Por Carla Ruth Terán Pacheco, José Luis Alfonso Rogel Figueroa y Erik Rogel Terán
Integrantes de la Red Vecinal de Narradoras y Narradores Orales Guardianes del Patrimonio de la zona de La Villa.

Nací, hace ya algunos años, en contraesquina de la Basílica de Guadalupe cuando era una zona habitacional dónde las familias y los vecinos se conocían. Era una colonia tranquila y agradable con cierto sabor pueblerino, con movimiento importante de comercio pues bajaban a la Villa de Zacatenco, Ticomán, Santa Isabel Tola, Carrera, Cuautepec, San Juanico, Santa Clara, entre otros a vender sus productos y al mismo tiempo a abastecerse de mercancías.
Esta zona cobraba una vida inusual cerca ya de octubre cuando las fábricas, las empresas, las tiendas grandes y pequeñas venían en peregrinación a saludar a la Virgen y entonces, si tenías que cruzar Calzada de Guadalupe, había que tener suerte y tiempo porque eran peregrinaciones muy largas y muchas, así que conforme transcurrían los días, eran mas frecuentes los bloqueos y ni qué decir cuando era diciembre ya que la gente ocupaba las calles como dormitorio o enfermería, porque eran muchos los peregrinos que desde Peralvillo llegaban de rodillas a la Basílica.
Recuerdo con nostalgia mi infancia en las rejas del hermoso y largo portal al frente de la antigua Basiílica donde a través de su herrería me escabullía a la explanada. Este largo y gran portal daba techo a infinidad de peregrinos que pernoctaban allí.
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La primera vez que fui a la Villa de
Guadalupe fue en tranvía. Lo abordamos mi tío Cuberto Pérez, hijo de mi tía
Helena, hermana de mi abuelita Rutila, lo tomamos en la estación de el Zócalo y
llegamos a lo que actualmente es el Colegio Las Rosas y después subimos al cerrito
por el lado del Pocito, en este templo fue donde pasó José María Morelos y
Pavón rumbo al municipio de Ecatepec, dónde fue fusilado por las tropas del
Virrey Calleja y desde entonces el Municipio se llama Ecatepec de Morelos del Estado
de México, en los Estados Unidos Mexicanos.
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Nacido a principio de los años ochentas, me tocó conocer una Villa de Guadalupe muy diferente a la que me contaban mis padres, lejos han quedado los años en que la Villa era un pueblito, una comunidad al norte de la Ciudad de México al que se llegaba en tranvía desde el Zócalo; conocida a nivel internacional por la famosa Basílica construida en honor a la Virgen de Guadalupe, rodeada de amplios terrenos y ex-haciendas. La modernidad civilizadora cobró su cuota y el barrio de la Villa de Guadalupe fue absorbido, al igual que muchas otras comunidades, por la mancha urbana que creció en forma desmedida como consecuencia de la explosión demográfica.
Me tocó ser testigo del abandono urbano que se produjo como consecuencia de las crisis económicas de los ochentas y las políticas neoliberales. En ese contexto recuerdo que gracias a la visita de Juan Pablo II a México en 1991 se hizo un plan para intervenir la calzada de Guadalupe y Misterios desde Peralvillo hasta la Basílica, hoy gozamos de un bello camellón que antes llegaba hasta Fray Juan de Zumárraga pero que posteriormente fue intervenido para quitarlo y ampliar la zona peatonal hasta la calle de Malintzin. Recuerdo que me disgustó el plan ya que talaron todos los árboles que tenían por lo menos 20 años de vida, aunque sembraron unos arbolitos mas, son pocos y tendrán que pasar muchos años para que crezcan grandes y frondosos.
Son muchas personas las que acuden a ver la imagen de la Virgen, todos con un motivo y siempre me causó curiosidad y asombro la fé de los peregrinos de todas partes de México. El agradecimiento, una plegaria, gente que llega de rodillas, gente que viene a pedir un milagro, gente que hizo una manda, gente que viene a llorar a un ser querido a dejarle una veladora, para que la Virgen lo cuide, al verlo se puede creer no en el milagro de Guadalupe.



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