¡VIAJERAS AL TREN! (Parte 3)*

Visibilidad de una presencia
(Fragmento)
 
Las viajeras vistas desde la pluma de escritoras del XIX y el objetivo de las fotógrafas actuales

Algunas de las escritoras españolas del siglo XIX y principios del XX publicaron libros de viajes o artículos de prensa en las que reflejaron los ferrocarriles de su época y las vicisitudes que, como mujeres viajeras, tuvieron en sus viajes: Carmen de Burgos, Carolina Coronado, Emilia Pardo Bazán, Concha Espina, Matilda Betham-Edwards. A estos fragmentos les acompañan las fotografías presentadas al Concurso de fotografía Caminos de Hierro, por mujeres fotógrafas que cruzaron su objetivo con algunas viajeras.

Vuelta a casa. Marina del Mar Rodriguez Ortiz.Accésit 3º Caminos de Hierro. 1989. 

“Va en nuestro vagón una dama anciana, de noventa años que se dirige a Malmo. Es una ancianita delgada, acortada, alta, que conserva una gran nobleza en las facciones y unos ojos claros y dulces, que no se le han hundido en la órbita. Es una anciana ágil, vivaracha, de espíritu alegre, de esas que saben dar un encanto de simpatía y placidez a su ancianidad para despertar la ternura. Lleva muchas flores campestres que ofrece, y nosotras le cedemos el asiento de la ventanilla. Se la ve gozar de tal manera con la contemplación de la Naturaleza, que nos distraemos viendo el gozo de sus facciones, bañadas de una emoción pura casi infantil. Un milagro de simpatía nos hace entendernos conversando en idiomas tan diversos”.  

Mis viajes por Europa (Suiza, Dinamarca, Suecia, Noruega) Carmen de Burgos, 2ª ed. Madrid: V.H. de Sanz Calleja, 191?. Biblioteca Nacional de España.


Niña del tren. Mª Luisa Juan Torres. Accésit 2º Caminos de Hierro. 1989. 

¡El tren! En el tren se aprende el valor del minuto. Aquí, donde la honradez y respeto de la gente es proverbial, hay en las estaciones mesas servidas a las que puede llegar el viajero, tomar por sí mismo lo que necesite y pagar lo que declare haber tomado. Cuando el tren se detiene en una de estas estaciones, los pasajeros parecen aves de rapiña que salen de sus agujeros y se lanzan sobre la presa. ¡Seis minutos! ¡Cuánto se come en esos seis minutos! ¡Cuánto puede hacerse en un minuto! En realidad, todas las cosas no tienen más que un minuto. No sé por qué al pensar en el minuto se piensa siempre en el su único hijo del Credo de los sentenciados. 

Mis viajes por Europa (Suiza, Dinamarca, Suecia, Noruega) Carmen de Burgos, 2ª ed. Madrid: V.H. de Sanz Calleja, 191?. Biblioteca Nacional de España.

 

 

Reflejo. María Luisa Asens. Obra seleccionada 5º Caminos de Hierro. 1991. 
 

En Gotemburgo, la ciudad comercial por excelencia, han subido a nuestro vagón dos señoras alemanas que hablan francés y como la inefable viejecita pone una nota cordial en el vagón, todas hablamos. Estas señoras me dicen que van a Hamburgo, y que tienen miedo de que con la movilización de las tropas no circulen los trenes. Yo les manifiesto la dificultad que hay para mí en este tiempo anormal, no poseyendo el idioma, y se ofrecen amables a servirme de intérpretes. En la estación de Malmo compro periódicos ilustrados, y me entretengo en verlos grabados, todos bélicos, de guerreros, de cañones, de barcos. Las damas me hacen muchas preguntas acerca de mi viaje. Tenían la idea de que las españolas no viajaban solas.
 
Mis viajes por Europa (Suiza, Dinamarca, Suecia, Noruega) Carmen de Burgos, 2ª ed. Madrid: V.H. de Sanz Calleja, 191?. Biblioteca Nacional de España.
 


El viaje. Maru Serra. Obra seleccionada 5º Caminos de Hierro. 1991. 
 
Hay un momento de pánico en la estación de llegada, cuando es preciso llamar al mozo para que baje los equipajes, y no se sabe cómo decir mozo en sueco o en danés…No hay nada más cómico que los manuales de conversación donde se ha previsto todo cuanto puede tener necesidad de hablar el viajero, hasta el decirle a una compañera de viaje: “¡Que hermosos ojos tiene usted!” ¿Habrá quien utilice esa pregunta? Tal vez sí; si hay aquí, como en nuestra tierra, gentes que hacen algo de fiesta y de excepción en un viaje por tren, y han leído los antiguos novelistas para creerse obligados a tener su aventura de viaje. Para muchos hombres sería vergonzoso un viaje sin su aventura.  
 
Mis viajes por Europa (Suiza, Dinamarca, Suecia, Noruega) Carmen de Burgos, 2ª ed. Madrid: V.H. de Sanz Calleja, 191?. Biblioteca Nacional de España.
 
 
Mirándote. Cinta Cazorla. Obra seleccionada 27º Caminos de Hierro. 2014. 

Volviendo a los ferrocarriles (o ferros-carriles, como dicen muchas personas que la echan de finas), el reservado de señoras, a pesar de la familiaridad con que lo tratan los empleados, es todavía una isla de refugio, pero qué, ¿se ha de componer el mundo de gente acomodada que puede adquirir billete de primera? ¿Por qué no hay reservados en todas las clases, al menos en segunda, a ejemplo de Francia? ¿Es que no tiene pudor, es que no tiene decoro que guardar las mujeres desde el momento en que su bolsillo no les permite sufragar más que un billete de las clases inferiores? La moral ¿no debe conservar sus privilegios en todas las esferas sociales?

La vida contemporánea. De viaje. 3 de octubre de 1898. Emilia Pardo Bazán. Madrid, Hemeroteca Municipal, 2005.

 

 

Dentro. Núria Piferrer Anguelú. Obra seleccionada 28º Caminos de Hierro. 2016. 

Mientras las mujeres se obstinaron en negarse a viajar solas, yo me resistí al sleeping. En efecto, el reservado de señoras iba siempre vacío y era infinitamente más cómodo que la reducida, ahogada y siempre demasiado aprovechada cabine. Pero cayeron al fin las señoras en que no las comía el coco aunque fueran solitas; se atesto también el reservado y no hubo más remedio, en el largo viaje a Galicia, que apechugar con el coche cama, so pena de ir una noche entera derechos como postes y cabeceando.  

La vida contemporánea. De viaje. 6 de julio de 1914. Emilia Pardo Bazán. Madrid, Hemeroteca Municipal, 2005

 

Cuaderno de Vinh a Hue. Cristina Bezanilla Echeverría. Primer premio 29º Caminos de Hierro. 2018. 

Hoy debo tantas propiedades imaginarias a los alientos del ferrocarril, he trasvolado en él con tantas sensaciones de robusta vitalidad, que estoy perdida en mi asombro, temerosa de empobrecerme cuando me quede sola en tierra firme, cautiva entre las paredes de un vecindario en extremo noble y civil. Y permanezco regalada en mi trenecito fiel, este carro activo y sonoro que hace vibrar multitud de sugerencias en las vastas soledades de su tránsito, el que pone su estribo a ras de los andenes con un gesto de complaciente humildad y no se niega a las estaciones más ruines, como no rehúye el taladro de las montañas, la opresión abrupta de lo escarpado y mazorral, ni el acoso de las marejadas en sus mismos carriles.  

Caminos de hierro por la montaña y Asturias. Concha Espina. En Cien años de ferrocarril español. T. Madrid: Magisterio español, 1948.

 

 

 
Divisando el horizonte. Mª José Lorenzo. Foto seleccionada 4º Caminos de Hierro. 1990. 

