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"El Museo de los Ferrocarrileros evoca una época en la que el país se medía en rieles”

Por Omar González Morales

El Museo de los Ferrocarrileros se ubica en la antigua estación de ferrocarril La Villa. Foto Yazmín Ortega (imagen que aparece en la publicación original).


El ferrocarril tiene un peso histórico para México. “Representa el pasado revolucionario y la migración del campo a las ciudades. Es el recuerdo de una época en la que el país se medía en rieles y durmientes”, dijo a La Jornada Salvador Zarco, ex líder sindical de los trabajadores del sector y director fundador del Museo de los Ferrocarrileros, durante un recorrido que ofreció a La Jornada por el recinto, que el primero de mayo cumplirá 20 años.
Ese edificio es el guardián de la memoria de esa época. Ubicado en las cercanías de la Basílica de Guadalupe, es un punto fundamental para los vecinos de la zona, que consideran a este centro cultural símbolo de identidad local.

En su vigésimo aniversario, el museo será renovado, a eso se han comprometido las autoridades de la alcaldía Gustavo A. Madero, así como representantes de dependencias del Gobierno de la Ciudad de México.

Zarco ha dedicado más de 60 años de su vida a estos “gigantes de acero”. Permaneció preso en Lecumberri durante tres años por su participación en las protestas estudiantiles de 1968. Ahí convivió de cerca con otra figura histórica de la resistencia obrera: Demetrio Vallejo.

Lleno de energía, el ex ferrocarrilero afirmó que en el norte de la ciudad hace falta una zona que ofrezca a la población variedad de ofertas culturales: “los vecinos se han organizado y quieren apostar por un corredor. Afirman que el norte tiene carencias de actividades recreativas. Dicen que hace falta ver esta parte de la ciudad como algo más que la Basílica”.

Anteriormente, este edificio fue la gran estación de ferrocarril La Villa, una de las principales entradas a la capital del país. En el siglo XIX, los trenes fueron testigos de los rencuentros y despedidas de familias, de la llegada de pasajeros extranjeros; aquí llegó la primera locomotora que recorrió desde el puerto de Veracruz hasta la Ciudad de México. Es un lugar de recuerdos hoy devorado por el exacerbado crecimiento de la metrópoli.

En el siglo XIX esto fue la hacienda de Santa Anna Aragón. El edificio principal fue construido en 1907. Contaba con sala de espera, andén, bodegas, zonas de carga y oficina de telegrafista. En 1990, Ferrocarriles Mexicanos cerró la estación, y fue hasta 2006 que los trabajadores y el gobierno capitalino la rescataron.

Portada de La Jornada de Enmedio del Martes 3 de febrero de 2026.

Tres locomotoras de testigos

Desde que se ingresa, tras una reja blanca, se pueden ver tres enormes locomotoras aún sobre sus rieles, los cuales ahora están rodeados por concreto urbano. En sus bardas perimetrales hay murales que plasman historias de migración, viaje y lucha por la libertad. Los rostros resultan familiares: Ricardo Flores Magón, Pancho Villa, maíz, rieles y un águila son los protagonistas de estas paredes.

“El sitio es fundamental para los vecinos. Lo consideran parte de su vida, de su historia. Es la sede del club de lectura Theodoro Larrey, conformado por adultos y jóvenes, el cual está por cumplir 14 años. Además, es concurrido por gran cantidad de alumnos de la cercana Escuela de Iniciación Artística número 3 del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, ubicada en Santa Isabel Tola”, comentó Salvador Zarco.

Según el director del recinto, se presentarán tres libros para celebrar el 20 aniversario. El primero es una colección de cuentos e historias relacionadas con trenes y ferrocarriles. El segundo es una colaboración de textos que hicieron los escritores José Revueltas, Enrique González Rojo y Jaime Labastida sobre Demetrio Vallejo, y el tercero es una compilación de cuentos escritos por Salvador Zarco.

También se realizarán homenajes al periodista Miguel Ángel Granados Chapa, Sergio Ortiz Hernán, ex director del Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos, y a Salvador Zarco.

El museo está en un proceso de restructuración. Entre las propuestas realizadas está la integración de un consejo asesor conformado por el director del recinto, un representante de la Secretaría de Cultura local y federal, otro de la alcaldía, uno del Instituto Nacional de Antropología e Historia, y dos trabajadores jubilados del gremio ferrocarrilero que apoyen en la protección y mantenimiento de las máquinas.

Salvador Zarco Flores, Director del Museo de los Ferrocarrileros,
líder ferrocarrilero y activista por el legado ferrocarrilero en México.

El 28 de enero pasado se realizó una reunión entre autoridades de la Gustavo A. Madero, del gobierno capitalino y vecinos para determinar cómo se transformará este centro cultural. La zona que lo rodea es una de las más peligrosas de la alcaldía, con excedente de basura y es un punto de refugio para personas sin hogar; la falta de iluminación también es una situación que pone en riesgo a los vecinos.

Otra de las propuestas incluye un plan integral para crear el corredor cultural de La Villa. Se renovarán las partes externas del recinto, además de los murales y la museografía interior y exterior con miras de inaugurar en mayo próximo la exposición Nace un museo, que constará de imágenes históricas de los vecinos. También se modificarán aspectos arquitectónicos para hacer sitio a más actividades culturales.

