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En la Calle Garrido, vivió una Cachucha.

Por Zyanya N. Mejía Nambo

Integrante de la Red Vecinal de Narradoras y Narradores Orales Guardianes del Patrimonio de la zona de La Villa.

Dibujo atribuido a Miguel N. Lira. Muestra la nuca de Carmen Jaime Álvarez, otra de las compañeras en la Escuela Nacional Preparatoria.

He recorrido muchas veces la calle de Garrido, desde el muro de piedra lleno de estanquillos de comida, pasando por las innumerables tiendas de materias primas, la vista lateral de la Basílica de Guadalupe, la otrora Casa de Cultura hasta que entronca con Francisco Novoa.

Una y otra vez he imaginado a Carmen Jaime Álvarez caminando la misma vereda. Me veo andando tras ella, me fijo en su nuca enmarcada con un sombrero extraño y un vestido que pareciera estar del revés. Asoman, apenas, unos cabellos cortos de longitud y largos en significado. Fabulo cómo serían esos espacios cuando ella los recorría diariamente para ir a la Escuela Nacional Preparatoria.

Por aquel entonces poco mas de treinta mujeres asistían al nivel medio superior de la Universidad Nacional que aún no era Autónoma. Carmen Jaime Álvarez era una de ellas. Formaba parte del grupo de jóvenes que se denominaban “Lo Cachuchas” por llevar sombreros informales en lugar de los elegantes tocados que exigía la etiqueta escolar. El mismo grupo de rebeldes al que pertenecía Frida Khalo, allá en los años veinte.

Cierto es que en aquellos tiempos se popularizó un corte de cabello diminuto a modo de rebeldía y resignificación de la femineidad. Y también es cierto que Carmen fue activista en favor de lo que consideraba justo, vestía de negro, leía y compartía filosofía de grandes pensadores y los estudiosos; dicen que incluso fue una gran influencia para Frida en su pensar comunista.

Les llamaban “Las Pelonas”, a Frida, a Carmen y a las que se habían cortado los cabellos para lucir “a la garzón”. Les arrojaban agua sucia, las insultaban, las golpeaban…quién sabe si por ser mujeres o por no ser las mujeres que ellos querían que fueran.


Mujeres con el corte de cabello "a la garzón" que se puso de moda en los años veinte. Fotografía tomada de https://meowmag.mx/


Hay pocos datos de Carmen; cuentan algunos compañeros de clase que era callada, que caminaba como si se deslizara, que pintaba sus ojos de negro, que le gustaba patinar, que pocas veces sonreía, que su semblante era taciturno, que su madre era maestra y que vivían los alrededores de la Villa de Guadalupe.

Un viejo mapa y un antiguo directorio de alumnos de la Preparatoria confirman que vivió en la calle de Garrido, muy cerca donde hoy se encuentra el Museo de los Ferrocarrileros. Se anota que había, en dicha calle, una serie de edificios de renta modesta de donde salía todas las mañanas para ir a la escuela.

Cuentan que fue a pocas cuadras de su casa, en donde se estacionaban los tranvías, que un grupo de jóvenes la arrastraron a un vagón y en minutos que parecieron horas, le quitaron el brillo de los ojos, que le mordieron la nuca, le desnudaron el alma, la dejaron vacía….muerta en vida antes de cumplir los veinte.

Fragmento del archivo Carmen Jaime Álvarez: dignidad, antes que decoro, de Gabriela Contreras Pérez, Profesora investigadora de la UAM-X.


Lo valiente es que no permitió que esa muerte le durara demasiado. El brillo que le fue robado en la mirada se transformó en furia ardiente, en digna rabia que exigió en tantas luchas el derecho a Ser. Peleó por la Autonomía de la Universidad, por los obreros, por el campo mexicano y sobre todo por las mujeres.

Algunos dicen que decidió tener una vida tranquila sin destacar como abogada litigante, sin embargo, el tiempo le está dando las glorias que merece y se están reconociendo, de a poco, sus valiosos aportes en las leyes contra la violencia de género.

Por lo pronto, cada vez que camino por la calle de Garrido, la imagino caminando delante de mí, pongo atención a su nuca, que no aceptó trenza que la sometiera. No conozco su rostro, nunca he visto una foto de ella, pero me consuela mirarla en mi imaginación; determinada a no volver la vista atrás.


Si Adelita (los Cachuchas), cuadro desaparecido de Frida Khalo, este es fotografía del boceto, en la parte inferior izquierda puede verse la repetición del dibujo atribuido a Miguel N. Lira de la nuca de Carmen Jaime.

Memorias de la Villa de Guadalupe a tres voces...

 Por Carla Ruth Terán Pacheco, José Luis Alfonso Rogel Figueroa y Erik Rogel Terán

Integrantes de la Red Vecinal de Narradoras y Narradores Orales Guardianes del Patrimonio de la zona de La Villa.

Vida cotidiana alrededor del Pocito, en la Villa de Guadalupe, en los años sesenta.Foto obtenida de Gustavo A. Madero en el tiempo.

Nací, hace ya algunos años, en contraesquina de la Basílica de Guadalupe cuando era una zona habitacional dónde las familias y los vecinos se conocían. Era una colonia tranquila y agradable con cierto sabor pueblerino, con movimiento importante de comercio pues bajaban a la Villa de Zacatenco, Ticomán, Santa Isabel Tola, Carrera, Cuautepec, San Juanico, Santa Clara, entre otros a vender sus productos y al mismo tiempo a abastecerse de mercancías.

Esta zona cobraba una vida inusual cerca ya de octubre cuando las fábricas, las empresas, las tiendas grandes y pequeñas venían en peregrinación a saludar a la Virgen y entonces, si tenías que cruzar Calzada de Guadalupe, había que tener suerte y tiempo porque eran peregrinaciones muy largas y muchas, así que conforme transcurrían los días, eran mas frecuentes los bloqueos y ni qué decir cuando era diciembre ya que la gente ocupaba las calles como dormitorio o enfermería, porque eran muchos los peregrinos que desde Peralvillo llegaban de rodillas a la Basílica.

