Por Norma Patricia Zavala Gutiérrez
Integrante de la Red Vecinal de Narradoras y Narradores Orales Guardianes del Patrimonio de la zona de La Villa.
Grupo de jóvenes pasando el tiempo en el Bosque de Aragón, ca. 1975. Foto de Ana María Martínez.
Aquellas "pintas" inolvidables cuando iba en la secundaria; el Bosque de San Juan de Aragón, era y es (creo que ahora también) el lugar más recurrente por varios estudiantes. Nos gustaba ir a acostarnos al pasto, boca arriba para ver el cielo con los brazos en la nuca y respirar "aire puro", también a echar novio y jugar con la pelota al beisbol, los quemados y otros juegos.
A veces nos subíamos a las resbaladillas de fierro cuando estaban súper calientes, te quemaban las nalgas, pero no importaba, porque éramos felices y jugábamos libres. Medían aproximadamente de dos a tres metros de altura ¿cuál miedo?
Las competencias en los columpios, ver quién lograba brincar más alto y caer de pie. Uno de mis juegos favoritos eran los Volantines, este juego consistía de un poste clavado en el piso, el cuál tenía un balero que sostenía unas cadenas que colgaban hacia abajo y en la parte inferior tenía unas agarraderas. En esas mismas agarraderas te sujetabas y lo que debías hacer, era correr sobre su eje lo más fuerte que pudieras para elevarte lo más alto posible y después ¡a volar!, poco a poco íbamos perdiendo fuerza en las manos y luego directitito a rodar por el suelo a varios metros de distancia y por consecuencia uno, y el uniforme, lleno de tierra. Un juego que me dejó grandes raspones y las manos con callos, era muy divertido. Y tú... .¿de qué te acuerdas?
Rentar una lancha era más barato que subirnos al trenecito porque en el tren cobraban por persona y para remar, por lancha, pero como estudiantes éramos pobres; con muchos trabajos completábamos para media hora de lancha, que a veces y sin saber remar sólo dábamos vueltas en nuestro propio eje.
En otras ocasiones juntábamos el dinero suficiente para hacer el recorrido en el trenecito, que duraba como veinte minutos, daba la vuelta alrededor del lago y parte del bosque, nos gustaba asomar la cabeza por un lado, para sentir el aire en la cara y disfrutar el paseo.
Cuando íbamos en lancha, Ilegábamos y nos deteníamos abajo del puente por dónde cruzaba el tren, a un costado y en la orilla donde estaba el pavimento, se bajaban la mayoría de los muchachos, mientras los que se quedaban en la lancha se movían del otro lado del puente.
El reto era atravesar el lago, un tramo como de quince metros, por debajo de las vías, colgándose con las manos de las vigas de metal que había bajo el puente, por supuesto, ganaba el que tenla mejor condición física y lograba pasar del otro lado y caer en la lancha, casi la mayoría terminaba cayendo al agua (tenía, de profundidad, como un metro) y caía más rápido cuando se oía la campana y el chucu chucu del tren que se acercaba, se sentía la vibración que producía el tren en las vigas al pasar por ahí y por los nervios se soltaban.
Terminábamos cansados, empapados, asoleados y revolcados, pero contentos.
NOTA: El trenecito del bosque dejó de funcionar el 25 de julio de 2016 debido a un descarrilamiento por falta de mantenimiento en las vías, dejando a varias personas heridas.

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