“Viaja siempre con tu mejor ropa, y con media docena de baúles como mínimo”. El equipaje y la buena ropa sustituyen a un séquito de sirvientes. El equipaje y la buena ropa te aseguran buenos lugares, cortesía general y una infinidad de comodidades menores. El equipaje y la buena ropa serán tus ángeles guardianes dondequiera que vayas. Para los salvajes está muy bien viajar sin equipaje: los Grandees japoneses ni siquiera llevan pañuelos de bolsillo; pero si alguien quiere viajar de forma agradable y exitosa, que lleve un baúl de viaje bien pertrechado. Seguramente en ningún otro país, salvo en la paciente España, se habría permitido a dos señoras llenar el compartimento de primera clase de un vagón de tren de la forma en que lo hicimos nosotras.

Through Spain to Sahara. Matilda Betham Edwards. London, Hurst and Blackett, 1868.

 

La chica del tren. Ana María Chediak. Obra seleccionada 29º Caminos de Hierro. 2018.

Se inicia en nuestro grupo un tanteo de los equipajes y salen a flote las empanadillas de jamón, los emparedados de foie-gras, los hojaldres y el vino generoso, sin que no falte un termo con excelente café. Hemos cambiado algunos, cumplidos, como en España se usa con los demás viajeros que alternan en nuestro camino. Y nos disponemos a gozar de Asturias, penetrándola con los ojos y la imaginación, con el entusiasmo de nuestras admiraciones. 

Caminos de hierro por la montaña y Asturias. Concha Espina. En Cien años de ferrocarril español. T. Madrid: Magisterio español, 1948. 


* Artículo publicado por la Fundación de los Ferrocarriles Españoles. Versión digital obtenida de: ¡Viajeras al tren!

Créditos:

Textos y documentación: Ana Cabanes, Lydia Díaz, Raquel Letón y Leticia Martínez
Diseño Web: Jose Mariano Rodríguez
Imágenes: Archivo Histórico Ferroviario, Museo del Ferrocarril de Madrid, Caminos de Hierro
Bibliografía: Biblioteca Ferroviaria. Museo del Ferrocarril de Madrid

¡VIAJERAS AL TREN! (Parte 2)*

Visibilidad de una presencia
(Fragmento)

Sofía Loren en el interior de un coche de viajeros de la Compañía Internacional Wagons Lits, detenido en la estación de Madrid - Príncipe Pío. Manuel Cuenca, 1956. 
 
 

Mujeres viajeras, mujeres modernas

Lo más significativo del viaje después de 1870 fue la naturaleza del mismo como una experiencia, y por ello, las empresas de transporte se lanzaron a ofrecer auténticas experiencias. Aparecerán los trenes de lujo que ofrecían un nivel de confort desconocido hasta entonces; eran hoteles sobre ruedas.

Otra innovación fundamental para las viajeras de clase alta fue la aparición de las agencias de viajes que facilitaron toda la planificación y tramitación comercial. El ejemplo más conocido es el de la agencia Thomas Cook, fundada durante la década de 1840. Estas agencias solventaron muchos de estos problemas y ayudaron especialmente a las mujeres viajeras. Thomas Cook puso en marcha los tours o viajes organizados, que la empresa vendía como los más apropiados para mujeres que viajaran solas. En España operaron con las compañías ferroviarias.

as empresas de transporte ferroviario empezaron a utilizar la imagen de las mujeres viajeras como reclamo para sus servicios, sobre todo desde finales del siglo XIX. Transmitían las imágenes de viajeras que representaban el glamour y o exotismo. A medida que las mujeres fueron incorporándose a otras tareas a nivel académico y laboral, las empresas ferroviarias reflejaron este cambio en sus anuncios publicitarios con la presencia de mujeres elegantes, jóvenes y bellas.

Viajeros en el interior del coche panorámico del Talgo II. Manuel Cuenca, década 1950.  

Sin embargo, las mujeres de clase trabajadora no figuraban en la publicidad de las empresas ferroviarias, ya que preferían representar el viaje como una experiencia lujosa y refinada que no estaba al alcance de todo el mundo. Las compañías querían enfatizar que sus viajeras eran mujeres modernas. Entre 1870 y 1940 se entendió como una nueva edad en la que las mujeres eran invitadas a participar en esta nueva modernidad.

 

El estilo de viajar, vestidos y maletas

Alice Leone-Moats, periodista americana, escribía en la década de 1930 “el viaje es una ciencia que se perfecciona con el tiempo y la experiencia por lo tanto hay que experimentar los viajes, repetirlos y convertirlos en hábito e indicaba que comprar billetes, hacer baúles y todos los demás detalles de un viaje forman parte de la educación de una persona”.

El equipaje fue una cuestión que preocupaba a las mujeres viajeras y esto se reflejaba en la literatura de viajes. Emilia Pardo Bazán en su libro de viajes Por Francia y por Alemania, publicado en 1890, reflexionaba sobre el atuendo adecuado que ha de vestir el cuerpo de la mujer que viajaba. Defendía el traje partido o “divided skirt”, amparándose aparentemente en el pragmatismo anglosajón de la comodidad que representaba: “cuya creación (…), se debe a la necesidad en que se ven muchas norteamericanas de andar aprisa y no enredarse en las enaguas cuando suben a tranvías, coches y barcos de vapor (…). Si a esta condición de resguardar la honestidad se añade la de la baratura, abrigo, ventajas higiénicas y gusto estético, insisto en que no veo motivo de escandalizarse”

Vista de la estación de Madrid-Atocha y numerosos viajeros con maletas y equipajes y un carruaje tipo ómnibus dirigiéndose a ella. Tarjeta postal realizada a partir de un dibujo firmado por Chacón Montero.  

El equipaje de pañuelo o de hatillo, somero y elemental prevaleció durante un tiempo entre las viajeras. La elección del pañuelo constituía un signo de elegancia por su tejido y su dibujo, por su seda o sus coloridos. El cesto era equipaje de plebeyo y masculino; las mujeres no llevaban cestos. Aunque en los años 1940-1960 se volvió a hacer habitual entre las viajeras que se dirigen desde sus hábitats a los pueblos o ciudades colindantes. Junto a los grandes baúles, el cabás, la capotera y la sombrerera también formaron parte del equipaje habitual. La historia del equipaje está asociada a la historia del traje y, según se ha ido haciendo más liviana la vestimenta, así ha evolucionado el equipaje; y ha permitido acomodar el acto de viajar.

 

Las mujeres también emigran

El ferrocarril, que propició la movilidad a larga distancia, fue, junto con los barcos el medio utilizado por muchas mujeres para emigrar y buscar mejores condiciones de vida. La visibilidad social de las mujeres inmigrantes continúa siendo escasa en relación con la visibilidad social de los hombres inmigrantes. Durante mucho tiempo ha persistido el mito de que las mujeres no emigraban y que si lo hacían era por su papel de acompañamiento, debido a su identificación con las tareas reproductivas, al hombre se le asociaba con las tareas productivas.

En Reino Unido en 1841 el 39% de los migrantes eran mujeres. Algunos cálculos estiman que 156.666 mujeres británicas se trasladaron a las colonias entre 1899 y 1911. Estos datos confirman que las mujeres participaron del movimiento migratorio general que se produjo entre finales del siglo XIX y principios del XX.

Entre las décadas de 1950 y 1970 se produjo en España un importante éxodo desde los pueblos hasta las grandes ciudades, y muchas mujeres salieron desde sus lugares de origen para buscar trabajo en la industria o en el servicio doméstico. La literatura nos ha dejado testimonio de esos viajes en tren. Pero además hay que apuntar que, en las grandes ciudades, estas mujeres y sus familias se asentaron en las afueras y, por tanto, en esos desplazamientos fueron llenando los trenes de cercanías para sus traslados habituales de corta distancia.

