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Los recuerdos de Elsa y Noé

 Por Deni Miranda

Integrante de la Red Vecinal de Narradoras y Narradores Orales Guardianes del Patrimonio de la zona de La Villa.

 

En algún rincón de la colonia Guadalupe Tepeyac, este recuerdo quedará suspendido como polvo de estrellas.

Cuando era niña, mis papás, y yo, solíamos visitar a mis abuelos en la colonia Valle Gómez. Viajábamos desde muy lejos, desde Ecatepec, Estado de México. Tomábamos la autopista hasta Indios Verdes y luego subíamos a un pequeño camión que nos dejaba en Calzada de Guadalupe. Al terminar la visita, el camión de regreso rumbo al paradero de Indios Verdes nos dejaba cerca del Parque del Mestizaje. Allí, entre la tierra y los árboles, jugaba con mi mamá y mi papá hasta agotarme, porque sabía que el camino de vuelta a casa sería largo.

 

 Trenecito en el Edén del Mestizaje, antes llamado Parque, que fue remodelado y reinaugurado en 2025.

Años después, mi padre compró un Datsun, y el viaje cambió. A pesar de que el trayecto seguía siendo extenso, la sensación era diferente. Un día le pedí que se detuviera en un pequeño parque ubicado en la Avenida Noé y la Calle Elsa en la Guadalupe Tepeyac. Lo primero que vi fueron unos animales curiosos de concreto, que para mí eran personajes de historias mágicas; me subía a ellos, los exploraba, los convertía en parte de mis juegos….

Y entonces ya no era tan niña…

Conforme fui creciendo aquel parque se convirtió en un refugio, en el cual mis padres, mi hermano y yo solíamos sentarnos en sus bancas y conversar. Al otro lado de la calle, siempre observaba con fascinación un café llamado Apolo. Desde pequeña me han gustado las cafeterías, quizá por una idea romántica de que ahí se va a platicar y disfrutar del café. Pero este lugar era especial, mi madre solía contarme que una de mis tías iba allí con su novio. Él se llamaba Noé y ella; Elsa. Y el café estaba precisamente entre las calles Noé y Elsa, como si el destino hubiera querido grabar sus nombres en el barrio.

Años más tarde, mis padres me llevaron por primera vez al Café Apolo. Pedí una hamburguesa con una malteada de fresa, y desde entonces se convirtió en uno de mis sitios favoritos. No sé si es el más económico ni el más delicioso, pero poco a poco se volvió el lugar donde solíamos comer y platicar en familia.

La vida me llevó por caminos inesperados, y un día tuve que mudarme a la ciudad. Por casualidad, terminé viviendo en la colonia Guadalupe Tepeyac. Ahora paseo por el parque con mi perro y visito el Café Apolo con mi esposo.

Cafetería Apolo, abierta desde 1965 en la calle de Noé número 94.
Fotografía tomada de Local.mx 

Mi papá falleció hace unos meses, y caminar por el parque, sentarme en sus bancas y comer en el Apolo me recuerda su amor y el gran esfuerzo que hacía para invitarnos a compartir momentos juntos. A veces, el tiempo transforma los lugares en refugios de la memoria. Y aunque todo cambia, en algún rincón de la Guadalupe Tepeyac, este recuerdo seguirá brillando como polvo de estrellas.

 

Barra interior del Café Apolo. Imagen tomada de Google Maps. 

 

 

Cafetería Apolo

 
Interior de la Cafetería Apolo. Imagen tomada de Dondeir.com 
 

La colonia Guadalupe Tepeyac está ubicada en la zona norte de la ciudad, muy cerca de la Basílica de Guadalupe, y se distingue por su historia, ya que comenzó a poblarse desde la década de 1950. Un rasgo característico del lugar es la forma en que están nombradas sus calles: las que corren paralelas a Calzada de Guadalupe tienen nombres de mujer, mientras que las que la cruzan llevan nombres de hombre. En su mayoría, estos nombres hacen referencia a figuras bíblicas, santos o mártires, probablemente debido a la cercanía con la Basílica.

El punto central de la colonia es el parque Corpus Christi, dividido en dos por la avenida Noé. En una de sus esquinas, específicamente en el cruce de Noé y Elsa, se ubica la Cafetería Apolo, un establecimiento tradicional que abrió en 1965 y desde entonces ha funcionado como una clásica fuente de sodas del barrio. La visitamos un miércoles al mediodía; a diferencia de los fines de semana, estaba poco concurrida, lo que nos permitió observar con calma el lugar. Aunque ha tenido algunos cambios, conserva en gran medida su esencia original. Desde que entras, se percibe que es un sitio con historia, sin aparentar ser artificialmente retro.