Recuerdo con nostalgia mi infancia en las rejas del hermoso y largo portal al frente de la antigua Basiílica donde a través de su herrería me escabullía a la explanada. Este largo y gran portal daba techo a infinidad de peregrinos que pernoctaban allí.

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La primera vez que fui a la Villa de Guadalupe fue en tranvía. Lo abordamos mi tío Cuberto Pérez, hijo de mi tía Helena, hermana de mi abuelita Rutila, lo tomamos en la estación de el Zócalo y llegamos a lo que actualmente es el Colegio Las Rosas y después subimos al cerrito por el lado del Pocito, en este templo fue donde pasó José María Morelos y Pavón rumbo al municipio de Ecatepec, dónde fue fusilado por las tropas del Virrey Calleja y desde entonces el Municipio se llama Ecatepec de Morelos del Estado de México, en los Estados Unidos Mexicanos.


Tranvías en una de las estaciones; la de la Basílica de Guadalupe, justo enfrente de la iglesia. Foto tomada del perfil de Facebook El Mundo de los Trolebuses.


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Nacido a principio de los años ochentas, me tocó conocer una Villa de Guadalupe muy diferente a la que me contaban mis padres, lejos han quedado los años en que la Villa era un pueblito, una comunidad al norte de la Ciudad de México al que se llegaba en tranvía desde el Zócalo; conocida a nivel internacional por la famosa Basílica construida en honor a la Virgen de Guadalupe, rodeada de amplios terrenos y ex-haciendas. La modernidad civilizadora cobró su cuota y el barrio de la Villa de Guadalupe fue absorbido, al igual que muchas otras comunidades, por la mancha urbana que creció en forma desmedida como consecuencia de la explosión demográfica.

Cine La Villa en 1980, se ubicaba en Juventino Rosas y Calzada de Guadalupe. Hoy es un lote vacío.

Me tocó ser testigo del abandono urbano que se produjo como consecuencia de las crisis económicas de los ochentas y las políticas neoliberales. En ese contexto recuerdo que gracias a la visita de Juan Pablo II a México en 1991 se hizo un plan para intervenir la calzada de Guadalupe y Misterios desde Peralvillo hasta la Basílica, hoy gozamos de un bello camellón que antes llegaba hasta Fray Juan de Zumárraga pero que posteriormente fue intervenido para quitarlo y ampliar la zona peatonal hasta la calle de Malintzin. Recuerdo que me disgustó el plan ya que talaron todos los árboles que tenían por lo menos 20 años de vida, aunque sembraron unos arbolitos mas, son pocos y tendrán que pasar muchos años para que crezcan grandes y frondosos.

Son muchas personas las que acuden a ver la imagen de la Virgen, todos con un motivo y siempre me causó curiosidad y asombro la fé de los peregrinos de todas partes de México. El agradecimiento, una plegaria, gente que llega de rodillas, gente que viene a pedir un milagro, gente que hizo una manda, gente que viene a llorar a un ser querido a dejarle una veladora, para que la Virgen lo cuide, al verlo se puede creer no en el milagro de Guadalupe.


"La Nueva Basílica" y sus alrededores en 1984. Foto tomada de la página de Facebook de Gustavo A. Madero en el Tiempo.



Santa Isabel Tola

 Por Olga Lidia Gutiérrez García

Integrante de la Red Vecinal de Narradoras y Narradores Orales Guardianes del Patrimonio de la zona de La Villa.

 
Vista aérea del Gran Acueducto de Guadalupe en Santa Isabel Tola. Imagen tomada de Mexico en Fotos. 

Imagínate que estás caminando por las tranquilas calles de Santa Isabel Tola, un pueblo que aún conserva ese aire de antaño a pesar de estar inmerso en la vorágine de la Ciudad de México. Al levantar la vista, te encuentras con la imponente presencia del Acueducto de Guadalupe, una majestuosa obra de ingeniería colonial que serpentea a través del paisaje. Sus arcos de piedra, testigos silenciosos del paso del tiempo, te transportan a una época donde la necesidad de agua era vital y su conducción; una proeza

Mientras contemplas esta maravilla arquitectónica, es inevitable recordar que estas tierras fueron habitadas mucho antes de la llegada de los españoles. Santa Isabel Tola fue un asentamiento importante para diversas tribus prehispánicas, cuyo legado aún palpita bajo el asfalto y en la memoria de sus habitantes.

Se dice que estas comunidades originarias ya aprovechaban los recursos hídricos de la zona, aunque de una manera muy distinta. Sus conocimientos ancestrales sobre la tierra y el agua fueron, sin duda, un antecedente para la construcción del acueducto siglos después

La construcción del Acueducto de Guadalupe, iniciado en el siglo XVIl, no sólo representó una solución crucial para el abastecimiento de agua a la Villa de Guadalupe y sus alrededores, sino que también se convirtió en un símbolo de la conexión entre las distintas comunidades de la zona. 

Otra panorámica del Acueducto de Guadalupe. Imagen tomada de México en Fotos. 

Y hablando de monumentos que nos conectan con el pasado, no podemos olvidar la cercanía de Santa Isabel Tola con la zona donde se erigen los emblemáticos Indios Verdes. Aunque técnicamente no están dentro del pueblo, su presencia imponente en la entrada norte de la ciudad nos recuerda la resistencia y la historia de las culturas prehispánicas. Los nombres de Ixcóatl y Ahuizot, los tlatoanis representados en estas esculturas, resuenan con la memoria de un pasado glorioso que también influyó en la identidad de lugares como Santa Isabel Tola. Es como si estos guardianes de bronce vigilaran el legado ancestral que aún vive en Ios pueblos aledaños.