Ilustración tomada del libro Histoire de la locomotion terrestre. Les chemins de fer. París: L’Illustration, 1935. 
 

En España, durante la década de 1960, se registró un importante movimiento migratorio desde Andalucía hasta Cataluña, donde la oferta industrial y de empleo resultaba un reclamo para muchas mujeres. El viaje se realizaba por ferrocarril en un tren conocido como “el Sevillano”. Ángeles González Alba, natural de Ronda (Málaga), llegó a Barcelona en 1966 en este tren, que salía de Sevilla a las 10:00 h. de la mañana y llegaba a Barcelona a las 12:00 de la mañana del día siguiente. Cuenta la viajera, “si conseguía un asiento en algún coche, te sentabas sino derecha a la plataforma o al pasillo y de vez en cuando reposabas sobre la maleta. Las maletas eran de madera, atadas con cuerda. Los viajeros llevaban además cestas y cajas de cartón. Los coches estaban sucios, olían a sudor y a pises. En el suelo pieles de naranja y otras basuras”.

Turismo y transporte público para las viajeras

A partir de la década de 1960 con la extensión del turismo, los viajes se democratizan y se hacen más igualitarios. Las mujeres hacen del viaje un acto cotidiano y su presencia en los trenes se naturaliza. En el caso del largo recorrido, los viajes en grupo son una costumbre extendida entre las mujeres. Para las mujeres que viajan solas, viajar ha sido, y sigue siendo, difícil, y en ocasiones obliga a dar demasiadas explicaciones.

En un estudio realizado por Renfe en el año 1986, las mujeres ofrecieron algunas pautas sobre su imagen del tren, valorando el contacto con otros viajeros, la diversidad de horarios, o la oferta turística diversa, entre otros. Algunas de sus opiniones fueron: “El tren es como salir de la rutina, de la ciudad donde vives, el sitio donde estás, ya salir es algo diferente”. “El tren permite el viaje intimista, una misma con la lectura, el paisaje, la música”. “Sugiere la idea de refugio frente al peligro exterior”. “Facilita la interacción con los demás viajeros debido a la configuración del tren”. “Sitúa al viajero en una posición activa porque puede moverse”.

Viajeros en un coche de viajeros de una composición Talgo III. Fondo Talgo. 1964. 

Pero a pesar de todos los avances que se han venido incorporando, existen ejemplos que nos hablan de haberse producido una regresión. En algunos países, debido a la falta de seguridad, se han visto obligados a instalar y poner en marcha compartimentos exclusivamente para mujeres. En el año 2016 la compañía de trenes regionales de Alemania central (MRB), generó una polémica al anunciar que una de las líneas de Sajonia ofrecería un nuevo servicio en sus trenes: dos compartimentos exclusivamente para mujeres que viajasen solas o acompañadas de niños pequeños. El fin según la compañía era reforzar el confort y la seguridad de las pasajeras.

Después de Japón, India se sumó a los trenes exclusivos para mujeres. También en México y en Turquía hay iniciativas parecidas. Una medida insuficiente, pero que pretende llamar la atención sobre el acoso y los abusos que se producen en los convoyes indios, casi siempre atestados de pasajeros. Al contrario que en Japón, donde al convoy se le añaden coches exclusivos para las mujeres, el Gobierno indio ha puesto en circulación trenes enteros que, además, van fuertemente protegidos por una fuerza policial femenina. La medida ya fue adoptada, de forma experimental, en 1950 por la compañía de tranvías de Calcuta. Los trenes para mujeres son fácilmente identificables puesto que están adornados con motivos florales muy coloristas.

Viajeros en el interior de un coche Club de una composición AVE serie 100. Foto: MAN, década 1990.  

Según un estudio de Women4Climate. A gender perspective in urban mobility. Barcelona`s plan for Justice 2016-2020, las mujeres usan menos el coche privado en sus desplazamientos, utilizan más el transporte público, y caminan más que los hombres. Sus itinerarios no están, además, tan relacionados con el trabajo como los de los hombres, sino con diferentes tareas asociadas a la unidad familiar: visitar parientes dependientes, recoger a los niños en el colegio o ir a comprar. El modelo de movilidad implica el modelo de ciudad. Los desplazamientos femeninos son más cortos y en más de la mitad de los casos se circunscriben al distrito de residencia.

Según un reportaje de la revista Tráfico y Seguridad Vial, la movilidad de las mujeres se distribuye de la siguiente manera: en coche 6 de cada 10 son varones; en moto, solo conducen 2 mujeres de cada 10; y en bici, solo se verán a 3 mujeres de cada 10. Pero en la acera 6 de cada 10 peatones son mujeres. En autobús son 7 de cada 10 usuarios; y en metro y cercanías, tranvías…, 6 de cada 10. El Observatorio de Movilidad Metropolitana 2017 reunió datos de veinte ciudades españolas, y en todas, la mujer destaca como usuaria de transporte público. En Madrid superan a los varones en un 9%; en Barcelona en un 4%; y en Málaga o A Coruña los duplican (33% varones-67% mujeres). A nivel de larga distancia está difícil “El perfil global de los clientes de Ave y Larga Distancia revela una ligera prevalencia de las mujeres. Así, en 2019 el 47,5% de los viajeros fueron hombres, frente al 52,5% de mujeres”.

Viajera en el interior de un automotor diésel 595 TAF de RENFE. Juan B. Cabrera, 1963. 
 

“Cierro la puerta de mi departamento y el mundo se cierra tras ella. De pronto nadie existe ya; tan sólo mi equipaje, la novela largamente elegida, el camisón favorito, los cigarrillos. Duermo como un lirón. El tren me acuna suave o salvajemente y me siento ajena a la terrible cuestión de si mi cama está o no sobre las ruedas. No sólo el movimiento, sino también el ruido me adormece y aquieta. Recuerdo que, en varias ocasiones, hace ya bastantes años, el revisor tuvo que avisarme repetidamente habiendo llegado a mi punto de destino, Y viajaba en litera. Ahora no suele ocurrirme. Pero cuando suena el timbre o me aporrean la puerta indicándome que está cercana y a mi parada me sobreviene una clara sensación de tristeza ante el final previsto”.

El tren: una clara adicción y seis razones desiguales. Ana Puértolas. En Viajeros al tren. Barcelona: Lunwerg, 1988.

 

* Artículo publicado por la Fundación de los Ferrocarriles Españoles. Versión digital obtenida de: ¡Viajeras al tren!

Créditos:

Textos y documentación: Ana Cabanes, Lydia Díaz, Raquel Letón y Leticia Martínez
Diseño Web: Jose Mariano Rodríguez
Imágenes: Archivo Histórico Ferroviario, Museo del Ferrocarril de Madrid, Caminos de Hierro
Bibliografía: Biblioteca Ferroviaria. Museo del Ferrocarril de Madrid 

¡VIAJERAS AL TREN! (Parte 1)*

Visibilidad de una presencia
(Fragmento) 

A pesar de que en el siglo XIX el acto de viajar no se consideraba un acto propio de las mujeres, éstas rompieron los convencionalismos e hicieron suyos los espacios ferroviarios. El relato histórico no ha dejado muchos testimonios de esta presencia, sin embargo, las imágenes y las fuentes literarias nos permiten visibilizar a las mujeres que desde los inicios del ferrocarril hasta hoy hicieron del tren una habitación propia.

Esta exposición está dividida en dos partes, en la primera se ofrecen algunas pinceladas sobre el acto cotidiano del viaje, los espacios, los preparativos, los escollos y las ventajas de viajar en tren. Para ilustrar este recorrido se han seleccionado algunas imágenes de las colecciones fotográficas que se conservan en la Fototeca del Archivo Histórico Ferroviario y del Museo del Ferrocarril de Madrid.