 
Estética retro de la Cafetería en su decoración y menú.
Imagen tomada de Local.mx 

El menú incluye los clásicos de este tipo de establecimientos: helados, malteadas, hamburguesas, hot dogs, papas fritas y hot cakes, además de opciones como banana split, sundae y tres marías. También ofrece platillos más completos como enchiladas, molletes y consomé. En nuestra visita pedimos una malteada de fresa y un hot dog con papas, destacando especialmente la malteada. El ambiente es muy relajado, ideal para comer con tranquilidad, conversar o incluso leer.

Uno de los aspectos más atractivos del lugar es su decoración: ilustraciones de los platillos en las paredes, tonos pastel, un espejo en la barra y el distintivo uniforme lila de las meseras. Durante nuestra estancia sonaba música de los años sesenta, tanto en español como en inglés. Con el paso del tiempo comenzaron a llegar más clientes, probablemente vecinos del área, incluyendo familias y niños acompañados por sus abuelos, lo que confirma que este sitio sigue siendo un punto de encuentro importante en la colonia Guadalupe Tepeyac.

 

Fachada de la Cafeteria Apolo en la colonia Guadalupe Tepeyac. 

 

Fuentes consultadas:

- https://www.local.mx

-  https://www.dondeir.com

- https://www.posta.com.mx 

 

La Guadalupe Tepeyac


Por Patricia de la Guardia

Integrante de la Red Vecinal de Narradoras y Narradores Orales Guardianes del Patrimonio de la zona de La Villa.

Cuando era niña mi abuela Guadalupe Veloz Gallardo, la mamá de mi papá vivía en la calle Estela número 9, departamento 3, colonia Guadalupe Tepeyac. Una o dos veces al mes mi papá nos llevaba a quedarnos con ella el fin de semana, mi hermana y yo nos pasábamos la mayor parte del tiempo en la casa de enfrente con Laura, una amiga y sus hermanos.

Nos encantaba estar con ellos pues tenían bicicleta y patín del diablo y como no había mucha circulación de autos nos turnábamos para subirnos y dar una vuelta y volver a esperar nuestro turno. También jugábamos al avión, quemados, STOP, Doña Blanca, Declaro la guerra, entre otros.

El patinete, monopatín, scooter o autoped, según cuenta la gente, fue llamado "Patín del Diablo" porque los niños se llenaban de raspones, moretones y chipotes después de usarlo. "¡Otra vez ese patín del diablo!" se oía decir a las madres.
 
 
Mi abuela tenía un novio; Pedro Payán que la visitaba todos los sábados. Él tenía una fábrica de cacahuates Japoneses, fuimos a visitarla más de una vez, pero no recuerdo en dónde estaba. Cuando llegaba se quitaba el sombrero para saludarnos y se iba directo a verla mientras nosotras seguíamos con los amigos y cuando se iba nos daba un peso a cada una, en una ocasión queríamos comprar helados, pero obviamente no teníamos dinero, entonces lo vimos llegar y corrimos a pedirle "nuestro dinero"; se nos quedó mirando, sacó las monedas, nos las dio, pero nunca más volvió a darnos nada.
 
Mujer vendiendo cacahuates en algún tianguis de la CDMX en la primera década del siglo XX, 
antes de que se popularizaran los cacahuates estilo japonés. 

 

Los domingos en la mañana íbamos a misa a la Parroquia de Corpus Christi que está en la calle de Graciela número 105, frente al parque del mismo nombre. Un día se nos pegaron las sábanas y mi abuela se fue sola y nos dejó encerradas. No sé cuanto tiempo pasó cuando escuchamos que alguien tocaba la puerta, nosotras no queríamos siquiera contestar, pero quien tocaba fue tan insistente que fuimos a la puerta y preguntamos quién era.

La voz de un hombre preguntó si éramos Lourdes y Patricia y al contestar que sí nos dijo: Su abuelita tuvo un accidente, fue atropellada y la llevaron a la cruz roja. Yo muy segura contesté: No ella no fue porque fue a misa. El hombre se rio y dijo hablen a su papá para avisarle.

Más tarde llegó mi papá por nosotras. Resultó que sí habían atropellado a la abuela y tuvo fractura en la pierna y brazo izquierdo.

Algún tiempo después, ya que ella se había restablecido todos fuimos a dar gracias a la parroquia.

 

Logo de la Parroquia Corpus Christi en la Colonia Guadalupe Tepeyac. Resalta su arquitectura de ladrillo rojo y el patio interior donde se llevan a cabo las actividades comunitarias.
 Imagen tomada del Facebook de la parroquia: https://www.facebook.com/CorpusChristi