Así, Santa Isabel Tola se erige como un lugar donde el pasado y el presente se entrelazan de manera fascinante. Sus raíces prehispánicas, la majestuosidad del Acueducto de Guadalupe y la cercanía de monumentos como los Indios Verdes nos hablan de una historia rica y profunda, un legado que sus habitantes llevan con orgullo en el corazón de la gran metrópoli.

 

as esculturas de los Indios Verdes, situadas en el cruce de la Carretera a Laredo, hoy Insurgentes Norte, y el Acueducto de Guadalupe, a mediados de los cuarenta. En 1937 fueron trasladadas del Paseo de la Viga a este sitio, donde permanecieron hasta que se construyó la ampliación de la línea 3 del Metro en 1979. Detrás se aprecia el pueblo de Santa Isabel Tola.  

 

El paisaje de la escalera

 Por Sofía Benítez Villalobos

Peñascos del Cerro de Atzacoalco, pintura de José María Velasco de 1876. Tomada de Wikiart. 

Muchas veces cuando subía al segundo piso en la casa de mis abuelos, sobre la pared de aquella escalera, me llenaba de curiosidad aquel cuadro con colores brillantes; cafés, amarillos, naranjas y alguno que otro verde. Enmarcado en un lustroso marco de oro, se representaba un paisaje majestuoso, intrigante de montañas, montes, agua, y algo que parecía un muro. 

En algunas ocasiones, me tomaba unos segundos para contemplar aquella pintura. Sabía de este cuadro, por las firmas y datos en una esquina, que fue creado por el pintor José María Velasco 1 en 1876. Seguramente así era el antiguo paisaje del Valle de México.  Contemplarlo me trasladaba a otra época, en donde me imaginaba la brisa fresca, el sonido de las hojas, y el transitar de extraños a lo lejos de aquella misteriosa construcción. 

 Un día, mi curiosidad por esta pintura por poco provoca un accidente. Mi abuela, que para mí es una persona sabia de cabello blanco y sonrisa encantadora, exclamó con su dulce pero fuerte tono de voz:  

—¿Querida mía, pero qué haces frente al cuadro? ¡casi haces que me caiga del susto! —giré lentamente, y con risa nerviosa contesté:  

—Nada, sólo lo veo —con curiosidad por mis palabras, mi abuela, subió las escaleras y dijo: 

—¿Te gusta? Es un hermoso paisaje, con sus montañas, montes y el acueducto —rápidamente, volteé a mirarla directo a los ojos con cara de sorpresa.  

—¡Acueducto!, a mí me parecía un muro… —con una sonrisa pícara respondió:  

—¡Sí!, ahí nos conocimos el abuelo y yo, por eso compré este cuadro, réplica del original. En la escuela te deben haber explicado que el paisaje mexiquense se cimienta sobre un antiguo lago, el lago de Texcoco. A pesar de tanta agua, la ciudad siempre ha tenido graves problemas para traer el agua dulce hacía varias regiones, para eso se construyeron los acueductos. Hasta donde he visto, se trata de estructuras de piedra labradas que acarreaban de zonas lejanas el agua hacia la ciudad. Me imagino que su construcción requería de la comprensión del paisaje y de la aplicación de muchos conocimientos para resolver cómo hacer fluir el agua hacia la ciudad. Debe ser un problema muy complejo y por eso dicen que los acueductos son ejemplos notables de los avances científicos y tecnológicos de aquella época. —Hizo una pausa y acercándose a la pintura señaló:  

—Observa bien, esto de aquí son los arcos del Acueducto de Guadalupe, que es muy antiguo —añadí que por lo menos debía ser de antes de la pintura y le señalé el año que aparecía en la esquina del cuadro.  

Arcos del Acueducto de Guadalupe en la zona de Santa Isabel Tola. 

 Mi abuela, que para todo recurre a las enciclopedias que lee con afición después de haberlas comprado con tanto esfuerzo para sus hijos, bajó rápidamente a buscar más información en uno de los tomos de historia de México. Volvió al poco rato con un tomo en la mano y me mostró:  

—Mira, aquí dice que este gran inmueble de ingeniería hidráulica de la época novohispana fue construido de 1743 a 17512 con 10 km totales; 3 de manera subterránea en el Estado de México y 7 al exterior en la ciudad. En él se acarreaba el agua del río Tlalnepantla desde el poblado de Santa María, Estado de México, hasta la Antigua Villa de Guadalupe, en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, y a lo largo de su construcción, este inmueble además de jugar un importante papel para el abastecimiento de agua, representó para muchos un lugar de esparcimiento, diversión, devoción y hasta un hogar. Dice aquí que todavía existen algunos cimientos que son testimonio histórico de este acueducto, por lo que siguen formando parte del paisaje de esta enorme ciudad y que están ubicados en la Gustavo A. Madero, que es la alcaldía donde vive tu tía Reinita, de hecho, están muy cerca de su casa. ¡Imagínate! Tu abuelo y yo, ya no lo conocimos completo, únicamente algunos de sus tramos. Además, el paisaje que muestra la pintura ha cambiado mucho con el paso de los años. Espera un momento, creo que tengo unas fotografías antiguas para que las veas.  

La abuela dejó esta interesante conversación y subió ahora hacia su habitación donde tenía un baúl de madera con ese olor tan peculiar que en cuanto se abría, sabías que algo interesante o gracioso te iba a contar. Unos minutos después, regresó, esta vez con varias fotografías en la mano, la mayoría en blanco y negro.  

Me las fue mostrando en orden cronológico y de todas ellas, me detuve especialmente en dos que me llamaron la atención: la primera, fue una fotografía de mi abuelo en traje de charro, detrás de él se lograba ver el acueducto con sus arcos y un área verde, abarcando una extensión que llegaba hasta el cerro, y otra foto donde se veía el Acueducto de Guadalupe en el fondo.