“Esta calle, antes del museo, estaba casi abandonada. Cuando se inauguró, el maestro Zarco se reunió para apoyar a los vecinos y ayudó a mejorar la zona. Mientras, los gobiernos van y vienen, y los cambios quedan mayormente en promesas. Esperamos que en mayo, cuando se celebre el 20 aniversario, podamos tener un espacio renovado que haga honor a la gran historia de los transportes de México”, concluyeron los vecinos.

Captura del artículo original publicado en la sección de Cultura de La Jornada, publicada el 03 de febrero de 2026.

*Nota publicada originalmente en La Jornada|Cultura el 03 de febrero de 2026. Versiones digitales disponibles en:


Las flappers: moda, rebeldía y el inicio del feminismo moderno en México

Flappers en un evento deportivo. Foto tomada de meowmag.mx/


Durante la década de 1920, conocida como los “locos años veinte”, surgió una nueva figura femenina que transformó profundamente la manera en que las mujeres se concebían a sí mismas y eran vistas por la sociedad: las flappers. Este fenómeno, originado en Europa y Estados Unidos tras el fin de la Primera Guerra Mundial, representó no solo una tendencia estética, sino también una revolución cultural vinculada al surgimiento del feminismo moderno. 

En México, este movimiento encontró un contexto particular, marcado por los cambios sociales derivados de la Revolución Mexicana. La modernidad comenzó a expandirse en la capital del país, donde algunas mujeres adoptaron nuevas formas de vestir, comportarse y pensar, desafiando las normas tradicionales que habían limitado su papel durante siglos. 

La nueva mujer: ruptura con lo tradicional

Las flappers encarnaron una nueva identidad femenina caracterizada por la libertad individual y la búsqueda de autonomía. Su imagen rompía con los modelos tradicionales: llevaban el cabello corto estilo “bob”, usaban vestidos más sueltos y cortos, y prescindían de prendas incómodas como el corsé. 

Sin embargo, su transformación no fue únicamente estética. Estas mujeres adoptaron conductas consideradas transgresoras para la época: fumaban, bebían alcohol, conducían, bailaban jazz y frecuentaban espacios públicos que antes estaban reservados principalmente para los hombres. 

En este sentido, la moda se convirtió en un instrumento de protesta. La simplificación de la vestimenta y la adopción de prendas con rasgos andróginos reflejaban un rechazo a los roles impuestos y una exigencia de igualdad. 

Flapper bailarina de jazz, años veinte. Foto tomada de meowmag.mx/.

Moda y feminismo: una forma de resistencia

El movimiento flapper puede entenderse como una de las primeras manifestaciones visibles del feminismo moderno. Aunque no todas sus integrantes se asumían como activistas, su estilo de vida cuestionaba directamente las estructuras patriarcales.

La moda jugó un papel fundamental como lenguaje político: a través de su apariencia, las mujeres expresaban su deseo de independencia y de control sobre sus propios cuerpos y decisiones. Esta transformación también estuvo acompañada por el desarrollo de nuevas actividades físicas y sociales, como el deporte y la vida nocturna, que ampliaban su presencia en el espacio público.

Las flappers en México: modernidad y conflicto

En el caso mexicano, el fenómeno de las flappers se concentró principalmente en la Ciudad de México y estuvo vinculado a mujeres de clases medias y altas. 

Su aparición generó fuertes reacciones sociales. Muchas fueron llamadas despectivamente “pelonas” debido a su cabello corto, y enfrentaron discriminación, agresiones e incluso restricciones en espacios públicos. 

La resistencia hacia estas mujeres evidenciaba el temor de la sociedad ante la pérdida de control sobre los roles tradicionales de género. En algunos casos, el simple hecho de llevar el cabello corto o vestir pantalones era motivo de violencia o exclusión. 

Intelectuales y figuras clave

Algunas mujeres destacaron dentro de este movimiento por su participación en la vida cultural y política. Figuras como Antonieta Rivas Mercado, Elena Arizmendi y Tina Modotti no solo adoptaron esta modernidad, sino que también reflexionaron sobre la condición femenina y buscaron transformar su realidad a través del arte, la escritura y la acción política. 

Estas mujeres contribuyeron a posicionar temas como la educación, la igualdad intelectual y la participación social, sentando bases importantes para el desarrollo posterior del feminismo en México. 

Antonieta Rivas Mercado, Tina Modotti y Elena Arizmendi, mujeres en la cultura mexicana que llevaron el corte de cabello "a la garzón", y también las ideas que caracterizaron a las Flappers.


Impacto y legado

Aunque el movimiento flapper fue relativamente breve, su influencia fue profunda y duradera. Transformó la manera de vestir, de comportarse y de entender la identidad femenina. La moda dejó de ser únicamente un elemento estético para convertirse en una herramienta de expresión política y social. 

Además, abrió el camino para futuras luchas feministas. Si bien en México el derecho al voto femenino no se logró sino hasta 1955, las flappers representaron un primer paso hacia la visibilización de las mujeres como sujetos autónomos y con derechos. 