En la segunda parte se refleja la presencia de las viajeras a través de una mirada artística y literaria, para ello se ha seleccionado una muestra de las fotografías presentadas al concurso fotográfico Caminos de Hierro por algunas fotógrafas. Las imágenes se acompañan con una selección de textos en las que algunas de las escritoras españolas más conocidas del siglo XIX, Emilia Pardo Bazán, Carmen de Burgos o Concha Espina, entre otras, testimoniaron sus viajes en tren por nuestro país y por el extranjero. 

 
Viajeras en el interior de un automotor térmico diésel TAF de la serie 595 de RENFE. Dirección Comercial RENFE, ca. década 1950 
 

Son muchas las cuestiones que hay que tener en cuenta para analizar el fenómeno viajero desde una perspectiva histórica y de género. Hasta el s. XX las mujeres estaban relegadas al ámbito doméstico, sin embargo, algunas de ellas rompieron estas barreras entre lo doméstico y lo público en numerosas ocasiones, como ocurrió en el caso de las viajeras. La aparición del ferrocarril permitió la movilidad colectiva y fueron muchas las que utilizaron el tren para viajar, algunas eran migrantes, otras lo hicieron por temas laborales, otras viajaban por cuestiones de salud y muchas por ocio.

Un tema fundamental es la dificultad para encontrar las fuentes que testimonien que las mujeres fueron viajeras en tren. Las compañías ferroviarias no llevaban un registro nominativo de pasajeros y, por tanto, es difícil tener datos cuantitativos. Una fuente para abordar la cuestión son los relatos o diarios de viaje escritos por mujeres. El número de mujeres que escriben relatos de sus viajes es mucho menor que el de los hombres y, además, no eran publicados. Muchos están escritos en forma de cartas y de diarios, y tienen, por tanto, una distribución interna.

Este hecho hace que los relatos y escritos de las mujeres, al menos hasta el siglo XIX, condenen a la invisibilidad a las viajeras porque no será hasta la contemporaneidad cuando se dediquen a este campo literario. Cuando se publicaban muchas lo firmaban con pseudónimos. Y, en todo caso, hay que advertir que las pocas pinceladas que tenemos sobre su presencia como viajeras del tren se reducen a las escritoras de la clase alta. El relato está incompleto.

Reservado para señoras

Tarjeta postal con una vista de una viajera en el interior de un coche de viajeros. Fototipia Hauser y Menet, Madrid, ca. 1902. 

En los inicios del ferrocarril, las mujeres que viajaban sin compañía masculina sólo podían hacerlo en los espacios reservados para ellas si no querían asumir los posibles riesgos que podía acarrear no seguir esta norma. Las compañías ferroviarias hicieron distinción de género en los espacios de viaje, en el Reino Unido, en 1845, se introdujeron los compartimentos exclusivos para mujeres, algo que perdurará durante todo el siglo XIX. Sin embargo, parece que estos espacios no tuvieron mucha aceptación. En 1888 la Compañía Great Western Railways provisionó 1.000 asientos reservados para mujeres y sólo se usaron 248.

En España, tal como se reseña en la Guía de horarios de ferrocarriles del año 1903, también existieron estos compartimentos reservados, en cuya puerta figuraría el tarjetón de «Reservado de Señoras». Este departamento se habilitaría en todos los trenes que dispusieran de coches de 1ª clase. Tal era la privacidad de este departamento que ni siquiera los interventores podían acceder a él, a no ser que fuera por petición de auxilio de las interesadas o ante una incidencia importante. Como remate, un curioso punto, en letra pequeña se indicaba que no se consideraría “mujer sola” a aquella que viajara con niños mayores de tres años (con esa edad ya se pagaba también medio billete).

 
Viajeras saliendo de los andenes de Cercanías de Madrid-Príncipe Pío. Vicente Garrido, 1954.  

El estatus económico daba más posibilidades de viajar en reservados que no fueran específicos para mujeres, ya que todas las compañías ofrecían un abanico de posibilidades para viajar con mayor confort y menos compañeros de viaje en coches y asientos de lujo. Entre las opciones se encontraban las berlinas-camas, las camas-tocadores, coches-salones y coches tocadores-camas, el alquiler de compartimentos ordinarios completos o asientos de butaca cama. Todas estas posibilidades se ofrecían en el año 1903 a los viajeros que pudieran adquirir billetes de 1ª clase con recargo y pago de cantidades extras.

En la Conferencia Ferroviaria que se celebró en el año 1905, dos ponentes, Mariano Belmes y Constantino Rodríguez, señalaron las extremadas diferencias que existían en las categorías de los coches de viajeros. Se quejaron de la existencia de trenes que sólo llevaban coches de 1ª clase y que fueran más rápidos. Los viajeros defendían que la diferencia de la categoría del billete debía afectar sólo a la comodidad del viaje, pero no a la velocidad del mismo. Aunque esto fuese así para los trenes de lujo, no debería afectar a los expresos. También sugerían que era inhumano que los coches de 2ª y 3ª clase carecieran de calefacción, ventilación y cortinas, y que, por consiguiente, los viajeros se helaran en invierno y se asfixiaran en verano.

Los ponentes se hicieron eco de las diferencias sociales que generaba el hecho de que sólo los coches de 1ª clase tuvieran reservados de señora: “es inhumano también que la mujer sin recursos, que al fin y al cabo no por carecer de ellos deja de ser mujer, no pueda tener, como la adinerada, un compartimento que, aunque no sea cómodo pueda estar en el libremente, correspondiendo así a las necesidades propias de su sexo”.

Estos reservados no eran seguros al cien por cien y la prensa de la época se hizo eco de algunos asaltos sufridos por viajeras en estos reservados. En la Gaceta de los Caminos de Hierro del 3 de octubre de 1869 se narraba, por ejemplo, un asalto ocurrido en un reservado de señoras de un tren correo: las viajeras aseguraron la puerta “atando uno a otro los tirantes de los cristales de ambas portezuelas con la correa que sirve ordinariamente para liar las mantas de viaje. Aunque es más sencillo y seguro que las empresas provean los carruajes reservados de pestillos interiores, creemos hacer un servicio a las viajeras poniéndolas en guardia contra tan inoportunas visitas nocturnas…”.

 

El tren, un espacio público

Aunque en los orígenes el espacio del tren era todo uno, con zonas segmentadas por tipo de billete, a partir de la década de 1860 se generalizaría la división de los convoyes de trenes en varias clases de coches de viajeros, 1ª, 2ª y 3ª. La división del espacio de los trenes creará una jerarquía en la que la diferenciación vendrá dada, especialmente, por el confort en el interior del coche.

Uno de los aspectos que limitaron la presencia de las mujeres en los viajes en tren, especialmente en los de largo recorrido, es que los espacios de viaje eran espacios libres en los que los viajeros podían contactar entre ellos. Por tanto, las mujeres viajeras podían mantener, sin ningún impedimento, una relación directa con sus compañeros masculinos de viaje y esto chocaba con las costumbres de la sociedad patriarcal del siglo XIX.

Hasta las primeras décadas del siglo XX, las mujeres de clase alta viajaron en los espacios reservados según su género y clase social, y, sólo en los espacios comunes, como los coches restaurante o los coches salón, se relacionaban con el resto de los pasajeros.

Ilustración tomada de Cien años del Ferrocarril en España. Comisión Oficial para la Conmemoración del Primer Centenario del Ferrocarril en España. Madrid: Imp. Magisterio Español, 1948.  

Convencionalismos morales y viajeras

La estrecha regulación de la feminidad que el discurso oficial burgués occidental asentó en el siglo XIX, hizo que pronto, se manifestara la resistencia a que las mujeres accedieran a ese mundo de placer y erotismo que proporcionaba el viajar. Pero los viajes sirvieron de liberación para estas mujeres, aunque sus contemporáneos los consideraban como inusuales e inadecuados para las mujeres, ya que su lugar natural era el hogar, en lo privado, en su casa.

