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Primer puente vehicular de la CDMX

 El Puente de Nonoalco fue el primer puente vehicular elevado de la Ciudad de México. Su construcción respondió a una necesidad creciente: descongestionar el tráfico en una zona cada vez más transitada y, al mismo tiempo, permitir el cruce seguro de vehículos sobre las vías férreas que conectaban la estación de Buenavista con los patios de maniobras de Tlatelolco.

Puente de Nonoalco con vista a los talleres de ferrocarriles. Fotografía de Juan Guzmán, del archivo de transporte de la CDMX.

La obra fue parte de un ambicioso plan de modernización urbana impulsado durante el mandato del entonces presidente Manuel Ávila Camacho, en una época en la que el país comenzaba a experimentar una acelerada urbanización.

Más allá de su función vial, el Puente Nonoalco se convirtió en un símbolo visual y cultural de la capital. Durante décadas, el puente ha sido testigo de la transformación de su entorno: el auge del ferrocarril, el crecimiento de la unidad habitacional Nonoalco-Tlatelolco, los sismos que marcaron al país y la expansión de vialidades como Circuito Interior.

 
Puente de Nonoalco Tlatelolco. Fotografía de Manuel Ramos, fecha desconocida (izq) y de Tomás Montero, 1940 (der).

Su destacada presencia se plasmó en algunas de las películas más importantes del cine mexicano y fue retratada por la lente de personajes tan relevantes como Gabriel Figueroa, Juan Guzmán, Luis Buñuel y los fotoperiodistas Manuel Ramos y Nacho López. No sólo artistas tras la cámara se interesaron en capturarlo, sino también escritores como Juan Rulfo o Fernando del Paso.

En una entrevista de Elena Poniatowska con Fernando del Paso el escritor le dijo: "Un día pasé por Nonoalco en camión, quise hacer un cuento porque vi a un hombre cargando sobre el hombro un pequeño ataúd y lo seguí. Escribo según la inspiración. Fíjate que el tercer capítulo de José Trigo nació prácticamente de esa visión, meramente plástica; pasé un día por Nonoalco-Tlatelolco en un camión y vi esos campamentos a lo lejos y me gustaron muchísimo y un día fui especialmente a caminar por allí; observé los vagones transformados en casas con las macetas de geranios colgando, las cortinitas que les ponen, los tendederos de ropa de uno a otro vagón y me gustó muchísimo ¡es tan plástico todo eso! y eché a andar a un ferrocarrilero con una cajita blanca en el hombro y atrás una mujer que cortaba esos enormes girasoles que crecen en los baldíos y de esta imagen nació José Trigo, mi primera novela. Después iba los sábados a tomar notas y apuntes y escribí un texto que se fue haciendo inmenso".

Los linderos cercanos al Puente de Nonoalco y a la estación ferrocarrilera de Buenavista fueron locaciones naturales para películas como "Víctimas del pecado" de Emilio el Indio Fernández, "Vagabunda" de Alfonso Rosas o la multipremiada cinta "Los Olvidados" de Luis Buñuel, en las que se capturaba la calidad de vida y vivienda de la zona, que para ese entonces era parte de la periferia de la capital.

En el filme "Del brazo y por la calle", el personaje de Marga López describe al barrio de Nonoalco: "Todos los días tengo que soportar el único espectáculo que me está permitido: la terrible miseria que me rodea. Niños desnudos, mujeres indiferentes a todo, hombres embrutecidos por el alcohol y todos hambrientos. Un espectáculo que me hace vivir abrumada de asco por tanta suciedad e injusticia".

Escenas tomadas de la película Del Brazo y por la Calle (1955) protagonizada por Marga López y Manolo Fabregas. Donde se mira este inolvidable y representativo símbolo de Tlatelolco.

Por su parte, en "Un rincón cerca del Cielo", el personaje de Pedro Infante hace todo lo posible para solventar los gastos económicos de su familia pero, tras el dolor producido por la muerte de su hijo, decide aventarse a las vías del ferrocarril desde el puente, sin lograr morir.