Conclusión

Las flappers simbolizan el surgimiento de una nueva mujer que desafió las normas sociales a través de su apariencia, comportamiento y pensamiento. Más allá de la moda, su movimiento representó una ruptura con siglos de subordinación y una afirmación de libertad.

En México, su impacto fue complejo: por un lado, impulsaron cambios culturales significativos; por otro, enfrentaron una fuerte resistencia social. Sin embargo, su legado permanece como un antecedente fundamental del feminismo contemporáneo y como evidencia de que la transformación social también puede comenzar desde lo cotidiano, incluso desde la manera de vestir.

El tema de "las pelonas" fue muy sonado en su momento, aquí una página de El Universal Ilustrado en los años veinte.


Fuentes consultadas:

- La primera moda feminista y el inicio de una revolución: Las Flappers

- Flappers mexicanas: el feminismo de los años 20 que aún prevalece

- Ellas se rebelaron contra el pelo largo


Te recomendamos visitar: 

-  Las Flappers – Las Pelonas que transformaron a México

- La rebelión de las pelonas

- La moda de rodillas pintadas de las flappers: ¿Una ofensa visual?

Transporte y Desarrollo*

 Afines del siglo XIX los transportes cotidianos como las trajineras, carretas, carruajes, diligencias, coches de alquiler y los trenes de mulitas se mantenían en activo; algunos de ellos lo hicieron hasta ya adentrado el siglo XX.

 

EL SIGLO XX Y LA EVOLUCIÓN DEL TRANSPORTE PÚBLICO EN LA CAPITAL DEL PAÍS

En esta centuria tendría cabida una revolución en el sistema de transporte terrestre no solo de México sino del mundo entero con la consolidación del vehículo con motor comúnmente llamado automóvil, y todas sus variantes en cuanto a tecnología, tamaño y diseño. Tranvías, Trolebuses y el Sistema de Transporte Colectivo Metro La evolución del transporte público en la Ciudad de México comenzó el 15 de enero de 1900 cuando circuló el primer tranvía eléctrico que iba del zócalo -donde ya se tenía una atractiva y pintoresca estación- a la población de Tacubaya; las mulitas descansaban al fin y los pasajeros llegaban más pronto a su destino. En los talleres de Indianilla fue ensamblado el primer tren eléctrico de la compañía JG Brill dotado con 24 asientos de madera, cortinillas parasol en sus doce ventanas al principio -seis en cada costado-, y se desplazaba a una velocidad promedio de 30 km/h. 


El chofer, uniformado, manejaba siempre de pie en un espacio semi cubierto separado de los pasajeros. El tranvía disponía de dos accesos, subida y bajada por un mismo lado de preferencia el derecho. Al paso del tiempo este tipo de tranvía fue creciendo en tamaño dando cabida a 36 y 48 personas cómodamente sentadas; dio servicio hasta la mitad del siglo XX cuando entró en acción un nuevo modelo que ofrecería mayores ventajas.


En 1954 comenzaron a operar los tranvías PCC o "Pennsylvania Car Company”. Presentaban una silueta aerodinámica y una combinación de colores marfil con franjas verde oscuro por fuera. Tenían capacidad para 100 pasajeros, la mitad de ellos ocupaba los asientos de piel. Su marcha era más silenciosa, pero su aceleración suave y potente; y tenía puertas automáticas. Las compañías Westinghouse y General Electric, se encargaron de diseñar su sistema eléctrico.
1

Alcanzaban un máximo de 60 kilómetros por hora y el imaginario colectivo los recuerda, entre otros motivos, porque en el retriver o tensador de la parte posterior del tranvía, donde se aseguraban los cables, viajaban gratis “de mosca” niños y jóvenes intrépidos. En 1984 estos tranvías dejaron de prestar servicio, sin embargo, sus vagones en grupos de tres fueron aprovechados para formar el Tren Ligero que llegó a cubrir las rutas Taxqueña – Xochimilco y Huipulco-Tlalpan. De esta forma, los tranvías PCC continuaron brindando servicio hasta 1995 cuando fueron reemplazados definitivamente por unidades nuevas.

También a mediados del siglo XX hicieron su aparición los trolebuses modelo Westram (1951) cuando 20 de ellos comenzaron a circular por la ciudad. Mostraban una notable innovación: sus grandes llantas de hule le permitían mayor libertad de movimiento al no utilizar ya los antiguos rieles de los tranvías eléctricos. Su andar era silencioso, pero también podían aumentar su velocidad sin ningún esfuerzo. 

Entre los variados modelos de trolebuses que dieron servicio a los capitalinos figuran dos: el trolebús Moyada con una longitud de 12 metros por 2.64 m de ancho, 3.08 m de altura y un peso de 18 toneladas; y el trolebús Brill con 10.10 m de largo por 2.56 m de ancho, una altura de 2.90 m y un peso total de 20 toneladas. En este último modelo se podían apreciar diversos anuncios destinados a los pasajeros comenzando por el precio del boleto: 35 centavos (más tarde se cobró 50 y 60 centavos debido a la remodelación del servicio); se pedía exigir su boleto al operador para evitarse doble pago; quedaba prohibido distraer al operador; los niños que ya caminaban pagaban pasaje también; y, por último, se prohibía subir con bultos poco manejables y objetos sucios que causaran malestar al pasaje.2 

En el campo de los tranvías, el Sistema de Transporte Colectivo Metro llegó en 1969 a la vida de los capitalinos, como respuesta a largos años de crisis que venía manifestando el transporte público desde mediados del siglo pasado, etapa en la cual ni los camiones urbanos, el tranvía eléctrico, el trolebús y los taxis se daban abasto para transportar a los cerca de ocho millones de pasajeros diarios que se tenían entonces.