Los trenes eran considerados espacios públicos, por ello surgieron libros en los que se recogían algunas notas de protocolo en el viaje. Eran manuales en los que se explicaba, por ejemplo, qué ropa había que llevar para el viaje, cómo hacer un equipaje o qué papel tenían que ejercer las mujeres durante el viaje. Esto generó una abundante bibliografía, y llenó muchas páginas de revistas de moda.

Estos libros recomendaban las reglas de cortesía que debían seguir con el resto de los viajeros. Esto indicaba la fuerte influencia que la clase social tenía en los compartimentos durante el viaje y servía para mostrar una conducta adecuada que era muestra, en definitiva, del estatus social de esas viajeras.

Tarjeta postal con una vista de una pareja en actitud romántica en el interior de un coche de viajeros de 2ª clase. Phototypie A. Bergeret et Cº, Nancy (Francia), ca. década 1900. 

En la sociedad victoriana el papel de la mujer era importante en cuanto a la etiqueta. En sus hogares eran responsables de organizar actos sociales y se esperaba que ellas tuvieran ese mismo papel cuando viajaban a bordo de un tren; se consideraba como una obligación el hecho de socializar con sus compañeros de viaje, especialmente en trayectos largos.

Se ponía especial atención a los encuentros entre hombres y mujeres para extremar el cuidado en las normas de la moralidad y guardar las normas en relación con el flirteo y los romances. Las normas establecían que las mujeres no debían mostrar un comportamiento demasiado familiar con hombres desconocidos, mientras para ellos no se establecía norma alguna. Sin embargo, si viajaban acompañadas por un hombre debían tener un comportamiento familiar.

En los siglos XIX-XX hubo una percepción de los viajes en tren como un espacio para los romances y el problema que esto suponía para algunas mujeres a la hora de viajar. La literatura ayudó a dar esta imagen del viaje como un tiempo/espacio de romance. Las compañías no dejaron escapar esta oportunidad para su publicidad, y, así, las mujeres “guapas” y “elegantes” se convirtieron en un reclamo para la oferta de viajes. Los espacios ofrecían una oportunidad para romper los convencionalismos y encontrarse con pasajeros de todas las clases sociales.

La literatura también utilizó el ambiente de los trenes como escenario para los relatos en los que este espacio se convertía en un lugar de peligro sexual y psicológico para las mujeres. La oscuridad del paisaje o los túneles facilitaban que las mujeres fueran víctimas de ataques y robos. La prensa contribuyó con noticias sensacionalistas a difundir esta creencia. En The Times aparecieron noticias sobre estos ataques.

La creencia en la amenaza de la violencia física y sexual que el espacio público suponía para las mujeres que usaban los transportes, tanto en pequeños desplazamientos, como en los viajes largos, privaron a muchas de ellas de la posibilidad de viajar en tren.

Tarjeta postal con una vista de una viajera en el interior de un coche de viajeros, y un esqueleto representando la muerte. Fototipia Hauser y Menet, Madrid, ca. 1902. 

* Artículo publicado por la Fundación de los Ferrocarriles Españoles. Versión digital obtenida de: ¡Viajeras al tren!

Créditos:

Textos y documentación: Ana Cabanes, Lydia Díaz, Raquel Letón y Leticia Martínez
Diseño Web: Jose Mariano Rodríguez
Imágenes: Archivo Histórico Ferroviario, Museo del Ferrocarril de Madrid, Caminos de Hierro
Bibliografía: Biblioteca Ferroviaria. Museo del Ferrocarril de Madrid  

El feminismo ferrocarrilero: desde telegrafistas hasta vendedoras de comida en estaciones*

 Por Mónica Franco

 


El trabajo ferrocarrilero se ha identificado históricamente como una actividad masculina; sin embargo, existen evidencia documental que a principios del siglo XIX las mujeres incursionaron en este mundo de como enfermeras, cocineras y afanadoras, y servían en los campamentos donde se construían vías de Ferrocarriles Nacionales de México, fundado en 1908 bajo el mandato de Porfirio Díaz. Fue el inicio del feminismo ferrocarrilero.

Treinta años después la mayoría hijas de ferrocarrileros ya estaban en las oficinas como secretarias y telegrafistas, algunas, con el paso de los años, se convirtieron en despachadoras de trenes o jefas de estación como es el caso de Margarita Reyna Castro Sánchez y las hermanas Etelvina y María del Pilar Cervantes Burgos, de quienes existen expedientes en el Centro de Documentación e Investigación Ferroviarias (CEDIF) del Centro Nacional para la Preservación del Patrimonio Cultural Ferrocarrilero (CNPPCF).

Estos indicios que se encuentran en el archivo histórico, el archivo de la palabra (narraciones de jubilados del ferrocarril), la biblioteca especializada y la fototeca, son una nueva veta historiográfica que se explora desde el feminismo de mediados del siglo pasado.

Estas mujeres fueron algunas de las primeras en irrumpir en un mundo de hombres; en algunas ocasiones fueron bloqueadas o desanimadas para lograr ascensos laborales por sus propios esposos que también eran ferrocarrileros y la mayoría de veces las sacaban de trabajar.

Llevaron una vida nómada que les forjó un carácter fuerte; a algunas las hizo permanecer solteras porque brincaban de ciudad en ciudad, en ocasiones tuvieron que vivir en lugares inhóspitos para realizar su trabajo o en las casas de las familias de sus jefes, ya que era mal visto que las señoritas se hospedaran en hoteles.

El jefe del Departamento de Archivo Histórico del CEDIF, Patricio Juárez Lucas, quien realiza investigaciones de género, señaló que hay mucho que estudiar sobre la contribución de las mujeres en el desarrollo ferroviario del país, y que el cine y la literatura debería hablar de ellas como las primeras feministas de México.


En el caso de las hermanas Etelvina y María del Pilar Cervantes Burgos, dijo que ambas eran hijas de un trabajador de ferrocarrilero, pues el primer requisito para laborar en oficinas de trenes era que el padre firmara un permiso. Si este fallecía, a las hijas las aceptaban de manera inmediata para laborar en áreas administrativas, al igual que a las viudas.

De Etelvina Cervantes Burgos, nacida el 4 de octubre de 1922 en Tamaulipas, hija de Pascual Cervantes García y Margarita Burgos Menéndez, existe registro en el Archivo Histórico del CEDIF que señala que el 17 de septiembre de 1940, con apenas 18 años, solicitó un traslado de Tierra Blanca, Veracruz, a la estación de trenes de Puebla para ocupar el puesto de oficinista extra. 

En su solicitud consta que de ella dependían económicamente su abuela Genoveva, viuda de Burgos, de 65 años; su madre Margarita, viuda de Cervantes, de 36; y su hermana María del Pilar Cervantes, de 15 años.

También, la solicitud señala que había ingresado al servicio ferroviario el 1 de marzo de 1939 y que su domicilio para establecerse en Puebla era 7 Poniente 311. Para el 2 de julio de 1943 se autorizó su regreso a Tierra Blanca, Veracruz.

Según los registros se conoce que María del Pilar Cervantes Burgos, hermana de Etelvina, también trabajó en los ferrocarriles. Un documento de 1947 marca su inicio laboral en la estación de Matías Romero, Oaxaca, cuando tenía 22 años.

Juárez Lucas reconoció que no cuenta con el número exacto de las mujeres que se encuentran en los archivos del CEDIF, pero recordó la investigación que realizó acerca de Margarita Reyna Castro Sánchez, quien llegó a ocupar el puesto de jefa de Estación en los Ferrocarriles Nacionales de México.