El blanco y el negro de estas cintas tienen un toque mágico que contrasta con la pobreza y desesperación sufrida por sus protagonistas en la búsqueda de una vida mejor, mientras escuchaban el estridente silbato del ferrocarril y el sonido de su paso por las vías. No cabe duda que tanto el puente como el ferrocarril tuvieron un lugar primordial en el desarrollo de sus tramas.

Como parte de avenida de los Insurgentes, con más de 80 años de su inauguración, el Puente de Nonoalco continúa en funcionamiento, aunque con evidentes signos de desgaste.


En el 2010 el Museo de los Ferrocarrileros presentó una exposición con fotografías de Nonoalco y sus alrededores pertenecientes a la Fundación Juan Rulfo. Aquí un video recopilatorio de dichas fotografías:



Artículo compuesto de fragmentos de:



Otras fuentes consultadas:

Salvador Zarco y el 68

 Por  Luis Hernández Navarro y Tatiana Coll*

Salvador Zarco no pudo llegar al mitin del 2 de octubre de 1968 en Tlaltelolco. Fue, recuerda con pesar, el único al que no asistió. Sin embargo, un día después lo detuvieron en la colonia Pro Hogar, en casa de Carlos Martín del Campo (https://bit.ly/3C3nQTp), integrante del Movimiento Marxista-Leninista Mexicano (Mamelucos). Estuvo preso hasta 1971.

Salvador Zarco Flores (fotografía de Diario Cambio 22)

Salvador estudiaba en Filosofía y Letras de la UNAM, y militaba en la Liga Comunista Espartaco (LCE), donde recibió el apodo de El Indio, porque su nombre de batalla era Jerónimo. Participaba activamente en el movimiento estudiantil, acompañaba la lucha ferrocarrilera y trabajaba como corrector de pruebas en el periódico El Día. Ese 2 de octubre, camino al diario, vio camiones de militares dirigirse a Tlatelolco. Buscó a algunos camaradas de la Liga y les pidió: Avisen que los soldados van para allá. Más tarde, a la redacción llegaban noticias que lo inquietaron mucho.

Esa noche, como no tenía dinero para tomar un taxi, durmió en la mesa de la sala de corrección. A la mañana siguiente, se levantó temprano y fue a buscar a algunos compañeros para saber cómo estaban. Al llegar a la casa que buscaba, se encontró a los policías con la portera. Se pasó de largo.

Después, buscó a otro compañero y regresó. Tocó y abrieron la cortina. En eso escuchó que cortaban cartucho. Adentro había un tipo con pistola. Varios agentes estaban en la azotea y otros en un carro. Al entrar, lo golpearon y se lo llevaron a otro lado.

Agentes del Servicio Secreto de Tlaxcoaque, policía infame e inconstitucional, lo desnudaron, le amarraron las manos a la espalda, lo tumbaron boca arriba en el piso, le dieron toques eléctricos en los testículos y lo golpearon mientras le preguntaban por la dinamita.

Sin título, fotografía por Manuel Carrillo, c.a. 1970

No sé nada, no sé nada, respondió. “Cuando la tortura iba en aumento –sigue su relato– , pensaba en Mao Tse Tung, en su figura. No se me ocurría otra cosa más que pensar en él. ¡Ay! ¡Ay!, gritaba exagerando el dolor. Y me seguían torturando, hasta que alguien ordenó: ¡déjenlo!

“No sé cuánto tiempo estuve allá. Se pierde la noción del tiempo. Luego me pasaron a la [Dirección] Federal de Seguridad con Nazar Haro, donde me tuvieron como dos días. De allí me mandaron a la Procuraduría del DF, y me preguntaron por Marcelino Perelló.


–¿Marcelino es tu pariente?, interrogó el policía.

–Sí, es mi cuñado –respondí.

–¿Dónde está?

–No sé. ¿Qué voy a saber dónde está?


Finalmente, tomaron mi declaración y en la noche nos sacaron a Lecumberri. En el grupo iban un pastor, un obrero de Slim y unos estudiantes. Fuimos a la crujía H. Allí me llegaron las primeras noticias de lo sucedido en la Plaza de las Tres Culturas.

Después de casi dos años en la cárcel, en octubre de 1970, debió de realizarse la vista de la apelación al auto de formal prisión. Como los magistrados querían que se efectuara en privado, Salvador se negó. Escribió como documento de defensa un erudito memorial de agravios del México de abajo.

Con pluma apasionada, El Indio explicó cómo nuestra historia es producto de la lucha incansable del pueblo por liberase de la explotación y opresión secular, a la que lo han sometido oligarquías nacionales y extranjeras. El movimiento estudiantil-popular de 1968 surgió, según él, basado en esa miseria y opresión y forma parte de las luchas históricas por alcanzar su liberación económica y social.

En su Yo acuso, señaló: Las bayonetas del 2 de octubre en Tlaltelolco son una prolongación de las que asesinaron a Hidalgo en Acatita de Baján o masacraron al proletariado en Cananea y Río Blanco; de las que acribillaron al general Emiliano Zapata en Chinameca y a Rubén Jaramillo en Xochicalco.

“La cárcel –explica Salvador– te da la dimensión de lo humano. Ahí estamos todos desnudos. Es el ser como es.” Ante el espejismo de salir de Lecumberri, en una carta del 11 de enero de 1971, escribió: La vida aquí es una lucha contra la muerte, contra la no-vida, por eso la libertad significa volver a nacer.

Como militante de la LCE, Jerónimo participaba en la seccional petrolera y luego en la ferrocarrilera, con los vallejistas. Al comenzar el movimiento de 1968, pensaba que éste no podía triunfar sin incorporar al pueblo. Era insuficiente la fuerza de los estudiantes para alcanzar sus demandas. De manera que dedicó muchos de sus esfuerzos a forjar la unidad obrero-estudiantil.

Héctor García. De la serie “Semana Ardiente”, protestas del movimiento vallejista (1958)

Inspirado en la Larga marcha de Mao para sobrevivir el día a día tras las rejas, escogió renacer proletarizándose. “La solidaridad obrera –explica– es una cosa de carne y hueso, no es un asunto que esté en las ideas o en libros. En el mundo obrero, hay hombres generosos hasta decir ¡basta! Dan su vida por una causa.”

Así que, al salir de prisión, Salvador fue a una asamblea en el auditorio Che Guevara, en la Facultad de Filosofía, a dar las gracias al movimiento y despedirse. No regresó más. Empezó otra vida. No sin dificultades, entró a trabajar a Ferrocarriles, primero en las cuadrillas y luego en talleres. Simultáneamente junto con su entonces esposa Mercedes, organizó grupos de lucha obrera independiente en unas 15 fábricas en la Ciudad de México, movimientos por los servicios urbanos en colonias como la Casas Alemán, círculos de lectura, cineclubes y guarderías. Fue una figura clave en la reorganización del Movimiento Sindical Ferrocarrilero, hasta que el sistema ferroviario fue privatizado. En agosto de 1977 fundó la Asociación Obrero-Cultural Lázaro Cárdenas y publicó varios números del periódico El Hijo del Trabajo.


En su texto de defensa en 1970, Zarco escribió: ¡No, nosotros no traicionaremos a nuestros hermanos los desheredados! Desde entonces, sin titubear, ha cumplido con su palabra. A sus 77 años, Salvador mantiene viva la llama libertaria de aquellas gestas. Su vocación por servir al pueblo y luchar por su emancipación sigue inquebrantable. En él, el espíritu sesentayochero está más vivo que nunca.


Twitter: @lhan55


* Columna de Opinión publicada en el periódico La Jornada el Martes 4 de octubre de 2022. Consultada en línea el 12 de mayo de 2025:

https://www.jornada.com.mx/2022/10/04/opinion/016a2pol