Por Deni Miranda
Integrante de la Red Vecinal de Narradoras y Narradores Orales Guardianes del Patrimonio de la zona de La Villa.
En algún rincón de la colonia Guadalupe Tepeyac, este recuerdo quedará suspendido como polvo de estrellas.
Cuando era niña, mis papás, y yo, solíamos visitar a mis abuelos en la colonia Valle Gómez. Viajábamos desde muy lejos, desde Ecatepec, Estado de México. Tomábamos la autopista hasta Indios Verdes y luego subíamos a un pequeño camión que nos dejaba en Calzada de Guadalupe. Al terminar la visita, el camión de regreso rumbo al paradero de Indios Verdes nos dejaba cerca del Parque del Mestizaje. Allí, entre la tierra y los árboles, jugaba con mi mamá y mi papá hasta agotarme, porque sabía que el camino de vuelta a casa sería largo.

Años después, mi padre compró un Datsun, y el viaje cambió. A pesar de que el trayecto seguía siendo extenso, la sensación era diferente. Un día le pedí que se detuviera en un pequeño parque ubicado en la Avenida Noé y la Calle Elsa en la Guadalupe Tepeyac. Lo primero que vi fueron unos animales curiosos de concreto, que para mí eran personajes de historias mágicas; me subía a ellos, los exploraba, los convertía en parte de mis juegos….
Y entonces ya no era tan niña…
Conforme fui creciendo aquel parque se convirtió en un refugio, en el cual mis padres, mi hermano y yo solíamos sentarnos en sus bancas y conversar. Al otro lado de la calle, siempre observaba con fascinación un café llamado Apolo. Desde pequeña me han gustado las cafeterías, quizá por una idea romántica de que ahí se va a platicar y disfrutar del café. Pero este lugar era especial, mi madre solía contarme que una de mis tías iba allí con su novio. Él se llamaba Noé y ella; Elsa. Y el café estaba precisamente entre las calles Noé y Elsa, como si el destino hubiera querido grabar sus nombres en el barrio.
Años más tarde, mis padres me llevaron por primera vez al Café Apolo. Pedí una hamburguesa con una malteada de fresa, y desde entonces se convirtió en uno de mis sitios favoritos. No sé si es el más económico ni el más delicioso, pero poco a poco se volvió el lugar donde solíamos comer y platicar en familia.
La vida me llevó por caminos inesperados, y un día tuve que mudarme a la ciudad. Por casualidad, terminé viviendo en la colonia Guadalupe Tepeyac. Ahora paseo por el parque con mi perro y visito el Café Apolo con mi esposo.
Mi papá falleció hace unos meses, y caminar por el parque, sentarme en sus bancas y comer en el Apolo me recuerda su amor y el gran esfuerzo que hacía para invitarnos a compartir momentos juntos. A veces, el tiempo transforma los lugares en refugios de la memoria. Y aunque todo cambia, en algún rincón de la Guadalupe Tepeyac, este recuerdo seguirá brillando como polvo de estrellas.
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