Bajo la administración del Ing. José Antonio Padilla Segura, secretario de Comunicaciones y Transportes, se llevó a cabo la construcción e inauguración del Metro, transporte masivo subterráneo que hacía realidad trasladar a 120 mil personas por hora. Asimismo, fueron adquiridos entonces 305 trolebuses más y su red fue ampliada en 49 kilómetros. Camiones de pasajeros o autobuses urbanos El origen de los camiones de pasajeros se remonta a 1917 cuando una huelga de tranviarios fue aprovechada por un grupo de personas que improvisaron un “camión de pasajeros” colocando una plataforma de madera con bancas a lo largo sobre un chasis con motor, cubierto en su totalidad por un toldo, para ofrecer así el servicio que proporcionaban los tranvías eléctricos.3

A partir de entonces estos “camioneros” llegarían a consolidarse -a lo largo de seis décadas- como un gremio poderoso (la Alianza de Camioneros), no solo por la necesidad social que se empezaba a tener en el campo del transporte urbano de pasajeros en la capital del país, sino también por constituirse en una sólida base de apoyo social a los regímenes postrevolucionarios primero, y después a los vínculos estrechos que forjaron con las autoridades.4


Por las fotografías que se tienen de los primeros autobuses que circulaban por la ciudad en los años veinte y treinta del siglo pasado, cubriendo rutas muy importantes como la Roma-Mérida y Anexas; Insurgentes-Santa María; podemos notar que no eran tan grandes de tamaño, tenían bancas corridas a lo largo, una puerta de acceso al frente y dos en la parte posterior. La gran demanda que tenían entonces se aprecia en las personas que prácticamente van “colgando” en los estribos de las puertas de subida y bajada.

Al paso del tiempo, la industria automotriz fue evolucionando y con ella surgieron nuevos modelos para el transporte tanto de personas como de materiales pesados. En lo que sería una pasarela de autobuses urbanos desde mediados del siglo XX hasta finales de este, tienen cabida varios modelos que la mayoría de los capitalinos -que tengan la edad suficiente- recordarán como parte importante de su vida cotidiana.

 

Los “Pistaches”


Debían su nombre a la combinación del color verde claro de su carrocería con el blanco de su toldo con la que fueron pintados la mayoría de los camiones “trompudos” que llevaban el motor en la parte frontal. Su carrocería fue encomendada a tres empresas: CASA, IMSA y TYCSA que emplearon chasises Ford, GMC e International Harvester.5 Entre las variadas rutas que cubrían destacaban Santa María-Mixcalco y Penitenciaría-Niño Perdido. Los camiones “pistaches” contaban con transmisión manual, y el costo del pasaje era de 30 centavos. Ofrecían asientos corridos a lo largo, y una puerta de subida al frente y otra de bajada a la mitad del autobús; detrás del asiento del chofer había otra puerta que era utilizada de emergencia. La línea San Rafael-Aviación-Indianilla-Nonoalco aún empleaba camiones de este tipo hacia 1978.

 

Los “Chatos”

A mediados de la década de los años cincuenta surgieron los autobuses “chatos”, cuyo sobrenombre contrasta con el de los “trompudos” pistaches. Su motor seguía estando al frente pero ahora debajo del área del chofer, lo cual ocasionaba excesivo ruido y calor. El color de su carrocería era amarillo crema, tenía ventanas de aluminio, corredizas de arriba hacia abajo y viceversa; sus asientos ya no eran corridos, ahora se agrupaban en módulos para dos personas que miraban hacia el frente de la unidad. El número y nombre de su ruta se observaba en la parte superior de su frente, y en los costados de la carrocería.

Otras características innovadoras fueron su extrema longitud y un par de ventilas sobre su techo que permitían el paso del aire para refrescar el ambiente que el usuario agradecía. El costo era de 40 centavos por persona. Se tiene noticia de que los “chatos” circularon por la Ciudad de México hasta el comienzo de la década de los setenta.

 

Las “Vitrinas”

La evolución del autobús de pasajeros se observó claramente en los camiones “vitrina” que dieron servicio por dos décadas (1960-1970), empezando por sus grandes parabrisas de forma cuadrangular que le otorgaban tal sobrenombre; sus ventanas eran corredizas ahora hacia los lados y reducidas en número en los costados, aun así, abarcaban a todos los asientos. Su motor se encontraba ya en la parte posterior, y su transmisión era automática.

