, todos con un motivo y siempre me causó curiosidad y asombro la fé de los peregrinos de todas partes de México. El agradecimiento, una plegaria, gente que llega de rodillas, gente que viene a pedir un milagro, gente que hizo una manda, gente que viene a llorar a un ser querido a dejarle una veladora, para que la Virgen lo cuide, al verlo se puede creer no en el milagro de Guadalupe.


"La Nueva Basílica" y sus alrededores en 1984. Foto tomada de la página de Facebook de Gustavo A. Madero en el Tiempo.