Mi abuelo y ella se conocieron justo enfrente de ese lugar, en donde antiguamente se hacían carreras de caballos y se mostraban las suertes charras a un costado del acueducto. Fue en uno de esos eventos cuando le presentaron a mi abuelo, que vestía un espléndido traje de charro, del que después supo que era el traje de gala. En la segunda fotografía que llamó mi atención, ya se veían muchísimas construcciones urbanas alrededor, que con el paso del tiempo hay cada vez más y más hasta llegar al punto que en las demás fotos ya no supe distinguir de manera clara ni el acueducto, ni aquel paisaje de montañas que yo estaba acostumbrada a ver en aquella pintura colgada junto a las escaleras de la casa de mis abuelitos.  

 Mi abuela debió notar mi inquietud porque volteó a verme y preguntó: 

—¿Te diste cuenta lo mucho que ha cambiado la ciudad? —le respondí que pareciera que el acueducto y el paisaje que lo rodeaba, la Sierra de Guadalupe, eran uno mismo y tenían una gran simbiosis.   

—Pues sí, —hizo una pausa y suspiró— ambos han cambiado mucho. ¡Uy! menos mal que el Acueducto de Guadalupe fue declarado monumento histórico el 7 de abril de 1932 —al ver mi cara de asombro por su buena memoria, agregó divertida:  

—… memoricé la fecha cuando mirábamos la enciclopedia.  

 Pasó entonces a decir que seguramente el crecimiento urbano hizo desaparecer el paisaje rural de la pintura y que eso también motivó que el Acueducto tuviera que adaptarse para otros usos que se fueron requiriendo en la ciudad. Recordó que incluso en un tiempo hubo pobladores que vivieron bajo el cobijo de sus arcos. A mí todo esto me hizo pensar que los procesos de transformación del Acueducto y el paisaje son el resultado de la simbiosis tan estrecha que existe entre ellos.  

 Sus palabras me sacaron de mis pensamientos cuando anunció:  

—¿Qué te parecería si mejor visitamos a tu tía el próximo fin de semana y de paso vamos a que conozcas el Acueducto de Guadalupe por ti misma? —su propuesta me tomó tan de sorpresa que di un gran salto de alegría y asentí con la cabeza, pero antes de darle un abrazo de felicidad, pregunté ingenuamente:  

—¿En verdad aún se conservan algunas partes como las que se ven en las fotografías? 

—No será igual —contestó con prudencia— pero si llevamos las fotografías podrás ver las semejanzas y diferencias, como una cantidad mayor de decoraciones o elementos nuevos como algunas fuentes, aunque no te desanimes si encontramos algunas zonas no tan conservadas y bonitas. Hace poco tu tía me comentó que están haciendo un nuevo proyecto de recuperación del acueducto3. Hablando de la tía, ¡hay que avisarle de nuestros planes!  

Mientras ella iba a la sala en busca del teléfono, yo rápidamente me dirigí a la cocina para invitar al abuelo a nuestro paseo del siguiente fin de semana.

Foto Reunión del Lienzo Charro. Archivo Lienzo Charro La Villa. 

 

Notas:

1. Para conocer de la obra del paisajista y naturalista José María Velasco visita su entrada.

2. La construcción de este acueducto terminó cuando el Conde de Revillagigedo era virrey de la Nueva España y fue inaugurado por él en marzo de 1751. Además de abastecer de agua a españoles e indígenas, uno de los factores que concretó la construcción de este acueducto fue la necesidad de dotar de agua al santuario de la Virgen de Guadalupe, lo cual muestra la importancia de las órdenes religiosas en esa época. Puedes visitar la entrada del Colegio de Santa Cruz Tlatelolco para conocer acerca de un proyecto educativo del virreinato impulsado por los franciscanos.

3. Para conocer más acerca del proyecto de recuperación del acueducto visita la página “Reto verde universitario”

  

Para saber más:

 

 

 

*Artículo originalmente publicado en: 

 https://patrimonio-cyt-cdmx.colmex.mx/

 

 

Pueblo de Santa Isabel Tola

Te dejamos tres videos para ampliar la información sobre el territorio de Santa Isabel Tola. En los Recorridos de la Red de Narradoras y narradores orales Guardianes del Patrimonio estaremos haciendo un recorrido en próximas fechas por lo que tendremos información mas sustentada, por lo pronto aquí el contexto:

 

 
 
 

 
 Video de Amigos del Parque El Tepeyac y de Tola A.C., Dirección de Alejandra Villar
 
 
 
 
 El programa Paseos Históricos Ciudad de México te lleva por lugares llenos de historia y cultura de nuestra capital. En esta ocasión nos invitan a conocer Santa Isabel Tola sin salir de casa. Para ver episodios pasados visita la sección de Originales Cultura en www.capitalculturalennuestracasa.cdmx.gob.mx

 


El Acueducto de Guadalupe

 
Arcos del Acueducto de Guadalupe en la Zona de Santa Isabel Tola, alrededor de 1930. 

El Acueducto de Guadalupe es una de las obras hidráulicas más representativas del periodo virreinal en la zona norte de la actual Ciudad de México, vinculado directamente con el abastecimiento de agua hacia el santuario de la Villa de Guadalupe.

Origen y función

El acueducto fue construido con el objetivo de conducir agua potable desde manantiales ubicados en la zona de Tlalnepantla hacia la entonces Villa de Guadalupe. Su función principal era abastecer tanto al santuario religioso como a la población asentada en sus alrededores, lo que evidencia la importancia del sitio como centro de peregrinación desde la época colonial.

Contexto histórico

La obra se desarrolló durante el periodo virreinal, en un momento en el que el crecimiento urbano y la relevancia religiosa de la Villa de Guadalupe hacían necesario garantizar el suministro constante de agua. El acueducto responde a las políticas de infraestructura hidráulica impulsadas por las autoridades coloniales para mejorar las condiciones de vida y fortalecer los centros urbanos y religiosos.

 

 
Uno de los remates del Acueducto de Guadalupe, que tenía varios ramales. Este se encuentra en las orillas del hoy Parque Edén del Mestizaje. 

