Por Alma Rosa Pierres Martínez
Integrante de la Red Vecinal de Narradoras y Narradores Orales Guardianes del Patrimonio de la zona de La Villa.
Recuerdo como si hubiera sido ayer, los días que viví en Tesoro número 94 la Colonia Estrella.
La Colonia Estrella se caracteriza por sus calles con nombres de piedras preciosas: Brillante, Ópalo, Jade, Coral, Rubí, Azabache, etc. También por el parque María Teresa, aunque es más conocido por el título “Parque de los cocodrilos” porque en su gran fuente había cinco cocodrilos de cemento, además de columpios, resbaladillas, y un señor que llevaba su caballo para pasear a los niños.
Con los vecinos de la cuadra y mis primas formamos una pandilla traviesa y juguetona, los fines de semana eran los más divertidos, porque desde temprano nos reuníamos en el parque para correr en la fuente, que por supuesto rara vez tenía agua, lo que aprovechábamos para montar en los cocodrilos e imaginar que surcábamos los lagos y mares, o sentir que volábamos cuando, en los columpios, nos elevábamos muy alto. Más tarde, cuando ya estábamos cansados y con calor, íbamos al mercado a comprar una paleta de hielo.
Por las tardes acostumbrábamos a ir a la calle Victoria porque ahí estaba la fábrica de automóviles, la Ford Motor Company. Era enorme, abarcaba la gran manzana que es ahora la Plaza Tepeyac, Walmart, Suburbia y Sams.
Por la calle Ferrocarril Hidalgo estaban las entradas para el tren que llevaba material a la fábrica, por ahí las banquetas eran amplias, con pendientes muy pronunciadas. Eran como unas lomas que aprovechábamos para correr en las bicicletas; echábamos carreritas para ver quién las brincaba más alto, siempre esperábamos con muchas ganas esas tardes.
Había días diferentes, como cuando se iba pasando la voz desde la calzada de Guadalupe por todas las calles para avisar que estaba por pasar la peregrinación de los payasos, o la de los globeros, la de los mariachis, y hasta la de los cilindreros, nos gustaba correr hasta allá sólo para verlos pasar.
A medio día nos llamaba el olor a fritanga, ese olor que despiden los tacos dorados de barbacoa, entonces, juntábamos dinero para ver cuántos nos podíamos comprar, y los pedíamos con salsa verde y la roja que era la más solicitada, porque era salsa borracha. Eran unos tacos comerciales, sencillos, con unas hebritas de carne, la tortilla envuelta y crujiente y las salsas que eran deliciosas. No tenían ni queso, ni crema, sólo eso, pero nos sabían a gloria.
Cuando las mamás se dieron cuenta que ya teníamos demasiado tiempo libre, nos inscribieron en Seguro Social que esta en la esquina de Tesoro y Calzada de Guadalupe, a mí me tocaron las clases de baile regional.
Recuerdo también que a mi familia le gustaba desayunar veces en los famosos caldos Zenón que se encuentran en las cercanías de la basílica de Guadalupe, otras veces en una fonda donde vendían unos huaraches achicalados, deliciosos. También recuerdo aquella farmacia muy grande de las pocas que había en ese entonces, la Farmacia Briceño, ahí se vendían todo tipo de medicinas y hasta productos para curaciones y hospitales.
Lo que me dejó un recuerdo imborrable era acompañar a mi mamá y a mi tía a la peregrinación que hacían con las empleadas de la fábrica de ropa que tenían. Cada año íbamos a la Basílica de Guadalupe. Cargaban enormes ramos de flores y una gran imagen de la virgen, el cansancio y el peso no importaba, era la devoción con la que íbamos a ver y agradecer a la Morenita del Tepeyac.
Después de misa hacíamos un recorrido por el santuario y nos tomaban la típica fotografía en el caballo de cartón. Cosa que sigo haciendo... cuando encuentro al caballo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario