A pesar de que
en el siglo XIX el acto de viajar no se consideraba un acto
propio de las mujeres, éstas rompieron los convencionalismos
e hicieron suyos los espacios ferroviarios. El relato
histórico no ha dejado muchos testimonios de esta presencia,
sin embargo, las imágenes y las fuentes literarias nos
permiten visibilizar a las mujeres que desde los inicios del
ferrocarril hasta hoy hicieron del tren una habitación
propia.
Esta exposición está dividida en dos partes, en la primera
se ofrecen algunas pinceladas sobre el acto cotidiano del
viaje, los espacios, los preparativos, los escollos y las
ventajas de viajar en tren. Para ilustrar este recorrido se
han seleccionado algunas imágenes de las colecciones
fotográficas que se conservan en la Fototeca del Archivo
Histórico Ferroviario y del Museo del Ferrocarril de Madrid.
En la segunda parte se refleja la presencia de las viajeras
a través de una mirada artística y literaria, para ello se
ha seleccionado una muestra de las fotografías presentadas
al concurso fotográfico Caminos de Hierro por algunas
fotógrafas. Las imágenes se acompañan con una selección de
textos en las que algunas de las escritoras españolas más
conocidas del siglo XIX, Emilia Pardo Bazán, Carmen de
Burgos o Concha Espina, entre otras, testimoniaron sus
viajes en tren por nuestro país y por el extranjero.
Son muchas las cuestiones que hay que tener en cuenta para analizar el fenómeno viajero desde una perspectiva histórica y de género. Hasta el s. XX las mujeres estaban relegadas al ámbito doméstico, sin embargo, algunas de ellas rompieron estas barreras entre lo doméstico y lo público en numerosas ocasiones, como ocurrió en el caso de las viajeras. La aparición del ferrocarril permitió la movilidad colectiva y fueron muchas las que utilizaron el tren para viajar, algunas eran migrantes, otras lo hicieron por temas laborales, otras viajaban por cuestiones de salud y muchas por ocio.
Un tema fundamental es la dificultad para encontrar las fuentes que testimonien que las mujeres fueron viajeras en tren. Las compañías ferroviarias no llevaban un registro nominativo de pasajeros y, por tanto, es difícil tener datos cuantitativos. Una fuente para abordar la cuestión son los relatos o diarios de viaje escritos por mujeres. El número de mujeres que escriben relatos de sus viajes es mucho menor que el de los hombres y, además, no eran publicados. Muchos están escritos en forma de cartas y de diarios, y tienen, por tanto, una distribución interna.
Este hecho hace que los relatos y escritos de las mujeres, al menos hasta el siglo XIX, condenen a la invisibilidad a las viajeras porque no será hasta la contemporaneidad cuando se dediquen a este campo literario. Cuando se publicaban muchas lo firmaban con pseudónimos. Y, en todo caso, hay que advertir que las pocas pinceladas que tenemos sobre su presencia como viajeras del tren se reducen a las escritoras de la clase alta. El relato está incompleto.
Reservado para señoras
En los inicios del ferrocarril, las mujeres que viajaban sin compañía masculina sólo podían hacerlo en los espacios reservados para ellas si no querían asumir los posibles riesgos que podía acarrear no seguir esta norma. Las compañías ferroviarias hicieron distinción de género en los espacios de viaje, en el Reino Unido, en 1845, se introdujeron los compartimentos exclusivos para mujeres, algo que perdurará durante todo el siglo XIX. Sin embargo, parece que estos espacios no tuvieron mucha aceptación. En 1888 la Compañía Great Western Railways provisionó 1.000 asientos reservados para mujeres y sólo se usaron 248.
En España, tal como se reseña en la Guía de horarios de ferrocarriles del año 1903, también existieron estos compartimentos reservados, en cuya puerta figuraría el tarjetón de «Reservado de Señoras». Este departamento se habilitaría en todos los trenes que dispusieran de coches de 1ª clase. Tal era la privacidad de este departamento que ni siquiera los interventores podían acceder a él, a no ser que fuera por petición de auxilio de las interesadas o ante una incidencia importante. Como remate, un curioso punto, en letra pequeña se indicaba que no se consideraría “mujer sola” a aquella que viajara con niños mayores de tres años (con esa edad ya se pagaba también medio billete).
El estatus económico daba más posibilidades de viajar en reservados que no fueran específicos para mujeres, ya que todas las compañías ofrecían un abanico de posibilidades para viajar con mayor confort y menos compañeros de viaje en coches y asientos de lujo. Entre las opciones se encontraban las berlinas-camas, las camas-tocadores, coches-salones y coches tocadores-camas, el alquiler de compartimentos ordinarios completos o asientos de butaca cama. Todas estas posibilidades se ofrecían en el año 1903 a los viajeros que pudieran adquirir billetes de 1ª clase con recargo y pago de cantidades extras.
En la Conferencia Ferroviaria que se celebró en el año 1905, dos ponentes, Mariano Belmes y Constantino Rodríguez, señalaron las extremadas diferencias que existían en las categorías de los coches de viajeros. Se quejaron de la existencia de trenes que sólo llevaban coches de 1ª clase y que fueran más rápidos. Los viajeros defendían que la diferencia de la categoría del billete debía afectar sólo a la comodidad del viaje, pero no a la velocidad del mismo. Aunque esto fuese así para los trenes de lujo, no debería afectar a los expresos. También sugerían que era inhumano que los coches de 2ª y 3ª clase carecieran de calefacción, ventilación y cortinas, y que, por consiguiente, los viajeros se helaran en invierno y se asfixiaran en verano.