 

Características arquitectónicas

El acueducto se caracteriza por su sistema de arcos de mampostería, construido principalmente con piedra y materiales propios de la región. Su diseño refleja las técnicas de ingeniería hidráulica de la época, que combinaban conocimientos europeos con adaptaciones locales. Además, a lo largo de su estructura se integraban elementos funcionales como cajas de agua y sistemas de distribución.

Transformaciones y deterioro

Con el paso del tiempo, el acueducto sufrió modificaciones, daños y pérdida de varios de sus tramos, como consecuencia del crecimiento urbano, el abandono y los cambios en los sistemas de abastecimiento de agua. Muchas secciones desaparecieron o quedaron integradas dentro de la traza urbana moderna.

Valor patrimonial

El Acueducto de Guadalupe es considerado un bien de gran valor histórico, arquitectónico y cultural, ya que representa una muestra significativa de la infraestructura hidráulica novohispana. Además, forma parte del paisaje histórico de la zona y está estrechamente ligado a la historia del culto guadalupano.

Importancia actual

Hoy en día, los restos del acueducto constituyen un testimonio del desarrollo urbano y tecnológico de la época colonial. Su conservación permite comprender mejor la forma en que se organizaban los sistemas de abastecimiento de agua y la importancia de la Villa de Guadalupe como centro religioso y social.

Boletín de Monumentos Históricos número 53. 

Este es un resumen muy escueto del texto de Martha Elena Ortiz Sánchez; 
La construcción del acueducto que llevaría agua al poblado del Santuario de Nuestra Señora Santa María de Guadalupe en el siglo XVIII, Publicado en 2021 en el Boletín de Monumentos Históricos Núm. 53, páginas 87-107.

Versión en línea puede consultarse en:

https://revistas.inah.gob.mx/index.php/boletinmonumentos 

 

 

Cumpliendo con lo prometido

Por Sergio Caballero

Integrante de la Red Vecinal de Narradoras y Narradores Orales Guardianes del Patrimonio de la zona de La Villa.

Quizá es una de las cosas que más recuerdo; que teniendo entre ocho y diez años, mi familia siempre fue muy devota de la Virgen de Guadalupe. Como cada año íbamos a verla, pero especialmente cuando querían agradecerle por algún milagro o intercesión a favor de la familia.

Para visitar la Basílica era toda una preparación, pues llegábamos a Indios Verdes y mi abuelita, mi tía y otro primo nos íbamos caminando hasta el hogar de la Santísima, recorríamos las calles de la GAM, veíamos sus decoraciones, fachadas, construcciones arquitectónicas, rostros nuevos amables, sus lugares de vida...sobre todo eso opinábamos, había comida, pláticas y risas, nos contábamos anécdotas de lo pasado el día anterior y chistes con mi primo.

 

 
Vista aérea del paradero de Indios Verdes en los años noventa. Se aprecian muchos camiones comúnmente llamados "somex" que en su mayoría venían del Estado de México. Hoy por hoy el paradero alberga varias lineas de metrobús, el cablebús y continúa con servicios hacia fuera de la CDMX.
 

 

El recorrido no era para nada cansado sino todo lo contrario, era enriquecedor y de mucha alegría. A mi abuelita nunca le gustaba salir tarde, por eso siempre salíamos al mundo exterior desde las siete de la mañana, pues vivíamos en el Estado de México. Tomábamos la micro hacia Indios Verdes y así comenzaba la aventura.

Cuando llegábamos la Villa, mi abue y mi tía se iban de rodillas hasta el altar de la Virgen, era muy simbólico, pues el amor que le tenían era mucho, yo nunca lo hice pero las acompañaba y si necesitaban algo, les ayudaba, ahora que he crecido lo veo como una muestras de amor muy sincera,humilde, así como de agradecimiento.

Una vez que terminábamos de escuchar la misa subíamos al cerro del Tepeyac o nos quedábamos a ver las otras iglesias; mi favorita siempre fue la Antigua Iglesia de la Virgen por su majestuosidad y porque ahí estaba San Charbel; un santo en quien mi familia creía mucho.

 

Es común ver la imagen de San Charbel lleno de listones. Se dice que la tradición comenzó en la Catedral Maronita de México cuando una feligresa dejó escrita su petición en un el listón que acaba de comprar para que el santo no la olvidara. 


Cuando salíamos de ese lugar, usualmente solíamos ir a la Comercial Mexicana a comprar despensa, un jugo Ades y nos quedábamos en el parque que está cerca de ahí.

Ahora me atrevería a decir que es uno de los recuerdos mas entrañables que tengo de mi familia paterna porque conforme fue pasando el tiempo dejaron de hacerlo, porque nos distanciamos. Es un bello recuerdo de lo que nos constituía como familia y cuando voy solo a pasear por esos lugares, el recuerdo emerge y me hace sentir bien.

 

Así se veía el Parque del Mestizaje, ubicado a un lado de lo que fue la Comercial Mexicana. Ahora dicho espacio fue modificado para ser Edén del Mestizaje y la comer dio paso a un Mega Soriana. 

 

El viaje de los Tlatoanis Mexicas

 
Logo de la estación terminal Indios Verdes. La silueta representa el contorno de las estatuas de los gobernantes mexicas Izcóatl y Ahuizotl. El nombre de "Indios Verdes" se usa para referirse a las dos estatuas de bronce que al oxidarse tomaron un tono verdoso.

 

Las emblemáticas esculturas conocidas como los Indios Verdes, ubicadas actualmente en el norte de la Ciudad de México, representan mucho más que un punto de referencia urbano: son un reflejo de la historia, las tensiones sociales y la identidad cultural del país.