“Margarita nació el 9 de junio de 1943 en un campamento ferroviario de remachadores, situado a un costado de las vías del Ferrocarril Panamericano (Ixtepec, Oaxaca-Ciudad Hidalgo, Chiapas), en un punto cercano a la estación de Arriaga, en el estado Chiapas. Los trabajadores que ahí vivían eran la fuerza de trabajo itinerante, que laboraba a lo largo del sistema ferroviario dando mantenimiento a las vías del ferrocarril. Su padre fue Antonio Castro Díaz, remachador de puentes, al igual que su abuelo Elías Castro Ortega, y una de las estaciones de bandera del Ferrocarril Panamericano lleva su nombre."

“Ella es un personaje importante, tanto dentro de la familia Castro como en el gremio ferrocarrilero. En esa época consiguió lo que pocas mujeres se habían atrevido a hacer: incursionar en el mundo ferroviario. Inició desde abajo y logró ascender hasta el puesto de jefe de Estación en Contreras, en el entonces Distrito Federal, puesto que conservó hasta 1998, cuando se jubiló”.


“Se enfrentó a la oposición de su padre, quien le dijo que no estudiara para telegrafista porque cuando se casara iba a dejar todo aventado. También lo hizo con su esposo cuando este le insistía que dejara el trabajo. El negarse fue la mejor decisión que pudo tomar, debido a que al poco tiempo su esposo, siendo despachador en trenes en Oaxaca, dio una instrucción incorrecta que provocó un choque y fue suspendido un año, tiempo en el que ella fue sostén de su familia”.

“Margarita tenía tres hijos (…) Poco antes de que se jubilara, un 24 de diciembre, recibió en su oficina una llamada de uno de sus hijos que le preguntó que si no se iría a hacer la cena de navidad y que ya dejara de trabajar, a lo que ella le respondió: yo solo escucho trenes (…) No sé si Margarita aún esté viva, la entrevisté antes de la pandemia cuando ella tenía cerca de 70años”, contó el investigador ferroviario."

La geografía humana de María del Pilar Cervantes Burgos, la despachadora de trenes

“-Yo nací en Tierra Blanca, Veracruz, un 22 de octubre, debí llamarme Salomé”. Su padre Pascual Cervantes García fue telegrafista y jefe de estación, muriendo cuando Pilar era una niña. De su infancia cuenta: 

“Fue la mía una infancia llena de tristeza, de deseos, de pobreza, pero sí con el gran cariño de mi madre Margarita Burgos y de mi abuela materna, así como de mi hermana Etelvina, con la que me críe juntamente”.

Estudió primaria y comercio con la idea de terminar y ponerse a trabajar enseguida. Para entonces su hermana ya era oficinista extra de los ferrocarriles. Ella, por su parte comenzó a trabajar en las oficinas de General Electric de Puebla. Lo que sería su próximo destino, ni siquiera le pasaba por la mente. Recuerda que cierto día un poco antes de irse a Puebla, un amigo de la familia, el señor Roberto Borges, le preguntó por qué no aprendía telégrafo, a lo que Pilar contestó:

“Ni pensarlo. Nos vamos a Puebla”.

 

Y, sin embargo, ya estando en Puebla, sucedió que:

“Un día pasé por unas oficinas de gobierno a dónde estaban transmitiendo por telegrafía y al escuchar el tac-tac del telégrafo, no sé que eco se despertó en mí y decid estudiar telegrafía. A mi madre le agradó la idea, regresamos a Tierra Blanca y ahí me puse a estudiar. El 11 de diciembre de 1947 me inicié como Telegrafista de los Ferrocarriles Nacionales de México. Estudiar comercio antes fue realmente desviarme de mi camino”, así escribió Livia Sedeño en la sección Geografía Humana del Ferrocarril de la Revista Ferronales de principios de los años 70 s.

La jefa de departamento de Biblioteca Especializada del Centro de Documentación e Investigación Ferroviarias (CEDIF) del Centro Nacional para la Preservación del Patrimonio Cultural Ferrocarrilero (CNPPCF), María Isabel Bonilla Galindo, mostró material de género que se encuentra en algunos tomos de la revista Ferronales.

Esta publicación única en su género en el país, que surgió en 1930 y que fue órgano oficial de comunicación de los Ferrocarriles Nacionales de México, con contenido netamente del mundo ferroviario, tiene una edición especial dedicada a Pilar Cervantes, aunque también se publicaron las vidas de otras mujeres que destacaron en ese mundo de hombres.

Otras mujeres que aparecían en Ferronales estaban solo en las páginas de sociales, en dónde se publicaban por haber contraído matrimonio con algún ferrocarrilero o que eran las reinas de festivales de sus regiones siendo hijas de algún jefe de estación.

Para Bonilla Galindo fue hasta el término de la Revolución Mexicana que las mujeres pudieron ingresar a espacios laborales como los que se dieron en Ferrocarriles Nacionales de México y que esto también fue gracias a los acuerdos del Primer Congreso Feminista de 1916 realizado en Mérida, Yucatán.

En ese encuentro se reflexionó públicamente sobre los derechos de las mujeres que les permitieran estar en igualdad de condiciones con los hombres. Este Congreso es el antecedente fundamental para que en 1935 se conformara el Frente Único Pro Derechos de la Mujer, organización vital en el movimiento sufragista mexicano que llevó a las mujeres a las urnas en 1955. 

De acuerdo con la investigadora se trató de un primer momento histórico en el que mujeres tomaron un papel activo en la vida política y social del país. Se dedicaron a difundir las ideas revolucionarias, fueron enfermeras, cocineras, espías e incluso algunas llegaron a ocupar puestos de mando, alcanzando grados dentro del escalafón militar, y si ya estaban en el espacio público debían ingresar a áreas de trabajo formales.

“Un grupo de mujeres fue convocado a participar y sus demandas quedaron plasmadas en las propias leyes. Se permitió la igualdad jurídica de las mujeres con los hombres, su reconocimiento para permitir su acceso a áreas de trabajo de la administración pública. Esto es en 1916 y se recogen las demandas para la Constitución de 1923. Aunque es un asomo muy pequeñito es hasta 1930 con la Ley Federal del Trabajo que quedarán acotaciones que hacen referencia de las mujeres en el ámbito laboral, es decir en qué condiciones pueden trabajar y que puestos podrán ocupar”, dijo.

Bonilla Galindo añadió que las mujeres que trabajaron para los ferrocarriles siempre lo hicieron en áreas administrativas, y qué si bien algunas escalaron hasta llegar a ser despachadoras de trenes o jefas de estación, nadie realizó trabajos de fuerza pesada como lo hacían los hombres, además de que los mayores rangos y salarios para las mujeres que trabajaban en Ferrocarriles Nacionales de México se dieron en el área de la salud, en dónde llegaron a ser directoras de hospitales.

Feminismo ferrocarrilero: Tacos, tamales, café de olla, las pregoneras en los andenes de las estaciones.

¿Quiere chiles rellenos, taquitos dorados? ¿Quiere café, té de canela, tamales? Así gritaban las mujeres que corrían con sus canastas ofreciendo antojitos de la región en los andenes de las estaciones de tren, otras más osadas se subían a los ferrocarriles y recorrían varios municipios hasta terminar sus productos.

El testimonio vivo de estas pregoneras lo podemos ver en el documental “Esperanza, las vendedoras del tren” que rescata las memorias de un grupo de mujeres dedicadas a la venta de comida en una estación de la antigua ruta del Ferrocarril Mexicano, ubicada en el municipio de Esperanza, Puebla.

En Atlixco, hasta principios del siglo XXI, algunas mujeres vendían comida en las antiguas bancas de cemento de la antigua estación del ferrocarril de ese municipio, espacio que hace una década se rehabilitó por el gobierno municipal. Se edificaron locales donde las nietas de las pregoneras continúan vendiendo tacos y huaxmole de res desde las 7 de la mañana hasta el mediodía, como lo hacían en el pasado.