Cercano a la inauguración de las Olimpiadas de 1968 apareció otro modelo de “vitrina” más avanzado. Su parabrisa ya no era totalmente plano, sino exhibía una forma prismática. En su interior las dos filas de asientos que miraban al frente, se combinaban con asientos de tres personas que se alineaban a la carrocería; los asientos mostraban tapiz de vinil color verde olivo. Su costo era de 50 centavos por pasajero, y si algo heredó de los autobuses “chatos” fue su color amarillo cremoso.

La carrocería de estos autobuses fue fabricada por la empresa CASA sobre chasises marcas GMC, FORD y DODGE. Entre otras rutas tenían a cargo la de Villa Álvaro Obregón, Colonias Urbanas, San Rafael-Aviación-Martínez de la Torre.6

Los “Delfines”


En 1973 las empresas CASA y DINA lanzaron un nuevo y revolucionario modelo de autobús de pasajeros: el “delfín” con una producción de 2,360 unidades; su éxito rebasó fronteras al convertirse en producto de exportación a varios países latinoamericanos.7 El costo del boleto era de un peso, prohibía a los viajeros estar de pie, ya que su interior dejaba muy poco espacio en el pasillo del centro para darle mayor amplitud a los 41 asientos acolchonados y tapizados en vinil color café claro. A mediados de 1976 este autobús contaba con poco más de 5,500 unidades.

Aspectos innovadores de estos autobuses fueron sus ventanas panorámicas con vidrios polarizados, un torniquete de acceso, su motor que funcionaba con diésel lo hacía un transporte menos contaminante. Dos pequeñas figuras cromadas de delfín, ubicadas sobre la carrocería, reafirmaban su sobrenombre, y varios timbres a lo largo del camión avisaban al chofer para hacer la parada solicitada.

 

Las “Ballenas”

Fue quizá el último modelo de transporte urbano de pasajeros identificado por un sobrenombre. Originados a mediados de los años setenta, se menciona que estos autobuses eran reconstrucciones de los llamados “vitrina”. Combinaban los colores azul y blanco, mostraban en sus costados dibujos de ballenas y podían alojar un promedio de 80 pasajeros (sentados y de pie).


Ruta 100


En la década de los ochenta, el gobierno capitalino revocó las concesiones a los particulares (86 empresas privadas) que durante mucho tiempo tuvieron a cargo el servicio de transporte público de pasajeros en autobús; la decisión fue tomada debido a sus malas prácticas y abusos cometidos en los últimos años. De esta forma, y por decreto presidencial se constituyó el 25 de septiembre de 1981 el organismo público descentralizado Autotransportes Urbanos de Pasajeros Ruta 100. El objetivo principal fue tomar el mando de este importante servicio público con los más de siete mil autobuses (dos mil circulando)
8 que poseían las diversas compañías camioneras.

Todos los camiones de pasajeros existentes en 1983 fueron pintados en color amarillo con franjas café, y en su carrocería apareció el logotipo de la Ruta 100: la cifra cobijada o cubierta por una gran letra R. Poco después se adquirieron nuevas unidades a la empresa MASA SOMEX de fabricación nacional, y en una etapa posterior fueron compradas 1,010 unidades más, entre ellas 170 autobuses articulados; otros colores empleados en las unidades fueron el gris en la carrocería combinado con dos franjas en tono azul y una verde al centro, que simbolizaban el empleo de motores ecológicos que emitían gases menos contaminantes.

La Ruta 100, a decir de investigadores en la materia, desarrolló uno de los mejores proyectos de movilidad que haya experimentado la ciudad capital en el breve lapso de poco más de una década, propiciando la “época de oro del servicio público de transporte”.9 Graves problemas administrativos, económicos y laborales la llevaron a la quiebra (1995), la ciudad entonces impulsó una nueva forma de transporte representada por combis y microbuses.


REEFERENCIAS

1 Aguirre Botello, Manuel y Héctor Galán Pane en: “Los tranvías de la ciudad de México, 1850-1971 Mejor cuéntame uno de tranvías…” en: http://www.mexicomaxico.org/Tranvias/TRANVIAS.htm consultada el 17 de febrero de 2022.

2 Museo del Servicio de Transportes Eléctricos del Distrito Federal.

3 Jesús Rodríguez López – Bernardo Navarro Benítez El transporte urbano de pasajeros de la Ciudad de México en el siglo XX, Gobierno del Distrito Federal – UNAM, México, 1999, pp. 18-19.

4 Jesús Rodríguez López – Bernardo Navarro Benítez Op. Cit., p. 20.

5 “Esquina bajan autobuses con historia” en: http://esquinabajan.blogspot.com/2012/01/iii-la-cumbre-de-la-epoca-permisionaria.html consultada el 16 de febrero de 2022.

6 Ídem.

7 Ídem.

8 Navarro, Bernardo, "Dialéctica contradictoria del transporte en el Valle de México", en Bassols y Gloria González, 1997.

9 Jorge Legorreta, Memorias de la ciudad /zoológico rodante. De cocodrilos al pulpo verde, el transporte dominante de la urbe en: https://www.jornada.com.mx/2004/09/23/02an1cul.php?origen=cultura.php&fly=1 consultada el 18 de febrero de 2022.