Los ponentes se hicieron eco de las diferencias sociales que generaba el hecho de que sólo los coches de 1ª clase tuvieran reservados de señora: “es inhumano también que la mujer sin recursos, que al fin y al cabo no por carecer de ellos deja de ser mujer, no pueda tener, como la adinerada, un compartimento que, aunque no sea cómodo pueda estar en el libremente, correspondiendo así a las necesidades propias de su sexo”.
Estos reservados no eran seguros al cien por cien y la prensa de la época se hizo eco de algunos asaltos sufridos por viajeras en estos reservados. En la Gaceta de los Caminos de Hierro del 3 de octubre de 1869 se narraba, por ejemplo, un asalto ocurrido en un reservado de señoras de un tren correo: las viajeras aseguraron la puerta “atando uno a otro los tirantes de los cristales de ambas portezuelas con la correa que sirve ordinariamente para liar las mantas de viaje. Aunque es más sencillo y seguro que las empresas provean los carruajes reservados de pestillos interiores, creemos hacer un servicio a las viajeras poniéndolas en guardia contra tan inoportunas visitas nocturnas…”.
El tren, un espacio público
Aunque en los orígenes el espacio del tren era todo uno, con zonas segmentadas por tipo de billete, a partir de la década de 1860 se generalizaría la división de los convoyes de trenes en varias clases de coches de viajeros, 1ª, 2ª y 3ª. La división del espacio de los trenes creará una jerarquía en la que la diferenciación vendrá dada, especialmente, por el confort en el interior del coche.
Uno de los aspectos que limitaron la presencia de las mujeres en los viajes en tren, especialmente en los de largo recorrido, es que los espacios de viaje eran espacios libres en los que los viajeros podían contactar entre ellos. Por tanto, las mujeres viajeras podían mantener, sin ningún impedimento, una relación directa con sus compañeros masculinos de viaje y esto chocaba con las costumbres de la sociedad patriarcal del siglo XIX.
Hasta las primeras décadas del siglo XX, las mujeres de clase alta viajaron en los espacios reservados según su género y clase social, y, sólo en los espacios comunes, como los coches restaurante o los coches salón, se relacionaban con el resto de los pasajeros.
Convencionalismos morales y viajeras
La estrecha regulación de la feminidad que el discurso oficial burgués occidental asentó en el siglo XIX, hizo que pronto, se manifestara la resistencia a que las mujeres accedieran a ese mundo de placer y erotismo que proporcionaba el viajar. Pero los viajes sirvieron de liberación para estas mujeres, aunque sus contemporáneos los consideraban como inusuales e inadecuados para las mujeres, ya que su lugar natural era el hogar, en lo privado, en su casa.
Los trenes eran considerados espacios públicos, por ello surgieron libros en los que se recogían algunas notas de protocolo en el viaje. Eran manuales en los que se explicaba, por ejemplo, qué ropa había que llevar para el viaje, cómo hacer un equipaje o qué papel tenían que ejercer las mujeres durante el viaje. Esto generó una abundante bibliografía, y llenó muchas páginas de revistas de moda.
Estos libros recomendaban las reglas de cortesía que debían seguir con el resto de los viajeros. Esto indicaba la fuerte influencia que la clase social tenía en los compartimentos durante el viaje y servía para mostrar una conducta adecuada que era muestra, en definitiva, del estatus social de esas viajeras.
En la sociedad victoriana el papel de la mujer era importante en cuanto a la etiqueta. En sus hogares eran responsables de organizar actos sociales y se esperaba que ellas tuvieran ese mismo papel cuando viajaban a bordo de un tren; se consideraba como una obligación el hecho de socializar con sus compañeros de viaje, especialmente en trayectos largos.
Se ponía especial atención a los encuentros entre hombres y mujeres para extremar el cuidado en las normas de la moralidad y guardar las normas en relación con el flirteo y los romances. Las normas establecían que las mujeres no debían mostrar un comportamiento demasiado familiar con hombres desconocidos, mientras para ellos no se establecía norma alguna. Sin embargo, si viajaban acompañadas por un hombre debían tener un comportamiento familiar.
En los siglos XIX-XX hubo una percepción de los viajes en tren como un espacio para los romances y el problema que esto suponía para algunas mujeres a la hora de viajar. La literatura ayudó a dar esta imagen del viaje como un tiempo/espacio de romance. Las compañías no dejaron escapar esta oportunidad para su publicidad, y, así, las mujeres “guapas” y “elegantes” se convirtieron en un reclamo para la oferta de viajes. Los espacios ofrecían una oportunidad para romper los convencionalismos y encontrarse con pasajeros de todas las clases sociales.
La literatura también utilizó el ambiente de los trenes como escenario para los relatos en los que este espacio se convertía en un lugar de peligro sexual y psicológico para las mujeres. La oscuridad del paisaje o los túneles facilitaban que las mujeres fueran víctimas de ataques y robos. La prensa contribuyó con noticias sensacionalistas a difundir esta creencia. En The Times aparecieron noticias sobre estos ataques.
La creencia en la amenaza de la violencia física y sexual que el espacio público suponía para las mujeres que usaban los transportes, tanto en pequeños desplazamientos, como en los viajes largos, privaron a muchas de ellas de la posibilidad de viajar en tren.
* Artículo publicado por la Fundación de los Ferrocarriles Españoles. Versión digital obtenida de: ¡Viajeras al tren!
Créditos:
Textos y documentación: Ana Cabanes, Lydia Díaz, Raquel
Letón y Leticia Martínez
Diseño Web: Jose Mariano Rodríguez
Imágenes: Archivo Histórico Ferroviario, Museo del
Ferrocarril de Madrid, Caminos de Hierro
Bibliografía: Biblioteca Ferroviaria. Museo del Ferrocarril
de Madrid

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