 

El documental invita a un viaje por aquellas estaciones y andenes donde los gritos, pregones, olores y sabores se quedaron en la memoria de viajeros y ferrocarrileros.  


Al respecto, la jefa del departamento de la Fototeca del Centro de Documentación e Investigación Ferroviarias (CEDIF) del Centro Nacional para la Preservación del Patrimonio Cultural Ferrocarrilero (CNPPCF), Covadonga Vélez Rocha, resaltó la fortaleza física y destreza que tenían las mujeres que vendían comida en el ferrocarril, debido a que algunas caminaban kilómetros para llegar a las estaciones del tren, mientras que otras se subían a los vagones con enormes canastas que llegaban a pesar hasta 10 kilos.

“Era todo un proceso desde las compras un día antes y la preparación de los alimentos por la madrugada para llevarlos calientes en las canastas que recubrían de papel estraza y de servilletas de tela. Quienes vivían cerca de la estación que bien, las que no era muy difícil porque además de las canastas llevaban ollas con café, té o pulque. Si había sol que bueno, pero si había lluvia debían taparse ellas y la canasta. El documental Esperanza: las vendedoras del tren, es un testimonio vivo de lo que pasaron para poder ofrecer su comida regional”, dijo la investigadora."

Vélez Rocha señaló que había mujeres que llegaban a caminar hasta cuatro horas desde la localidad de San Francisco Piletas, situada en el municipio de Palmar de Bravo, para llegar a la estación del tren de Esperanza.

Las mujeres de esa comunidad vendían pulque de tlachique que llevaban en una olla de barro, o bien, en botellas de licor que compraban vacías en las cantinas. Además, vendían gorditas en forma de triángulo rellenas de garbanzos, de habas o de frijoles, con hojas de aguacate y chile serrano, que ellas molían en el metate y eran cocidas en comal de barro sobre el tlecuile.

“Estas mujeres caminaban esas largas distancias descalzas y son un testimonio de lo que una mujer puede hacer para llevar el sustento para sus hijos. A los pequeños nos los llevaban con ellas hasta que cumplían ocho o 10 años, pero iban de apoyo para poder cargar las ollas de bebidas”, dijo.

La investigadora recordó a una mujer que todos en la estación de Tezonapa, Veracruz, la conocían como “La Güera”. Esta pregonera llevaba a sus dos hijas como ayuda para que se quedaran con una canasta para vender en la estación del tren, mientras ella se subía al ferrocarril y se iba hasta Córdova vendiendo en el pasillo de la locomotora en movimiento.

“Estas mujeres, además de fuertes, tenían una enorme destreza para colocar en trozos de papel estraza tacos, enchiladas y memelas con salsa, además de servir bebidas. “La Güera”, a quien conocí, murió en un choque de trenes justo sirviendo comida”, así concluyó la investigadora su remembranza sin descartar que otras vendedoras de tren hayan muerto en iguales circunstancias.

 

*Artículo publicado por Urbano Puebla el 23 de abril de 2023. Versión digital obtenida de: Urbano Puebla | Feminismo Ferrocarrilero

En busca de las mujeres ferrocarrileras*

 Por Mario Galeana

El silbato del primer tren que recorrió México en 1873 fue un presagio de modernidad en el país, pero en su viaje hacia el futuro dejó atrás a una parte crucial de su historia: las mujeres.

Relegadas de cualquier tipo de actividad operativa, y sesenta años después del viaje inaugural del Ferrocarril Mexicano, algunas mujeres comenzaron a ser contratadas como tomadoras de tiempo y telegrafistas del sistema.

La integración de estas trabajadoras ha sido documentada gracias a los informes, nóminas y memorias que resguarda el Centro de Documentación e Investigación Ferroviarias (CEDIF), en el Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos.

Más tarde, entre las décadas de 1960 y 1970, unas cuantas se colocaron en puestos superiores como despachadoras y jefas de estación.

Fue el caso de Margarita Reyna Castro Sánchez, quien nació en un campamento ferroviario de remachadores, situado a un costado de las vías del Ferrocarril Panamericano, en Chiapas.

Integrante de una familia repleta de trabajadores ferrocarrileros, trabajó como jefa de la estación en Donají, Oaxaca, de 1970 a 1978. Casi un siglo después de que se habilitara la primera vía que unió a la capital del país con Veracruz.

Después, repitió como jefa de estación en Lagunas, Oaxaca, hasta 1987, y finalmente fue transferida al entonces Distrito Federal para hacerse cargo de la estación Contreras. En 1998, decidió jubilarse.

Pero entre el repositorio del CEDIF, y de otros archivos que resguardan la memoria ferrocarrilera, hay más mujeres cuya historia no ha sido contada todavía.

Con el propósito de visibilizar las vidas de estas trabajadoras, un grupo de investigadoras en México y otros países de América Latina han conformado la Red interdisciplinaria de mujeres del ferrocarril (Rimfe).

Compuesta por historiadoras, literatas, gestoras, antropólogas, economistas, editoras y restauradoras, la red se propone reconocer la participación de las mujeres en la cultura ferroviaria, así como apelar a su integración de manera plena y equitativa.

“Las compañías ferroviarias se constituyeron como espacios eminentemente masculinos, excluyentes y cerrados. Pero la realidad  es que las mujeres siempre han estado ahí, contribuyendo de manera significativa en diversas áreas del patrimonio cultural ferrocarrilero”, pronunció Teresa Márquez Martínez, directora del Centro Nacional para la Preservación del Patrimonio Cultural Ferrocarrilero.

 

La presentación de la Rimfe fue realizada el pasado jueves, con la asistencia de las especialistas Leonor Reyes Pavón, del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM; Luz Carregha Lamadrid, historiadora del Colegio de San Luis; Alicia Ramírez Olivares, de la Maestría en Literatura Hispanoamericana de la BUAP; y Luisina Angostini, de la Universidad de Rosario, en Argentina.

También acudieron Diana Hernández Suárez, del Instituto de Investigaciones Lingüístico Literarias de la Universidad Veracruzana; Lizbeth Celaya Vargas, del Seminario de Memoria Histórica del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP; Yazmín Sandoval García, de la UAM, e Isabel Bonilla Galindo, jefa de la Biblioteca Especializada del CEDIF.

En primera instancia, la red se ha propuesto recabar testimonios de trabajadoras y jubiladas del ferrocarril en México.

“Yo platicaba con mujeres que trabajaron en la empresa Ferronales, en San Luis Potosí, y me decían que no eran ferrocarrileras, sino secretarias. Pero habían colaborado con los ferrocarrileros, habían participado en sus huelgas, por lo que creo que las investigaciones de la red van a impactar para que muchas mujeres se sientan parte del sector”, aseguró Carregha Lamadrid.

La red también pretende realizar talleres, conversatorios, entrevistas y publicaciones sobre el papel de las mujeres en entornos ferroviarios. Hasta ahora, ha realizado 16 conversatorios y prepara, para el segundo semestre del año, distintas conferencias, foros y talleres de escritura creativa dirigidos, especialmente, a mujeres ferrocarrileras.

Según datos del Centro Nacional para la Preservación del Patrimonio Cultural Ferrocarrilero, en la actualidad la Secretaría de Comunicaciones y Transportes registra un total de 41 licencias federales ferroviarias asignadas a mujeres maquinistas y despachadoras.

“La historia del ferrocarril del siglo XIX es una historia de innovación, progreso y desafío, y sin embargo, marginó estas contribuciones. Hoy más que nunca es crucial visibilizarlas y valorarlas”, concluyó Márquez Martínez.

En el riel, jefa de estación

Margarita Reyna Castro Sánchez nació en 1943 en un campamento ferroviario en Chiapas, en el seno de una familia con una larga tradición ferrocarrilera. 