 

BIBLIOGRAFÍA Jesús Rodríguez López – Bernardo Navarro Benítez El transporte urbano de pasajeros de la Ciudad de México en el siglo XX, Gobierno del Distrito Federal – UNAM, México, 1999.


*Artículo publicado por la Secretaria de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes en su página web El Mirador. Consultado por última vez el 7 de abril de 2026 en:

- https://elmirador.sct.gob.mx

El patrimonio ferrocarrilero: vanguardia y palabra

 Por Omar López Monroy*


En 2026 el Museo de los Ferrocarrileros (MF) cumplirá sus primeros veinte años de vida; su creación y ruta de trabajo han estado encabezadas por el luchador social Salvador Zarco Flores, “uno de nuestros imprescindibles”, a decir de Luis Hernández Navarro, coordinador de Opinión en La Jornada. La vocación del recinto es la difusión del trabajo y la lucha de las y los trabajadores ferrocarrileros a través de exposiciones, talleres, la activación de un cineclub, y el Libro Club Teodoro Larrey, espacio emblemático del museo.

Fachada del Museo de los Ferrocarrileros, lo que antes fue la estación de La Villa.
Fotografía tomada por Zyanya Mejía



I

La lucha social como patrimonio: esa es la esencia del Museo de los Ferrocarrileros, que poco a poco se fue gestando en la mente y corazón ferrocarrilero de Salvador Zarco. Siendo un joven estudiante de filosofía, Zarco participó decididamente en el Movimiento Estudiantil en 1968; este mismo año fue beneficiado con una beca de tres años para estudiar en la Real y Pontificia Universidad del Palacio Negro de Lecumberri –tal cual escribe con gran ironía Zarco Flores en sus datos curriculares. Antes de ser procesado penalmente sufrió –al parecer– la única forma de investigación que tenían las fuerzas del orden del régimen priista de aquellos años: la tortura. Al salir de la cárcel participó en la primera manifestación estudiantil tras la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco, que se convertiría en el llamado Halconazo, del 10 de junio de 1971. El régimen volvió al ataque y, como en Tlatelolco, reprimió la manifestación con beneplácito de algunos empresarios, líderes religiosos y parte de la sociedad mexicana.

En el Palacio Negro tuvo como libro de cabecera Historia del Movimiento Obrero Ferrocarrilero en México 1890-1943, de Marcelo N. Rodea; por él abrazó la idea de convertirse en ferrocarrilero. Llegó a ser secretario general del Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la República Mexicana (STFRM). Acompañó la lucha ferrocarrilera hasta que el represor gobierno encabezado por el hoy “demócrata” expresidente Ernesto Zedillo, consumó la privatización y entrega de casi todo el sistema ferroviario. Salvador fue corrido de su empleo por defender su fuente de trabajo.

Fotografía de la publicación original.


II

De a poco los ferrocarriles han vuelto a surcar el horizonte mexicano. En 2006, la entonces delegada en Gustavo A. Madero, Patricia Ruiz Anchondo, apoyó la creación del Museo de los Ferrocarrileros en la antigua estación ferrocarrilera de La Villa, donde en el siglo XIX saliera el primer viaje en ferrocarril a Veracruz. Raquel Sosa, entonces secretaria de Cultura de Ciudad de México –a la cual está adscrito el museo desde su creación–, para encabezar el recinto propuso a Salvador Zarco, quien llevaba años buscando apoyo para la creación del mismo.

Una de las primeras actividades y acciones del museo fue realizar un viaje en tranvía para conmemorar el 150 aniversario del primer viaje de México a La Villa en 2007. En plena efervescencia urbana, irrumpió la memoria ferrocarrilera, las personas que iban a bordo del tranvía que se consiguió para tales fines iban caracterizadas a la usanza del siglo XIX. El tren-tranvía surcó la atmósfera citadina como un augurio.

Los ferrocarrileros en su momento fueron la vanguardia para los movimientos sindicales obreros, tomaron las calles para hacer escuchar su voz; los primeros presos políticos mexicanos del siglo XX fueran trabajadores ferrocarrileros. En 2015, a instancias del maestro Zarco, se creó el video documental Fermín: semblanza de un ferrocarrilero nacido en la colonia Guerrero, en el que se da cuenta de la participación de un contingente de ferrocarrileros a la concentración del Movimiento Estudiantil aquel fatídico 2 de octubre de 1968.

La de los ferrocarrileros ha sido una lucha por la soberanía mexicana, sentencia el maestro Zarco Flores. En las decenas de exposiciones que se han presentado en el recinto se ha dado cuenta de ello, sobre todo a través del uso de la fotografía como memoria histórica; entre dichas exposiciones destacan Del tinacal a la aduana. El pulque y el ferrocarril (2011) y La huelga de los mecánicos, 1926 y 1927 (2020).

III

Flor y canto/in xochitl, in cuicatl, en náhuatl. Estos términos servían para nombrar la poesía y expresiones literarias antes de la violenta llegada de los españoles a estas tierras. En las actividades que el Libro Club Teodoro Larrey del Museo de los Ferrocarrileros ofrece mensualmente, la literatura cobra vida en la voz de las y los narradores que ofrecen su canto; es un sello que ha construido con tesón Hena Carolina Velázquez Vargas, narradora oral, ferrocarrilera de corazón y periodista. Ella encabeza el Libro Club Teodoro Larrey (1872-1944) desde su creación, en 2013, nombrado así en honor al trabajador mexicano homónimo cuyos impulsos por tener una mejor situación laboral derivaron en la creación de la Unión de Mecánicos Mexicanos Ferrocarrileros que a la postre sería el semillero del que nacería el Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la República Mexicana
en 1933.

