Por María Guadalupe Ramírez Elizalde
Integrante de la Red Vecinal de Narradoras y Narradores Orales Guardianes del Patrimonio de la zona de La Villa.
Zapotlán de Juárez es un pintoresco pueblo que vio nacer a mi madre. Se localiza a pocos kilómetros de Pachuca, en el estado de Hidalgo. La mayor parte de su población es católica. Muy devotos de la Virgen de Guadalupe.
Es por esto por lo que, a mediados del siglo pasado, muchos de sus habitantes organizaban una peregrinación anual a la antigua Basílica de Guadalupe. Por lo general era el segundo domingo del mes de abril cuando ocurría esa visita especial.
Yo tenía aproximadamente seis años, cuando mis padres, mis tres hermanos y yo, acudimos desde temprano a la reunión anual en “La villita”, nombre que mi familia le daba al santuario de la Virgen de Guadalupe. Esto era para convivir con los familiares que venían en peregrinación desde el pueblo.
Un numeroso contingente nos esperaba debajo de los antiguos portales que se encontraban al frente del atrio: mis bisabuelos Félix y Columbita, mis tías y tíos abuelos, y muchos primos. Ellos habían llegado en sus camiones de redilas. Venían en la peregrinación de “los forrajistas” se les llamaba así porque su actividad económica principal consistía en el comercio de forrajes para alimentar a los animales.
En esa enorme explanada se reunían varios grupos de danzantes. Me encantaba verlos con sus taparrabos y túnicas de gran colorido, penachos elaborados con plumas de pavo real, y cascabeles que adornaban tanto sus muñecas como sus tobillos, bailaban al ritmo de la música que ellos mismos tocaban con sus tambores. En varias ocasiones, mis primos, hermanos, y yo nos divertíamos imitando sus danzas.
Después de escuchar misa en el antiguo santuario, toda la familia nos dirigíamos a la calle de Montiel, donde por lo general estaban estacionados los camiones de redilas. Las mujeres, con mucha diligencia, bajaban los anafres para colocarlos en la banqueta y poder calentar los deliciosos platillos que habían preparado con anterioridad: arroz, mole, barbacoa y unas deliciosas tortillas embarradas con un poco de salsa verde y rellenas de queso. Era una linda convivencia de la familia del pueblo con los parientes citadinos.
Recuerdo que el rebozo era una prenda imprescindible entre las mujeres, incluso mi madre quien ya tenía varias décadas viviendo en la ciudad, también lo usaba para cargar a mis hermanos cuando eran bebés.
Por su parte, mi bisabuela Columbita acostumbraba a usar vestidos largos, hasta el tobillo, de algodón floreado. En cierta ocasión en que, después de que terminamos de comer, las niñas y los niños empezamos a jugar a las escondidas, en plena calle era difícil encontrar un buen escondite. Fue entonces que ella me hizo señas para que fuera a esconderme debajo de su amplia falda. Fue una excelente idea porque ni mis primos ni mis hermanos me podían encontrar, ya estaban desesperados. Hasta que la tía Anita me delató.



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