Desde niña se vio inmersa en la vida nómada de los trabajadores del tren, lo que marcó profundamente su carácter y futuro. Su abuelo, Elías Castro Ortega, fue un destacado trabajador del Ferrocarril Panamericano, y su padre, un remachador de puentes. Transmitió a Margarita el legado de la vida ferroviaria. A pesar del constante movimiento familiar, Margarita completó su educación primaria en diversos lugares del país y más tarde estudió una carrera comercial.

A principios de la década de 1960, Margarita se trasladó con su familia a Durango, donde aprendió telegrafía, a pesar de las reticencias de su padre, quien no veía con buenos ojos que su hija trabajara en un entorno dominado por hombres.  A lo largo de su carrera, trabajó como telegrafista en diversas estaciones de México, enfrentando condiciones adversas, como en la estación de Higueras, Veracruz, donde soportó un ambiente inhóspito y discriminación por parte de sus colegas masculinos.

En 1970, Margarita fue asignada como jefa de estación en Donají, Oaxaca, un puesto tradicionalmente reservado para hombres debido a las exigencias físicas del trabajo. Más tarde, trabajó en Lagunas, Oaxaca, y finalmente, en 1987, fue asignada a la estación de Contreras, en el entonces Distrito Federal, donde permaneció hasta su jubilación en 1998.

A lo largo de su vida, Margarita luchó por su independencia, desafiando tanto a su padre como a su esposo, quienes intentaron disuadirla de continuar con su carrera ferroviaria. Su tenacidad y dedicación la convirtieron en un referente en la historia del ferrocarril en México, y su legado perdura como un ejemplo de perseverancia en un entorno tradicionalmente dominado por hombres.

 

*Artículo publicado en La Crónica de Hoy-Puebla, el 17 de agosto de 2024. Versión digital obtenida de:

La Crónica de Hoy-Puebla | Cultura | 17-Ago-24 

La participación de la mujer en los FNM...*

 La participación de la mujer en los Ferrocarriles Nacionales de México durante las primeras décadas del siglo XX. Un acercamiento desde las fuentes documentales del CEDIF.  (Resumen)

Por Isabel Bonilla

 

La historia de la mayoría de las mujeres 

está oculta por el silencio 

o por adornos que equivalen al silencio.

Virginia Woolf


En agosto de 1931, la revista Ferronales, publicó A las damas ferrocarrileras[1] en la que informó a los lectores sobre la intención de “dar a la publicidad datos e informes relativos a las honorables y simpáticas damas que prestan sus servicios en estos ferrocarriles”, y tres meses después publicó otra nota en dónde dio a conocer que la señorita Margarita Talbott Stevens, editora del magazine del Baltimore a Ohio quería resaltar el trabajo de la mujer ferrocarrilera mexicana. Así nació la idea de convocar al personal de Ferrocarriles Nacionales de México (fnm) para participar enviando información que pudiera ser utilidad, previa autorización de las mujeres rieleras, como contenido de la nueva sección “El Feminismo Ferrocarrilero”. De esa fecha hasta mayo de 1937, se publicaron 41 biografías de mujeres ferrocarrileras mexicanas en su mayoría, taquígrafas y enfermeras.

Por ese tiempo se llevaron a cabo congresos y reuniones entre las distintas asociaciones gremiales que representaban a los hombres del riel que facilitaron la creación del Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la República Mexicana, en enero de 1933 y la publicación de normativas en apoyo a los trabajadores. En paralelo, se realizaron diversos congresos de mujeres, nacionales y extranjeros, que derivaron en una mayor presencia de la mujer en las actividades políticas, económicas y sociales. En ese contexto, los Nacionales de México facilitaron la contratación de mujeres en los diversos departamentos que tenía la empresa; les dieron un espacio y voz.

Este ensayo tiene el propósito acercar a los investigadores a las diversas fuentes documentales que existen, en el Centro de Documentación e Investigación Ferroviarias, relacionadas con el trabajo de las mujeres en fnm, durante las primeras décadas del siglo XX. Cabe decir que para su elaboración se revisaron las nóminas de septiembre de 1927 y noviembre de 1932 correspondientes a Oficinas generales de Nacionales de México y la Revista Ferronales de junio de 1930 a diciembre de 1937, además de bibliografía relacionada con el tema.

 


“El Feminismo Ferrocarrilero” o un simple término institucionalizado

En agosto de 1931, se publicó en la revista Ferronales, una nota de la redacción titulada A las damas ferrocarrileras en la que se informaba a los lectores sobre la intención de “dar a la publicidad datos e informes relativos a las honorables y simpáticas damas que prestan sus servicios en estos ferrocarriles”, y tres meses después se publicó otra nota con el título  Baltimore & Ohio,  en el que se daba a conocer que esa compañía ferrocarrilera establecida en los Estados Unidos, editaría un magazine y que era del interés de su editora asociada, la señorita Margarita Talbott Stevens, resaltar el trabajo de la mujer ferrocarrilera mexicana. Así nació la idea de convocar al personal de Ferrocarriles Nacionales de México para participar enviando información que pudiera ser utilidad, previa autorización de las mujeres rieleras, como contenido de la nueva sección “El Feminismo Ferrocarrilero”.

La sección fue diseñada para acoger información biográfica e imágenes de las mujeres que trabajaban en las distintas áreas de los Nacionales. La primera vez que se publicó fue en febrero de 1932 y en ella sólo se incluyó la imagen de ocho taquígrafas que prestaban sus servicios en las Oficinas de Colonia y Departamento de Express.  Fue hasta julio de ese mismo año que apareció en la sección el nombre de María del Carmen González, telegrafista en la Estación Hipólito, Coah., quien había ingresado en octubre de 1921, en la División Monterrey al Golfo.

De febrero de 1932 a mayo de 1937 se recibieron 41 biografías e imágenes de mujeres trabajadoras, de ellas seis ingresaron a la empresa en 1916: Amanda Monsalve, María Débora Orozco y Ana María Lamicq, taquimecanógrafas; María Gaitán y Raquel Riquelme, mecanógrafa y Elena Isunza taquígrafa; una en 1917, María de la Luz Salcedo, enfermera; cuatro en 1918: Elena López Herfter, secretaria, Elena Padilla Graves, estenógrafa, Julia Gómez Anaya, taquígrafa, Ana María Salcedo, enfermera; una en 1920,  Consuelo Jáuregui, taquígrafa, sólo por mencionar a las que registraron mayor tiempo de antigüedad.

 
Sofía Salcedo. Revista Ferronales, t. III, núm. 2, febrero de 1934, p. 15

 

Es importante destacar que la mayoría de las biografías que se recibieron fueron de mujeres cuyo centro de trabajo se localizó, principalmente, en la Ciudad de México y Saltillo, con 30 y 9 biografías, respectivamente. Por eso no es extraño que en marzo de 1933, los editores de la revista, dada la poca respuesta del personal del gremio, publicaron la nota El Feminismo ferrocarrilero, en el que reiteraban su invitación a que enviarán fotografías de las señoritas empleadas en FNM al tiempo que hacían un reconocimiento al señor Vicente Flores A., del Departamento Mecánico en Saltillo, Coah, por su colaboración que a la letra decía “Uno de los más activos y empeñosos corresponsales de esta revista, y de lo que se habrán dado cuenta nuestros lectores y compañeros dada la frecuencia con que se publican las fotografías de las señoritas de los departamentos de estos ferrocarriles en esa región”.

 

 

 

[1] Revista Ferronales, t. 2, No. 8, agosto de 1931, p. 7 

 

 * Artículo Publicado por Mirada Ferroviaria Revista Digital, versión digital completa disponible en: 

Mirada Ferroviaria 32- Enero-Abril 2018