Carolina es hija del sindicalista ferrocarrilero Guillermo Velázquez, cuyo patrimonio documental en torno a su vida sindical pasó a formar parte del acervo del Museo de los Ferrocarrileros; este fue el primer motivo que la acercó a Zarco Flores. A los pocos años de haberse inaugurado el Museo, como parte de una iniciativa gubernamental tuvo la encomienda de realizar acciones asertivas en torno a la erradicación de la violencia en contra de las mujeres, lo cual sería al paso del tiempo el inicio de una estrecha relación entre Carolina y el Museo de los Ferrocarrileros. Como parte de esa iniciativa, entre 2010 y 2015 se crearon cuatro videos documentales para dar cuenta de los aportes de las mujeres en la historia del ferrocarril, en la cual colaboró Hena; entre ellos destacan: Historia de unas mujeres que escalando por las nubes llegaron al cielo y Una historia digna de contarse: las esposas de los trenistas de camino.

A través de estas historias imprescindibles podemos conocer la importancia que tenía el ferrocarril para miles de mexicanas y mexicanos, así como la gran pérdida cultural que significó su antipatriótica privatización por parte del régimen zedillista: las garras ansiosas de oro de las empresas estadunidenses se asentaron en nuestro territorio y la soberanía fue vulnerada. Pero la historia ha mostrado que el ferrocarril es funcional no sólo para el transporte de carga sino también el de pasajeros, y hoy su andar tiene nuevos bríos.

Fotografía y pie de foto de la publicación original.

IV

La palabra, como la memoria, echa raíces. La Red de Narradoras y Narradores Orales Guardianes del Patrimonio en la zona de La Villa combina narración oral y rescate del patrimonio, experiencias de vida y cariño por esta ciudad donde nos tocó vivir y crecer. Ese habitar comienza desde la persona, que a partir de su propio cuerpo como primer territorio/casa, buscará transmitir a partir de la voz esas historias vinculadas al tren, al crecimiento de la ciudad. Este proyecto, liderado por Hena Carolina, se combina con las actividades del Libro Club Teodoro Larrey, en el que participan Zyanya Mejía, Trigo Martri y Azucena Capulín, entre otros compañeros y compañeras que coordinan las actividades.

Para Carolina la narración oral es un patrimonio que ejercemos todas y todos; es un arte primigenio que nos permite honrar nuestra memoria, porque narrar historias, tradiciones y anécdotas nos permite reconstruir la identidad personal y colectiva. El personal del Museo de los Ferrocarrileros, encabezado por el maestro Zarco, y Alejandra Correa, coordinadora, esperan celebrar su veinte aniversario honrando la memoria del museo: buscarán recopilar y dar a conocer los nombres de cada una de las personas que han colaborado para su desarrollo.

Por último, el maestro Zarco comenta sobre la importancia de que el Museo tenga un foro propio, pueda ensanchar sus límites y eso haga posible ampliar su oferta cultural. Es vital y crucial que este recinto ubicado al norte de la ciudad siga en pie. Único en su vocación, y en pleno siglo XXI, es uno de los pocos espacios museísticos gubernamentales ubicados al norte de Ciudad de México.

"Petra", la maquina número 67 que se encuentra en la entrada del Museo de los Ferrocarrileros. Fotografía tomada por Zyanya N. Mejía

* Nota publicada originalmente en La Jornada Semanal el 30 de noviembre de 2025. Versiones digitales disponibles en: 

Issuu Reader | La Jornada Semanal No. 1604 | Domingo 30 de noviembre de 2025

El patrimonio ferrocarrilero: vanguardia y palabra — La Jornada - Semanal

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La historia del rebozo mexicano

 Por Atenea Morales de la Cruz

El rebozo es algo así como un manto de identidad. Un accesorio que va más allá de una simple prenda multifuncional pero que si de pensar su cometido se trata, diríamos que ha sido un reflejo de la expresión de la mujer mexicana. La historiadora Isabel Marín de Paalen se lo preguntaba en Etno-artesanías y Arte Popular en México: '¿Por qué se hace [el rebozo]? Porque tiene mil usos en la costumbre y modo de vivir de esas mujeres. No solo cubre y abriga, sino que también envuelve y sostiene al niño recién nacido en brazos de la madre; aligera la carga de las campesinas que corren a pie largas distancias para llevar a su hogar o al mercado pesadas mercancías (...); se tercia o enreda en la cintura hacia los hombros y de mil otras maneras, siempre con gracia y éxito estético insospechado; [esta prenda] ha sido musa de poetas y compositores'.