De acuerdo con el contenido del blog, estas figuras de bronce fueron creadas a finales del siglo XIX con la intención de formar parte de la representación de México en una exposición internacional en París. Sin embargo, nunca llegaron a Europa debido a su tamaño y peso, por lo que permanecieron en territorio nacional. Las esculturas representan a dos importantes gobernantes mexicas, generalmente identificados como Itzcóatl y Ahuízotl, lo que les otorga un fuerte valor simbólico vinculado al pasado prehispánico.

Estatuas de los "Indios Verdes" cuando llegaron al norte de la Ciudad de México, custodiando la carretera a Nuevo Laredo 

 

Desde su origen, las piezas estuvieron rodeadas de polémica. Durante el Porfiriato, una época caracterizada por la admiración hacia lo europeo, las esculturas fueron rechazadas por ciertos sectores que las consideraban poco adecuadas para espacios como Paseo de la Reforma. Este rechazo evidenciaba una contradicción profunda: mientras se buscaba construir una identidad nacional, se relegaban las raíces indígenas que precisamente la sustentaban.

A lo largo de los años, las esculturas cambiaron de ubicación en diversas ocasiones, pasando por distintos puntos de la ciudad hasta establecerse finalmente en el Parque del Mestizaje. Este constante traslado les valió el calificativo de “indios nómadas” y reflejó tanto el crecimiento urbano como la falta de reconocimiento hacia estos monumentos en su momento.

Hay un alto porcentaje de mexicanos habremos olvidado los nombres de los emperadores (tlatoanis) aztecas, que por muchos años los supimos de memoria.  Por lo mismo el poder recordar las hazañas de Itzcóatl (o Izcóatl) nos resulta difícil y por lo mismo es necesario  consultar sobre esa gloriosa historia..
A Itzcóatl se le reconoce como el hombre que consolidó la autonomía mexicana. En unión de Netzahualcoyotl, rey poeta de Texcoco y Totoquihuatzin, señor de Tlacopan, forjaron la Triple Alianza, que implicó la unión de fuerzas para acabar con el señorío de Azcapotzalco, que les imponía muy severas cargas tributarias y militares.
El relieve mostrado es obra del escultor mexicano Jesús F. Contreras en 1888 y formó parte, junto con 11 más, de la representación de México en la Exposición Universal de 1889 en Paris. Actualmente se encuentra en el Jardín de la Triple Alianza, en el interior del Museo del Ejército, en Filomeno Mata esquina con Tacuba, Ciudad de México. Allí se exhiben 4 de los relieves mencionados y los otros 8 están en Aguascalientes.  Don Jesús F. Contreras, oriundo de dicho estado, fue un escultor prolífico, tan sólo en el Paseo de la Reforma de la ciudad de México se localizan 20 esculturas en bronce hechas por él. 

 

El nombre “Indios Verdes”, por su parte, surgió de manera popular y no oficial. Hace referencia al tono verdoso que adquirieron las esculturas con el paso del tiempo debido a la oxidación del bronce. Sin embargo, también pone en evidencia el uso de un término con carga despectiva en su contexto original, lo que refuerza las dinámicas de discriminación hacia lo indígena presentes en aquella época.

Hoy en día, lejos del rechazo inicial, los Indios Verdes se han consolidado como un símbolo representativo de la ciudad. No solo dan nombre a una de las zonas más transitadas, sino que también evocan la memoria histórica y las raíces culturales de México. Su permanencia en el imaginario colectivo demuestra cómo los símbolos pueden resignificarse con el tiempo, pasando de ser objeto de crítica a convertirse en emblemas de identidad.

Así, estas esculturas no solo narran la historia de su creación y desplazamiento, sino también la evolución de una sociedad que, poco a poco, ha aprendido a reconocer y valorar su herencia indígena.

En este detalle de una vista aérea obtenida en 1952 por la Cía Mexicana Aerofoto, aparece una parte de la Colonia Lindavista y de la avenida Insurgentes Norte. Aquí se sitúan las ubicaciones de los Indios Verdes, desde 1939 a la fecha:
Sitio 3.-  Acceso norte de la ciudad, viniendo de Laredo, Monterrey o Pachuca, 1939-1979.
Sitio 4.-  Camellones laterales de Insurgentes Norte a la altura de la Estación del Metro, 1979-2005.
Sitio 5.-  Acceso principal al Parque del Mestizaje, 2005 - ?.
 

*Artículo resultado de un extracto de la entrada del blog México Mágico publicado en: 

http://mexicomaxico.org/IndiosVerdes 

 

La Estrella tuvo su geiser y una torre de petróleo*

 Por Alejandro Cruz Flores

Fundada en 1932 en lo que fue la hacienda de Santa Ana, sus calles llevan nombres de piedras preciosas. 

Pozo petrolero en la Colonia Estrella en los años treinta. 

Es una leyenda urbana que en la colonia Estrella, en la alcaldía Gustavo A. Madero, hayan extraído petróleo; lo cierto es que en 1928, en la esquina de las calles Acerina y Joyas se perforó un pozo y se construyó una torre con el propósito de obtener el hidrocarburo.

Esa es una de las tantas historias del barrio, señala el cronista Sócrates Vera Pérez, como la del llamado geiser de Aragón, que no fue tal, pero que así se le llamó debido al chorro de agua que salió a presión y alcanzó 45 metros de altura. No fue producto de una acción geotérmica, sino de una excavación realizada en una zona donde había gran acumulación del líquido.

Lo anterior ocurrió antes de que se empezaran a fraccionar los terrenos de lo que fue la hacienda de Santa Ana, luego conocida como de Aragón; son hechos que forman parte de la identidad de la colonia Estrella, que se fundó en 1932.

Por eso, para salvaguardarla, en 2022 se colocó una cápsula del tiempo en el camellón de la avenida Joyas. En ella, explica don Sócrates, quien tiene 57 años viviendo allí, se depositaron copias de fotografías antiguas, menús de algunos restaurantes, monedas, cubrebocas, “porque nos tocó en pandemia hacer ese trabajo”, entre otros objetos. “Es la primera colonia que tiene su cápsula del tiempo, después se hizo en Aragón la Villa, Santa Isabel Tola y así creo que están empezando a hacerlo algunas otras”.

 

 
Casa “La Quinta Estrella”, en la calle de Diamante, construida por el ingeniero M. García y donada por el periódico “El Universal” como resultado de un sorteo para sus suscriptores en 1933. Imágenes cortesía: Sócrates Vera para El Universal. 

Del pozo petrolero sólo queda un hoyo del que sobresale un tubo de extracción oxidado, pero es un ícono de la Estrella. “El asunto es que no hay una certeza de que haya extraído petróleo. Se dice que sí, pero no en la cantidad ni calidad suficiente como para mantenerlo”.

En 1907, en la calle Azabache, también muy cerca de Joyas, se intentó abrir un pozo para sacar agua para la hacienda. “De repente, salió el agua con una presión tremenda que alcanzó 45 metros de altura”.

Según los dichos, dicho fenómeno duró más de un año y fue tal el desperdicio que, según dicen, “si hubieran construido una pileta de un metro de ancho por un metro de alto, de aquí a Celaya, se hubiera llenado”.

Un parque con cocodrilos 


Vista del Parque de los Cocodrilos.

El principal atractivo de la colonia Estrella es el parque María Teresa, mejor conocido como de Los Cocodrilos, que se empezó a construir a la par de la venta de terrenos para la construcción de las primeras viviendas. “El parque fue antes de las casas”, resalta el cronista, y tiene de gran protagonista la fuente adornada con figuras de pelícanos, así como los mencionados reptiles, de allí el nombre con el que los vecinos rebautizaron el lugar.

Allí se erigió la casa de cultura de la colonia, que lleva el nombre del poeta y libertador cubano José Martí, y que fue edificada donde estuvo un cuarto de bombas, que también tenía un pozo del que se extraía el agua que surtía a la colonia, aunque en la actualidad uno de los problemas que enfrenta es la escasez del líquido, pues ahora sólo cae de las 7 a las 12 horas, motivo por el cual la mayoría de los habitantes poseen bombas en sus domicilios para el llenado de cisternas y tinacos.

Durante la construcción del parque se hallaron restos óseos de una especie de perezoso prehistórico, que forma parte de la colección que se exhibe en el Museo de Geología de la colonia Santa María la Rivera, en la alcaldía Cuauhtémoc.

Las primeras casas que se construyeron en la Estrella, que limita al norte con la calle Malintzin, al sur con avenida Victoria, al oriente con Ferrocarril Hidalgo y al poniente con calzada de Guadalupe, fueron de diseño arquitectónico Art Déco y algunas otras de estilo californiano, de las cuales aún se conservan ejemplos.

El señor Francisco Cárdenas, de 86 años, nació en esta colonia. Sus padres construyeron su vivienda en lo que hoy es la calle Granate. Recuerda que cuando llegó casi no había casas, “eran puros terrenos baldíos”, había dos o tres casas por manzana.

El parque María Luisa siempre ha sido el punto central y en esa época se podían ver patos y chichicuilotes. “Pero sí, para remarcar, este fraccionamiento nació con todos los servicios: drenaje, agua potable, iluminación, banquetas, camellones”.

 

 
Así lucen los restos del pozo petrolero que tuvo la Colonia Estrella en el cruce de las calles Joyas con Acerina. Testigo material de la historia.

 

A ciencia cierta, no se sabe por qué se llama Estrella, aunque distintas versiones indican que era el nombre de la hija del fraccionador, o porque sus calles hacen referencia a piedras preciosas; sin embargo, para don Sócrates la más exacta es que tiene una connotación religiosa, toda vez que varias colonias aledañas tienen nombres alusivos al milagro guadalupano: Guadalupe Tepeyac o Tepeyac Insurgentes. En el caso de este barrio haría referencia a una de las formas de rezar el rosario, al hablar de la Virgen de Guadalupe.

Dagoberto Segura Torres llegó a la colonia cuando tenía 12 años. Recuerda que en aquellos años todos los vecinos se conocían, todos se saludaban. “Aquí viví mi niñez, juventud y ahora mi vejez. Tengo muy grandes recuerdos para mí y también algunos tristes porque aquí murieron mis padres”. Como todo, ha evolucionado, “pero la Estrella sigue siendo tranquila, bella, iluminada y segura”.

 

*Nota publicada originalmente en La Jornada|Capital el Domingo 11 de mayo de 2025. Versión digital consultada en:

https://www.jornada.com.mx  

 

La Colonia Estrella*

 Por Alfonso Hiram García Acosta

 
La fuente y laguna del Parque de “Los Caimanes” -de concreto- donde mis padres me llevaban a jugar; pelícanos y caimanes de concreto, pero muy bien terminados. 
 

Mi infancia en el Distrito Federal, a la mitad de los años 30, cuando México tenía 10 millones de habitantes en esa megalópolis, la he reseñado en artículos anteriores, casi todos relacionados con la música, las amistades de mis padres, artistas como ellos, mientras yo iniciaba mi formación cultural rodeado de amor y talentos artísticos no solo familiares, pues sus amigos no solo participaban en los sábados bohemios de casa.

Casi todo era maravilloso. Vivíamos en las calles de Acerina 96, de la colonia Estrella. Me tocó ver que se cubrieran las ventanas con lienzos negros para desaparecer la Ciudad y no la localizaran las fuerzas alemanas durante la noche, pues México ya había entrado a la Segunda Guerra Mundial.

Como eso hay muchas cosas que narrar que vienen a mi mente periodística. Testimonios de esos momentos vividos de mi formación infantil.

La Ciudad de México pareciera en esa época de los 30 ser un inmenso cofre lleno de tesoros que emergen de vez en cuando para dejarnos conocer cómo eran sus recovecos en tiempos pasados, permitiéndonos generar conexiones entre lo que hoy existe y aquello que nunca veremos.