Y es que aunque el rebozo sea de determinación intrínsecamente mexicana sigue generando debate sobre su origen –y cuyo rastreo histórico nos lleva siglos atrás– algo es seguro: la historia lo ha convertido en algo más que un accesorio. El rebozo es resultado de una convergencia de tiempos, épocas y culturas. De momentos que determinaron y forjaron el México moderno. Con el rebozo la mujer mexicana encontró su identidad social y cultural durante el mestizaje.

Mujeres Purépechas usando rebozo, fotografía de Instituto Nacional de Pueblos Indígenas (INPI).


El rebozo y sus orígenes

Se estima que tiene al menos 500 años, que nace de la colonización y la evangelización. Desde mucho antes que los españoles llegaran a tierras americanas, había códigos de vestimenta atados a las culturas prehispánicas. Con la evangelización, las mujeres indígenas adoptaron y comenzaron a usar un tipo de manto. En la época colonial surgió el rebozo como una prenda distintiva, entretejida de fusiones de La Conquista y que vio deslumbrante el nacimiento de una nueva nación. Así lo pensaba el pintor y escritor, Dr. Atl, la creación del rebozo fue empujada por ‘las necesidades de identidad de casta y el gusto indígena, para lograr convertirlo en una prenda típica y nacional’. Sí, el rebozo –a través de su color, forma y textura– es una prenda mexicana por excelencia, identificada y adoptada a lo largo de los años.

De esta manera, se concibió su estructura rectangular, tejida con hilos de algodón, seda o una mezcla de estos y teñido con la técnica prehispánica conocida como ikat. Con extremos prolongados con flecos o puntas que se trenzan y se anudan entre sí y como centros productores surgen los estados de Guadalajara, San Luis Potosí –el pueblo de Santa María del Río–, Puebla, Oaxaca y algunos más. Desde la primera mitad del siglo XVIII, el rebozo constituía una prenda común entre las mujeres de las castas, criollas y españolas. El rebozo es también resultado del mestizaje, una prenda creada en los inicios de la Nueva España y cuyo modo de elaboración se le atribuyó principalmente a la mujer mestiza, ya que en su momento cumplió una función de distinción social.


De acuerdo a la fundación Alfredo Harp-Helú, en voz de Ana Paulina Gaméz, en su conferencia "Origen y uso del Rebozo"; la prenda tiene su origen en el almaizal morisco, que usaban las musulmanas en España durante la Edad Media, como prenda de recato para cubrir su cabeza y, algunas veces, incluso su cara. Las mujeres cristianas también lo usaron en algunas ocasiones. El almaizal tenía una forma rectangular alargada con flecos en los extremos más distantes y estaba ornamentado con listas longitudinales en las orillas más largas y una serie de franjas transversales en el cuerpo textil. Fotografía de Silvia Dorizzi.



El rebozo y la mujer mexicana

Años más tarde, perdería su propósito religioso y se convertiría en un emblema mexicano. Más adelante, las mujeres de la Revolución vestirían rebozos y las Adelitas lo adoptarían como una vestimenta que caracterizaría a la mujer revolucionaria. Ahí, con ellas, se dejó de llevar como mero accesorio, ahora se mostraba cruzado sobre el pecho para guardar los cartuchos de munición y salir a la lucha. El rebozo ha tomado un papel importante debido a su multifuncionalidad en la vida de la mexicana y como parte de la indumentaria tradicional y debemos reconocer sus transformaciones simbólicas. 'Para Frida [Kahlo] fue un símbolo de indigenismo, nacionalismo, de la ética de la clase trabajadora y una autodefensa, resistencia y alivio', escribía Gabriella Gutierrez y Muhs en su texto Rebozos, nuestras mantas culturales.

Y es que a lo largo de los años no solo personajes como Frida Kahlo, sino artistas como David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y hasta las musas del cine de oro retomarían y retratarían la belleza del rebozo en el arte como fue el caso de Dolores del Río, Carmen Zapata, Gloria Marín y María Félix en la época del cine de oro mexicano.


Frida Kahlo con rebozo, fotografiada para la edición de Vogue del 1 de octubre de 1937. Las fotografías fueron tomadas por Toni Frisell.


Pero, quizá, lo fascinante del rebozo es la radiografía que nos da sobre el México independiente y moderno, el mapa palpable sobre cómo la identidad mexicana toma forma y color –algo visible en textos y documentos que narran nuestra historia–. 'Vistiose la madre de Remedios con las mejores prendas: sus zapatos de charol, las enaguas azules con ribetes de terciopelo negro, y el rebozo azul que olía a nuevo…', escribía Ángel de Campo en el clásico de la literatura mexicana, La Rumba. Así, el rebozo se adjunta a numerosos libros y filmes que forman parte de la tradición mexicana. 'En esa sed de identidad se preludian los numerosos argumentos donde la mujer lucha por su autonomía y por evitar a toda costa la degradación', asegura Vicente Quirarte en Historia de las Mujeres en México. Cuando vislumbramos el rebozo, entendemos que se entretejen no solo hilos, sino rasgos de identidad y de la expresión individual femenina mexicana.


María Félix en la película Maclovia, 1948. Mondadori Portfolio.



* Artículo publicado en Vogue México y Latinoamérica el 12 de agosto de 2020. Obtenido de: El rebozo: Cómo usarlo y el origen de una prenda mexicana muy representativa | Vogue