Recuerdo que en la Av. De las Joyas con Acerina, a unos 80 metros de nuestra casa, había una torre petrolera que daba a la Calzada de Guadalupe y a la calle de Acerina, la calle donde patinaba y jugaba fútbol con pelota de trapo con mis compañeros de cuadra.

 

Pozo petrolero de la Colonia Estrella en los años treinta. 

El subsuelo de algunas zonas al norte de la ciudad era rico en minerales a principios del siglo pasado, había agua ferruginosa, agua con minerales de Fierro, pozos artesianos y chapopoteras. Además de que era un proveedor importante de queroseno de la Ciudad de México, un líquido que servía para las lámparas. Por todo esto, se pensó que por la zona podría haber también existencia de petróleo e iniciaron las exploraciones.

“Las primeras búsquedas de petróleo datan de la década de 1860, ya que entre 1862 y 1904 fueron construidas otras torres en diferentes lugares de la Hacienda de Aragón que era inmensa y la colonia Estrella está dentro de los terrenos que la comprendían. La primera torre estaba detrás del antiguo convento de Capuchinas, otra muy cerca de las avenidas de Cantera y Acueducto de Guadalupe, y una más muy cerca de la de Acerina”, comparte el cronista Sócrates Vera de el Universal.

Pero fue a finales de los años 20 que se levantó en las actuales calles de Acerina casi esquina con Avenida Joyas, una torre de extracción de petróleo que tenía como propósito el explotar ese recurso tan preciado y del que hubo evidencia en esos terrenos.

De acuerdo con el cronista, este tema es sumamente controversial ya que muchas personas afirman que todos los que invirtieron para estas exploraciones fueron víctimas del ingeniero estadounidense que lideró la búsqueda. Lo cierto es que la tecnología no era tan precisa como ahora y la búsqueda de petróleo conllevaba perforar el suelo y “ver qué salía”. Sin embargo, considera que como en la mayoría de los negocios, una inversión puede o no puede funcionar: “para mí, el ingeniero actuó de buena fe. Él se dedicaba a hacer pozos artesianos y tenía cierto prestigio en el ámbito petrolero de la época”.

Los esfuerzos no rindieron frutos y la famosa torre de extracción nunca estuvo en producción ni funcionamiento, pero sí logro convertirse en otro ícono en el imaginario colectivo de la zona y más de nosotros que vivíamos a 80 metros de la torre petrolera.

Dichos tesoros son los que suelen dotar de identidad a un barrio, ya sea por la historia de su nombre, de la zona o por la repentina aparición de “algo” sin precedentes; tal fue el caso del terreno que hoy en día ocupa la Colonia Estrella, al norte de la ciudad. En esta ocasión EL UNIVERSAL se acercó a Sócrates Vera, cronista de la zona, para que nos compartiera la historia de varios sucesos que han marcado la vida del barrio.

A pesar de que la colonia nació como tal en la década de 1930, a inicios del siglo pasado, específicamente en 1907, brotó de la tierra un sorprendente chorro de agua producto de la perforación de un pozo artesiano (Hoyo profundo que se excava para extraer el agua contenida entre dos capas subterráneas impermeables; el agua procede de un nivel superior a estas capas y por ello tiene presión suficiente para salir a la superficie de manera natural). De inmediato la gente comenzó a llamarlo géiser, ya que era un fenómeno muy parecido.

 

 
Otra vista del parque de los cocodrilos. 
   

La altura de dicho chorro fue de 45 metros y, de acuerdo con el cronista, los habitantes de la zona estaban seguros que el agua desaparecería en cuestión de días, pero no fue así. El géiser estuvo activo año y meses, volviéndose un atractivo turístico natural a las afueras de la ciudad –recordemos que, por mucho tiempo, lo que era considerado como Ciudad de México sólo comprendía el perímetro de lo que hoy llamamos Centro Histórico. 

Su aparición forzó a que vecinos y las autoridades hicieran algunas maniobras para que el agua no se desperdiciara tanto y que poco a poco fuera adquiriendo fama. No necesitó de muchos esfuerzos para convertirse en algo “llamativo”, ya que en ese entonces no había edificios altos que dominaran el cielo citadino y sus 45 metros de altura lo hacían visible en toda la zona.

Llegó a ser tan conocido que hasta la cigarrera del Buen Tono, de gran fama en ese entonces, le tomó fotografías para ocuparlas dentro de su publicidad. “La ubicación exacta del géiser aún la estoy afinando, podría ser entre las calles de Azabache y Amatista -a dos cuadras de casa- o entre las calles de Malintzin y Talismán. Justo llegó a mis manos una foto que apunta al poniente y me da una nueva pista, de que quizás solía estar entre Talismán y Joyas, muy cerca de Azabache”, explica Sócrates.

Dedico esta crónica al Ing. Edmundo González, con quien nos reunimos a nivel familiar. Rememoramos el Distrito Federal de antaño, llevándonos a la Col. Estrella, donde vivían sus tíos.

Añoramos el zócalo capitalino, las calles de Guatemala y Brasil, la librería de Porrúa y la escuela de San Ildefonso, el Museo de Cera y tantas cosas que nos llenan de recuerdos y evocaciones juveniles.

 
Trabajos en una de las calles de la Colonia Estrella. Al fondo puede verse la pequeña torre petrolera. 

*Nota publicada originalmente en Diario del Sureste | Remembranza,  el 19 de abril de 2024. Versiones digitales disponibles en:

https://www.diariodelsureste.com.mx/la-colonia-estrella/  

A su vez, el artículo cita; "La colonia que tuvo alguna vez un 'géiser' y un pozo petrolero", escrito por Carlos Villasana y Ruth Gómez para El Universal | Mochilazo en el tiempo, el 16 de mayo de 1917. Versión en línea consultada en:

-  https://www.eluniversal.com.mx/entrada-de-opinion/colaboracion/mochilazo-en-el-tiempo/